Estambul. Ciudad y recuerdos

No hace falta viajar a Estambul para sentir lo que sus calles grises transmiten, o para oler las especias de los bazares, o para hacer propia la soledad que produce  ser una ciudad que mira a oriente y a occidente sin sentirse identificada con alguna de las dos regiones, o para sentir la amargura de vivir entre ruinas de un pasado esplendoroso.

Estambul

Orhan Pamuk (Estambul, 1952. Premio Nobel de Literatura 2006) plasma con un estilo aparentemente sencillo sus primeros veinte años en Estambul en su novela autobiográfica Estambul. Ciudad y recuerdos.  En ella hace una combinación delicada de vivencias, recuerdos, Historia y sensaciones que sumergen al lector en esa ciudad que el propio Pamuk percibió como cárcel durante años. Revisa su vida  desmenuzando situaciones íntimas de su familia (razón por la cual tuvo serios problemas con ella tras la publicación del libro) y haciendo un profundo ejercicio de recuerdo. Sus recuerdos están totalmente ligados a Estambul, no por ser sólo su ciudad natal, donde creció y vivió hasta “escapar” a Nueva York, sino por la relación de amor-odio que le une a ella. Amor por ser fuente de inspiración, lugar de juegos con su hermano (también peleas), por los paseos en el Ford Taurus de su padre los fines de semana, por el Bósforo, ese Bósforo que Pamuk observa desde su ventana y lo dibuja, y cuenta barcos, y lo fotografía. Odio por no comprender cómo esa ciudad que años atrás fue capital de uno de los más prósperos imperios – el Imperio Otomano (1299-1923) – cayó hasta lo más profundo del olvido.

A lo largo de las páginas, narra una infancia feliz en una familia acomodada y europeizada, con una madre tierna y un padre casi ausente (negocios decía la madre, cuando la realidad es que pasaba más tiempo con su amante que con su familia). A pesar de esto último, Pamuk guarda un buen recuerdo de él y en ningún momento le reprocha nada.

En su niñez descubre lo que sería su vocación hasta dar con la escritura: la pintura.  Esa afición le llevó a cursar estudios de arquitectura, que no acabaría para poder dedicarse a tiempo completo a la literatura.  Esa decisión, o más bien los meses previos a tomarla, abarca varios capítulos. Para mi gusto es la mejor parte del libro ya que  se ve una clara confrontación entre intereses (intereses personales e intereses “profesionales”). Pamuk lucha contra lo que se espera de él (que se haga arquitecto para mantener el estatus de una familia ya en decadencia). Esto le lleva a mantener calurosas discusiones con su madre, paseos nocturnos por Estambul, problemas en la universidad y con sus amigos. En esas páginas se puede ver el nacimiento de un escritor y los problemas que ello conlleva; sin embargo, a diferencia de otros escritores cuyos inicios fueron excesivamente duros (económicamente hablando), Pamuk no tuvo problema en dejar la universidad con veinte años y pedir a sus padres un estudio para poder escribir.

Es conveniente destacar el capítulo dedicado a su primer amor (Rosa Negra) puesto que  resulta imprescindible para comprender la obsesión de Pamuk por perder a un amor, tema central de algunas de sus novelas. En ese capítulo presenta la historia de su primer amor y de cómo desapareció de un día para otro. Cuenta las tardes que pasaba con ella en un pequeño estudio que Pamuk tenía para pintar – que recuerda excesivamente al piso en el que Kemal y Füsum se encontraban en El Museo de la inocencia – y de cómo el padre de Rosa Negra, al enterarse del romance, trasladó a su hija fuera de Turquía y Pamuk nunca la volvió a ver – desaparición que es el eje argumental en La vida nueva, El Museo de la Inocencia y El libro negro

Leí Estambul. Ciudad y recuerdos un par de años antes de viajar a Turquía. Cuando paseé por sus calles tuve la sensación de haberlas conocido antes, entre líneas, supongo, a través de los ojos de Pamuk y de las fotografías que acompañan al libro. Lo releí a la vuelta, y luego otra vez; y cada vez que repaso alguno de sus capítulos descubro algo nuevo. Es un libro de mesilla para escapar de la habitación y pasear, sin mojarte, por el Estambul gris y lluvioso de Pamuk.

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