Bukowski:Born Into This

La primera entrada que hice en este blog fue de Charles Bukowski. Después de haberme leído decenas y decenas de sus relatos y algunas de sus novelas, vi un documental que me incitó a escribir algo sobre él. El producto fue esa primera entrada.

Me lancé a crear el blog con Un pequeño esbozo de Charles Bukowski sin saber muy bien qué iba a venir después, si es que venía algo. Después de casi 4 meses y más de 40 entradas, vuelvo a esos inicios con el documental que me inspiró a crear este blog.

Es un documental que muestra al Bukowski más tierno y romántico (en el sentido estricto de la palabra) pero también al más borracho, fracasado, mujeriego y autodestructivo. Diría que es un documental que representa fielmente quién era Bukowski: un genio que nunca encontró su lugar en el mundo.

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A Love Supreme: el camino hacia Dios de John Coltrane.

John Coltrane (EEUU, 1926; EEUU, 1967) en los años 50 era un heroinómano, al igual que muchos de los músicos de jazz del momento. Quizá por ello no conseguía destacar como saxofonista, la heroína le tenía consumido por completo y en una posición servil que le impedía dar rienda suelta a su mente.

Miles Davis – el trompetista más destacado de jazz – habiendo sufrido en sus propias carnes el castigo de la heroína, decidió ayudar a Coltrane a superar la adicción invitándole a participar en su conjunto. Gracias a Davis, Coltrane se fue alejando de la heroína para alcanzar el nivel musical que merecía.

Impulse! por aquella época se fijó en él y le contrató para realizar alguna que otra grabación; entre ellas estaba A Love Supreme, uno de los mejores discos de la historia del jazz tanto por su contenido musical como por su repercusión social. Archie Shepp dijo en una ocasión:

“En los sesenta estábamos en la época de las religiones orientales, la nueva espiritualidad y el Hare Krishna, y ésa es la matriz de donde provenía Trane…y encajó perfectamente”.

Coltrane quiso plasmar en un disco de corta duración su camino desde que salió de las drogas hasta que descubrió a Dios. Estaba tan ilusionado con la idea que durante cinco o seis días enteros se encerró en una vieja habitación de su casa. Alice, su segunda mujer, dijo:

“Era a finales de verano, o a principios de otoño, porque esos días hacía buen tiempo en Nueva York”.

También recordó en una entrevista la cara de Coltrane cuando bajaba las escaleras después de haber pasado horas componiendo. Era una cara serena, de tranquilidad, como la de alguien que consigue satisfacer materialmente todas sus demandas intelectuales; en el caso de Coltrane, todos sus sentimientos en una suite sobrecogedora. Tres meses después grabaría A Love Supreme junto a Mccoy Tyner (piano), Jimmy Garrison (bajo) y Elvin Jones (batería).

El disco se compone de cuatro partes, aunque las dos últimas van en el mismo corte. Sus nombres hacen referencia a los pasos dados por Coltrane en su acercamiento a Dios y su salida de la droga.

Acknowledgement (7:47)   [reconocimiento]

Resolution (7:22)               [resolución]

Pursuance/Psalm (17:50)   [persistencia/salmo]

El sonido es complejo, la composición poco melódica y en ocasiones parece improvisada. El saxo de Coltrane realiza virguerías sobre una sólida base y a veces deja paso a Mccay Tinner para que se luzca un poco. Uno de los mejores momentos – a parte del espectacular e inconfundible inicio de suite y la parte Psalm – es cuando al final de Acknowledgement Coltrane comienza a decir con voz grave “a love supreme”. Nunca más se vuelve a escuchar su voz.

No es un disco para poner de fondo, sí para escucharlo sentado durante los treinta y pocos minutos que Coltrane emplea para descubrirse ante Dios.

Lo más curioso de todo es que después de grabarlo y de vender medio millón de copias, Coltrane murió. Encontró a Dios pero éste se lo llevó…o algo así.

Claraboya

El caso de Claraboya, la novela póstuma de José Saramago (Portugal, 1922; España, 2010. Premio Nobel de Literatura 1998), es otro ejemplo de estrategia editorial. El libro, escrito cuando Saramago tenía 31 años, fue rechazado en su día por la editorial. Utilizar el verbo rechazar quizá es demasiado generoso, más propio sería decir “rechazaron sin contestación”. Saramago, ilusionado con su segunda novela, dio en mano Claraboya a un amigo para que la llevara a la editorial, donde tenía algún contacto. La respuesta llegó 36 años después, cuando ya era un escritor consagrado a nivel internacional. Según la editorial, el manuscrito se había perdido en las oficinas, encontrándolo en 1989 gracias a una mudanza. Saramago, al recibir la llamada de la editorial contándole esa historia, no aceptó la propuesta de publicación, pero recogió el manuscrito y Pilar (su mujer, compañera y traductora al castellano) lo guardó hasta su muerte . Dice Pilar que le insistió para publicar la novela nada más recibirla. Él no quiso. Se negó incluso a releerla, aunque dejó la puerta abierta a la publicación para cuando ya no estuviese. Seguramente, el recuerdo de aquella novela rechazada en silencio por la editorial le provocaba demasiado dolor, demasiadas visiones de un pasado vacío de Literatura, demasiada vida invertida en otras actividades… dos largas y vacías décadas.

La editorial rechazó un texto muy bueno aunque comprometedor para la época en la que tendría que haber sido publicado. Saramago nos sumerge en la vida diaria de un edificio portugués en el Lisboa de los años 40. Ofrece unos personajes definidos y muy diferentes unos de otros para crear un cuadro de la vida en aquellos tiempos grises. Primero pasea la mirada por cada vivienda para después crear conflictos dentro de ellas. Así nos encontramos a la mujer sumisa casada con el marido bruto y violento; al matrimonio convencional con una hija que escapa de sus clases de taquigrafía para ver al novio no aceptado por la familia; al zapatero culto amigo de su joven inquilino, un chico que desea exprimir de la vida aquello que otros no han podido; a las mujeres unidas por un amor rechazado por la sociedad; al padre de familia amargado por no llevar la vida que hubo imaginado, pagando su fracaso con su hijo, al que apenas mira, con su mujer, a la que no puede o no sabe amar; a la mujer mantenida, la que pasa las horas del día esperando a que su marido entre por la puerta, sin más aspiración que satisfacer las demandas de un machista que no la quiere.

No es una novela política, de denuncia o reflexión, ni mucho menos. No obstante, Saramago no aparta la mirada de sus personajes para exprimir al máximo sus miserias. Pienso en la novela y me imagino un edificio antiguo, gris, viejo y triste. Tristeza, es la palabra que más se adecua a esas páginas.

Leer Claraboya es hundirte en la cama con sus personajes haciendo tuyas sus miserias, sus fracasos, sus golpes y la templanza con la que los aguantan y siguen viviendo. Dejas de leer Claraboya y no tienes la sensación de acabar un libro, o de dejarlo durante un tiempo, sí de que esas páginas no conforman una novela, sino una fotografía de un pasado que perdió el blanco y negro para ganar el color. Ese edificio sigue existiendo, esas vidas siguen sustentándose en la sinrazón de la simple existencia, esos sueños rotos van tomando cada vez más color…

Leitmotiv

Abrió los ojos y casi fue como tenerlos cerrados. Una creciente Luna lejana, un manto de estrellas – ambos colocados a conciencia – eran las únicas luces que salpicaban el cielo más negro que jamás hubo observado. Ni nubes, ni luces artificiales, ni personas u otros animales, ni árboles, ni edificios, ni el sonido del suave rugir del mar que le rodeaba… Él. Inmensidad. Agua. Demasiada agua. Sólo se evidenciaba la realidad cuando la escasa luz procedente de aquel extraño cielo chocaba contra las crestas de alguna que otra ola lejana, y la serpiente dorada desaparecía sin sisear. Silencio: la mayor de las traiciones.

Giró 3600 y lo único que comprobó era que, efectivamente, se encontraba solo en mitad del mar. Chapoteó y el agua saltó desde el mar hasta el aire para volver a caer; no hubo sonido alguno, el ruido no existía. La desesperación le hizo gritar y, esta vez sí, las ondas sonoras se hicieron presentes en aquel mundo donde nada era como debía ser. Sumergió la cabeza – quién sabe con qué fin – y, al abrir los ojos bajo el agua, comprobó que el abismo se había vestido de negro. Gritó mientras las burbujas de aire se perdían en la profundidad en vez de ascender hacia la superficie.

<< ¿Qué está pasando? ¿Por qué estoy en mitad de un mar insonoro? ¿Quién me trajo aquí? ¿Por qué las leyes no son las mismas que en mi vida? ¿Mi vida? ¿Quién soy? No recuerdo nada. >>

La frialdad y la templanza huyeron tras el primer minuto, y ahora los instintos más primitivos están tomando el “control” de la situación. Gritos lanzados contra paredes de aire, movimientos de brazos que intentan alcanzar el cielo, golpes contra el agua, más gritos y más movimientos que nada importan al narrador, al aire y al espacio. Grito ahogado.

Ya ha pasado una hora desde que abandoné a ese personaje en mitad del océano. Las estrellas y la Luna permanecen fijas sobre una tela negra. Él parece que no quiere darse cuenta de que todo es un juego y que el cansancio que siente no es más que una invención para que deje de salpicar estas líneas con cada chapoteo de angustia.

<< ¿Qué hice ayer? ¿Por qué no recuerdo nada? >> No, la primera pregunta que debes hacerte es “qué eres” y no “quien eres”. << ¿Qué soy?>> Exacto, qué es lo que eres. << No lo recuerdo, sólo tengo recuerdos de este mar >> ¿Entonces qué temes perder? ¿Por qué chapotear y gritar cuando no tienes una vida que perder? << Tú me has obligado colocándome aquí, atrapado entre agua y cielo. No tengo escapatoria >> ¡Chapotea!, escribo. Y él chapotea desesperado y pensando que esos golpes van a librarle de mi crueldad como narrador. << ¿Por qué me has creado? ¡Déjame marchar!. ¿Por qué entre agua y cielo? >> También hay tierra bajo el agua. << ¿Muchos metros? >> Los que yo quiera, es parte del juego. ¿Qué piensas encontrar bajo el agua? ¿Una salida? Si es así estás equivocado. No hay salida hasta que yo diga que hay salida. << Dame un punto final, un olvido, un borrador a la basura…por favor. Quiero ser sólo un borrador >> Pides demasiado, todavía no he acabado contigo, puedes darme más, mucho más… << ¿Por qué aquí? ¿Por qué no rico, afortunado…en una casa rodeado de gente? >> Porque son las cinco de la madrugada y el cielo es negro. El aburrimiento me puede y quiero exprimirte al máximo. << ¿Dónde estás? >> Sentado frente a unos papeles, frente a ti. Me visto con ropa seca. << ¡Llévame contigo! >> No, ahora quiero que desesperes un poco más.

Incómodo por las ropas que le dificultan los movimientos, “decide” desnudarse para poder moverse con mayor facilidad. Lanza los zapatos lejos y la ropa desaparece de la escena. Consciente de su carencia de libertad, nada tranquilamente hacia el horizonte intentando no pensar en nada. De repente, un avión rompe el cielo homogéneo con su movimiento.

<< ¡Aquí!, ¡Aquí! >> Grita mientras alza los brazos.

La vida existe a unos cuentos miles de metros, pero esa vida no puede verle porque su figura no es más que una mota de polvo en la inmensidad.

¿No ves que no pueden verte? << Haz que baje>> ¿Un amerizaje? No puedo sustentar eso. << Sí, por favor, haz que me recojan >> No puedo hacerlo. No habría explicación alguna. El piloto no puede informar a los viajeros de un amerizaje si no tiene razones. << Crea razones >> No me interesa, sería introducir demasiado argumento. << Que diga que los motores se han estropeado. Que americe y me recojan >> ¿Y a ti? ¿Cómo te presento? ¿No entiendes que ese argumento es insostenible? << Soy un náufrago>> Es introducir demasiado argumento. Te prefiero a ti solo. << ¡Mátame! >> No. Bucea, escribo. ¡He dicho que bucees! La historia es mía y te ordeno que bucees. << Y yo soy el protagonista y me rebelo. No quiero bucear y no lo voy a hacer. Es más, voy a empezar a escribirte >> No tienes papel. Deja de decir tonterías y bucea. << Usaré mi imaginación >>

Cambio de tiempo verbal.

Me desperté en mitad del océano. A mi lado estaba mi personaje totalmente desnudo. Sus ojos cerrados indicaban que estaba imaginándome en aquel lugar. Moví un brazo, después el otro. Era un muñeco al servicio de aquel personaje rebelde. Grité.

–          ¿Se puede saber qué haces? – pregunté al protagonista tras golpearle en la cabeza.

–          No he dicho que hagas eso.

–          Ignorante…no conoces las reglas del juego. Ahora estamos los dos atrapados en la historia. Ninguno manda sobre el otro.

–          Mejor que estar solo…

–          ¡No te enteras! Ahora nadie nos podrá sacar de aquí. Somos dos personajes atrapados en una historia.

–          Alguien nos estará escribiendo.

–          ¿Qué insinúas?

–          ¡Piénsalo! Si nadie nos escribe no podemos existir.

–          Ya… – dije mientras miraba al cielo que en teoría yo había creado.

–          Tú no eres el creador de la historia.

–          Entonces por qué el que escribe está haciendo suyas mis palabras con “pregunté”, “dije”.

–          Nos quiere engañar, es parte de su juego.

–          Yo te estaba creando – dijo el personaje que pensaba ser el escritor – No puedes decirme qué soy o qué dejo de ser.

–          Piénsame y destrúyeme.

El “escritor” cerró los ojos e intentó pensarle.

–          Haz que levante un brazo – insistió el primer personaje al comprobar que el “escritor” no podía hacer nada.

–          No puedo… – dijo finalmente el “escritor”.

–          Están haciendo con nosotros un juego de entretenimiento. Habrá alguien, quién sabe dónde, que esté moviendo los hilos de esta historia.

Mantienen silencio mientras yo voy a la cocina a por algo de comer. La madrugada está acabando y las primeras luces del día se atreven a entrar por las ventanas. Mientras preparo algo de cenar-desayunar, pienso, en tiempo futuro, qué será de aquellos dos personajes.

“Escritor” y personaje principal hablarán sobre el oficio de ser personaje. Nunca les había sucedido, así que a lo mejor decidirán disfrutar del momento. Son conscientes de que el punto final llegará en algún momento, y con él una falsa muerte les sumergirá en un documento de ordenador. Tendrán tres posibilidades:

  1. Si alguien les lee revivirán la misma historia tantas veces como leído sea el relato.
  2. Ser eliminados del ordenador. Muerte indolora.
  3. Olvidar el relato. Su vida quedará pendiente de un punto final. Ni revivirán el “pasado” ni tendrán acción futura.

Volví a la mesa y el tiempo verbal cambió de nuevo.

El “escritor” se remojó la cara para despejarse. Notaba cansancio en las piernas y en los brazos; a ello había que sumarle las ganas de comer.

–          ¿Sabes si podemos comer algo por aquí?

–          Supongo que estás bromeando…

[error de diálogo.Poco atractivo]

–          Es un poco aburrida nuestra historia, ¿verdad? – preguntó el “escritor”

–          ¿No te gusta?

–          No sé. No creo que pueda interesar mucho un relato con dos personas en mitad del océano.

–          Depende de cómo lo enfoques.

–          No tenemos acción…

La verdad es que los dos personajes se estaban aburriendo con la historia. El personaje principal preguntó:

–          ¿Cómo será el que nos escribe?

–          No lo sé – contestó el “escritor” sin prestar mucha atención a las palabras escritas.

Poco a poco se fueron separando conforme la luz de la mañana se hacía más intensa. El camión de la basura hace demasiado ruido. El sueño llega, con él el desenlace.

La separación se hacía cada vez más extensa. El personaje principal, desesperado y dejándose llevar por los nervios, se sumergió en el agua hasta que el aire desapareció de sus pulmones. El “escritor” siguió nadando hacia la nada. Me hizo estar orgulloso de él, de su lucha por sobrevivir, pero llegó un momento en que se cansó y gritó “déjame en paz, no quiero seguir con esta absurda historia”.

No voy a ofrecerle el punto final. Abrió los ojos y casi fue como tenerlos cerrados…

De qué hablo cuando hablo de correr

(Por Claudia y Diego)

“Pain is inevitable, suffering is optional”

Esa frase, escrita por Haruki Murakami (Kioto, 1949), puede resumir el contenido del libro De qué hablo cuando hablo de correr.

Aunque somos de opiniones opuestas con respecto a los libros de Murakami, tenemos un punto en común: el libro citado. No es una novela, no es su libro más aclamado, no son unas memorias corrientes, no es un plan de entrenamiento, no son más que unas cuántas páginas definibles por Murakami como: […] unas pequeñas memorias alrededor del hecho de correr. Y no son más que eso, un conjunto de páginas que te sumergen en la vida del autor a través de uno de sus dos ejes vitales, correr.

Murakami es un hombre impulsivo. Regentando un bar de jazz, decidió un día (exactamente el 1 de abril de 1978 a las 13.30, según él) comenzar a escribir. Trabajando de noche, no tenía más opción que escribir antes de que llegara el amanecer. Así estuvo durante unos meses hasta que vio finalizada su primera novela, Hear the wind Sing. La mandó a un concurso y cuando ya se había olvidado de ella le comunicaron que había ganado. Ese fue su inicio como escritor. Años después dejaría el bar de jazz y se dedicaría única y exclusivamente a escribir (y correr).

El deporte le llegó tarde, a los 33 años. Se conoce a poca gente que tras descubrir tardíamente un deporte es capaz – tanto física como psicológicamente – de llevarlo al extremo; él lo hizo, lo sigue haciendo.

Murakami, en De qué hablo cuando hablo de correr, narra con detalle sus salidas diarias a correr y las distintas pruebas a las que se ha presentado a lo largo de su vida.

Después de haber corrido un maratón al año, aún sigue recordando (a fecha de libro) con dolor aquel maratón (Atenas- Marathon) que realizó en Grecia. Con un estilo muy sencillo transmite el sufrimiento de correr en soledad los 40 km que separan las ciudades, y de cómo el calor del verano le iba enrojeciendo la piel hasta convertir algunas partes en ampollas mientras soñaba con una jarra de cerveza bien fría.

Otros eventos a destacar son: los 100 km, tras los cuales no pudo volver a correr de la misma manera; algún que otro triatlón, donde nos cuenta los golpes que recibía bajo el agua, o la desesperación producida al descubrir nadando que sus gafas de nadar estaban manchadas de la vaselina utilizada en las articulaciones para desprenderse rápidamente del neopreno.

Tras una vida dedicada a correr, Murakami asume que es un corredor mediocre, pero su lucha no es con otros corredores sino consigo mismo, con sus marcas, con superar al Murakami del día anterior. Sin embargo, el cuerpo se resiente, la edad hace mella en las articulaciones, también el deporte, y te encuentras entrenando en unos tiempos superiores a los de semanas anteriores. Es una delgada línea en la que el atleta debe aceptar su condición, aunque nunca abandonar. Ya no importan los tiempos o lo fuerte que seas, ya no importa que el atleta de ayer fuese más rápido que el de hoy, la lucha es otra, distinta…mucho más dura.

Murakami es un ejemplo de constancia, de dedicación, de pasión, de sueños alcanzados, de defensa de la vida como experimento, de soledad, de amor hacia lo que haces…

No podemos terminar la entrada de otra forma distinta a la de su libro.

Haruki Murakami

1949-20**

Escritor (y corredor)

“Al menos no caminó nunca”

Las alas de Chet Baker

A Chet no se le puede describir tan solo como músico, drogadicto, marido o leyenda. Era todo eso y mucho más.

Carol Baker (1997)

Chet Baker (EEUU, 1929 – Holanda, 1988)  no era un virtuoso de la trompeta, ni siquiera su voz – con un registro más femenino que masculino – hubiera pasado un examen de canto. Era su figura, sus historias, su personalidad, su atractivo y el estilo con el que tocaba y cantaba lo que le hacía único.

Su primera toma de contacto con la música fue a través de un trombón, pero a los pocos días lo cambió por una trompeta (se adecuaba mejor a su tamaño corporal). Tocó en la escuela, después en el ejército y, finalmente, tras darle de baja en el ejército por considerarle no apto, empezó a dedicarse profesionalmente al jazz. Vagó de club en club colaborando con músicos mediocres hasta que gracias a Charlie Parker (apodado Bird) consiguió colarse en el grupo de los músicos respetados. Me gusta mucho la historia de cómo conoció a Bird. Chet se enteró de que Charlie Parker estaba buscando a un trompetista para una pequeña gira, así que fue asustado a la audición con la única intención de tocar para él. La sorpresa llegó cuando Charlie Parker, tras escuchar a uno de los candidatos, preguntó si estaba Chet Baker entre los asistentes. Chet  levantó la mano y Bird le dijo que tocase para él. Cuando acabó de tocar, Parker dijo: la audición ha terminado. Ese fue el inicio de una amistad aliñada con jazz, drogas, tacos en salsa verde, noches y locales nocturnos.

El estilo de Chet Baker es muy sencillo. Lo explica tan bien en Como si tuviera alas. Las memorias perdidas que merece la pena ceñirse únicamente a sus palabras:

De él aprendí (se refiere a Jimmy Rowles ) mucho sobre la importancia de mantener la sencillez al tocar y de no liarme demasiado con la trompeta. Me da la sensación de que la mayoría de la gente se deja impresionar solo con tres cosas: la rapidez con la que toques, los agudos que consigas, la fuerza y el volumen que le saques al instrumento. A mí eso me resulta un tanto exasperante, pero ahora tengo mucha más experiencia, y he llegado a entender que seguramente ni siquiera el dos por ciento del público sabe oír como es debido. Cuando digo “oír” me refiero a la capacidad de seguir a un trompetista y discernir sus ideas, así como entender esas ideas en relación con los cambios, si es que los cambios son modernos de verdad.

 Sencillez y delicadeza. Tocaba la trompeta como cantaba, sobre un débil hilo musical a punto de romperse.

Su vida estuvo marcada (aparte de por el jazz) por las mujeres y las drogas. A las primeras las trataba no como objetos – cosa que sería normal en un hombre que dice haber estado con una lista interminable de mujeres – sino con la misma ternura que derrochaba en su música. Resulta estremecedor leer en sus memorias cómo recuerda a las mujeres más importantes de su vida como si en el momento de escribir esas líneas ellas aún estuvieran a su lado. Con respecto a las drogas, mejor leer sus pensamientos:

Andy fue también el primero que me puso en contacto con la maría, bendito sea; me encantó, y seguí fumando maría durante los ocho años siguientes, hasta que empecé a probar de vez en cuando las drogas duras y al final me enganché al caballo. Me gustaba muchísimo la heroína, la estuve consumiendo de una forma u otra durante los veinte años siguientes.

No fue el primer músico de jazz enganchado a las drogas duras, pero a él le acarreó serios problemas tanto personales como profesionales. Huyó de la policía, acabó en la cárcel durante años, también en una clínica de desintoxicación, dejó de lado la música durante ese período de tiempo…

A veces, resulta chocante descubrir que una gran parte de artistas reconocidos ha llevado una vida turbulenta y difícil; no obstante, la necesidad de seguir con su pasión les ayudó a superar todo tipo de dificultades, convivir con los vicios y morir después de haber vivido como les dio la gana.

A continuación, un Chet Baker viejo y desgastado interpretando My Funny Valentine.