Claraboya

El caso de Claraboya, la novela póstuma de José Saramago (Portugal, 1922; España, 2010. Premio Nobel de Literatura 1998), es otro ejemplo de estrategia editorial. El libro, escrito cuando Saramago tenía 31 años, fue rechazado en su día por la editorial. Utilizar el verbo rechazar quizá es demasiado generoso, más propio sería decir “rechazaron sin contestación”. Saramago, ilusionado con su segunda novela, dio en mano Claraboya a un amigo para que la llevara a la editorial, donde tenía algún contacto. La respuesta llegó 36 años después, cuando ya era un escritor consagrado a nivel internacional. Según la editorial, el manuscrito se había perdido en las oficinas, encontrándolo en 1989 gracias a una mudanza. Saramago, al recibir la llamada de la editorial contándole esa historia, no aceptó la propuesta de publicación, pero recogió el manuscrito y Pilar (su mujer, compañera y traductora al castellano) lo guardó hasta su muerte . Dice Pilar que le insistió para publicar la novela nada más recibirla. Él no quiso. Se negó incluso a releerla, aunque dejó la puerta abierta a la publicación para cuando ya no estuviese. Seguramente, el recuerdo de aquella novela rechazada en silencio por la editorial le provocaba demasiado dolor, demasiadas visiones de un pasado vacío de Literatura, demasiada vida invertida en otras actividades… dos largas y vacías décadas.

La editorial rechazó un texto muy bueno aunque comprometedor para la época en la que tendría que haber sido publicado. Saramago nos sumerge en la vida diaria de un edificio portugués en el Lisboa de los años 40. Ofrece unos personajes definidos y muy diferentes unos de otros para crear un cuadro de la vida en aquellos tiempos grises. Primero pasea la mirada por cada vivienda para después crear conflictos dentro de ellas. Así nos encontramos a la mujer sumisa casada con el marido bruto y violento; al matrimonio convencional con una hija que escapa de sus clases de taquigrafía para ver al novio no aceptado por la familia; al zapatero culto amigo de su joven inquilino, un chico que desea exprimir de la vida aquello que otros no han podido; a las mujeres unidas por un amor rechazado por la sociedad; al padre de familia amargado por no llevar la vida que hubo imaginado, pagando su fracaso con su hijo, al que apenas mira, con su mujer, a la que no puede o no sabe amar; a la mujer mantenida, la que pasa las horas del día esperando a que su marido entre por la puerta, sin más aspiración que satisfacer las demandas de un machista que no la quiere.

No es una novela política, de denuncia o reflexión, ni mucho menos. No obstante, Saramago no aparta la mirada de sus personajes para exprimir al máximo sus miserias. Pienso en la novela y me imagino un edificio antiguo, gris, viejo y triste. Tristeza, es la palabra que más se adecua a esas páginas.

Leer Claraboya es hundirte en la cama con sus personajes haciendo tuyas sus miserias, sus fracasos, sus golpes y la templanza con la que los aguantan y siguen viviendo. Dejas de leer Claraboya y no tienes la sensación de acabar un libro, o de dejarlo durante un tiempo, sí de que esas páginas no conforman una novela, sino una fotografía de un pasado que perdió el blanco y negro para ganar el color. Ese edificio sigue existiendo, esas vidas siguen sustentándose en la sinrazón de la simple existencia, esos sueños rotos van tomando cada vez más color…

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3 pensamientos en “Claraboya

  1. Saramago es capaz de todo y tú lo sabes expresar muy bien. Abriremos la Claraboya y, con toda seguridad, veremos esa foto.

    • gracias por el comentario. También por el resto. Saramago es capaz de decir mucho aparentando no querer decirlo…otro de los grandes de los que se habló en algún comentario, creo que en la entrada de Philip Roth. Van quedando menos.

  2. Pingback: De vacas, rechazos y libros | A GOLPE DE PLUMA

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