México insurgente

En 1913, John Reed (EEUU, 1887;Rusia, 1920) atravesó la frontera de México con Estados Unidos para realizar un reportaje sobre la lucha armada en México. La razón de ese levantamiento armado fue el asesinato de Francisco I. Madero y el cuartelazo de Victoriano Huerta. El resultado de ese levantamiento: la Revolución mexicana. El resultado del año y medio que estuvo Reed en México: unas crónicas que acabaron por convertirse en libro, México insurgente.

Cayó de casualidad este libro en mis manos cuando ojeaba unos libros en una librería de México DF. Conocía a Reed por el magnífico documento histórico Diez días que estremecieron al mundo, pero desconocía que tuviese un libro similar de la Revolución mexicana. Después de haber leído esas crónicas de la Revolución rusa, supuse que México insurgente estaría al mismo nivel. Me equivoqué.

Partiendo de que las crónicas las escribió cuando tenía veinte y pocos años, y que sólo el hecho de escribirlas y haber salido vivo del norte de México provoca admiración, el libro cojea hasta el punto de llegar a aburrir al lector. Supongo que el error reside en haber aglutinado todos los artículos en un mismo libro que hay que leer de principio a fin como si hubiese sido escrito con ese propósito.

Lo más arduo de todo es la sucesión de nombres de soldados, peones, campesinos…que no vienen al caso y que despistan al que intenta seguir un orden en el texto. Es cierto que se puede leer (y en muchas ocasiones resulta agradable leer las palabras en primera persona de un observador de la Revolución) sin morir en el intento, pero hay que hacerlo de forma continuada y dedicándole tiempo. También conviene conocer algo de la historia mexicana de aquellos años porque si no resultará imposible seguir las palabras de Reed.

El libro comienza muy flojo (la llegada de Reed al norte de México y su primera toma de contacto con las tropas insurgentes), difuso y no muy ubicado. Después alcanza un nivel más que aceptable con los artículos dedicados a Pancho Villa (es a mi gusto la mejor parte del libro); pero vuelve a decaer con el relato de la cotidianidad de los días.

He cargado demasiado “en contra” del libro no porque me haya parecido malo, sino porque esperaba mucho de él, más que una sucesión de artículos sobre sus días en el ejército. Por eso seré cauto y diré que lo leí en distintos viajes en autobús, muy cansado y con más ganas de acabarlo que de disfrutarlo; así que es probable que ese ambiente no haya ayudado en llevarme un buen recuerdo del libro.

Para acabar, quiero dejar una breve pero perfecta descripción del sueño de Pancho Villa realizada por el propio Villa en una de las conversaciones que mantuvo con Reed. Lo hago no sólo porque me parezca brillante, sino porque a un día de las elecciones presidenciales en México, conviene recordar como un casi analfabeto definió sin darse cuenta lo que debe hacer un político (no gobernar) y lo que el pueblo debe aspirar a ser (dueño de sí mismo).

EL SUEÑO DE PANCHO VILLA

No deja de ser interesante conocer el apasionado ensueño, la quimera que anima a este luchador ignorante “que no tiene bastante educación para ser presidente de México”. Me lo dijo una vez con estas palabras: “Cuando se establezca la nueva república, no habrá más ejército en México. Los ejércitos son los más grandes apoyos de la tiranía. No puede haber dictador sin su ejército. Pondremos a trabajar al ejército. Serán establecidas en toda la república colonias militares formadas por veteranos de la revolución. El Estado les dará posesión de tierras agrícolas y creará grandes empresas industriales para darles trabajo. Laborarán tres días de la semana y lo harán duro, porque el trabajo honrado es más importante que el pelear y sólo el trabajo así produce buenos ciudadanos. En los otros días recibirán instrucción militar, la que, a su vez, impartirán a todo el pueblo para enseñarlo a pelear. Entonces, cuando la patria sea invadida, únicamente con tomar el teléfono desde el Palacio Nacional en la ciudad de México, en medio día se levantará todo el pueblo mexicano de sus campos y fábricas, bien armado, equipado y organizado para defender a sus hijos y a sus hogares. Mi ambición es vivir mi vida en una de esas colonias militares, entre mis compañeros a quienes quiero, que han sufrido tanto y tan hondo conmigo. Creo que desearía que el gobierno estableciera una fábrica para curtir cueros donde pudiéramos hacer buenas sillas y frenos, porque sé como hacerlos; el resto del tiempo desearía trabajar en mi pequeña granja, criando ganado y sembrando maíz. Sería magnífico, yo creo, ayudar a que México fuera un lugar feliz“.

(Capítulo VII de la II parte)

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Sófocles nunca lo dijo

¿Qué culpa tengo yo de haberme enamorado de mi madre? Cuando era pequeño, me deslizaba por el sofá hasta llegar a su regazo; allí me amoldaba entre sus brazos y su pecho. En ese territorio, nuestro territorio, un cosquilleo abdominal  me hacía entornar los ojos y sumergirme en húmedos pensamientos mientras ella fumaba un cigarrillo tras otro. Aún recuerdo el olor a tabaco y sudor de su sujetador, y las caricias que me hacía en el pelo a ritmo de Autumn Leaves en Somethin’Else. Si la vida tuviese una banda sonora, la de mi niñez sería la de ese maravilloso disco que escuchábamos tumbados las noches de verano mientras mi padre mataba la vida a tragos en el bar de abajo. Cuando regresaba, nos encontraba abrazados en el sofá del salón, dormidos  y con una mueca de felicidad que le enfurecía. La aguja ya se había levantado del vinilo y la brisa veraniega enfriaba nuestros sudorosos cuerpos. Con violencia me arrastraba hasta mi habitación y me encerraba con llave. Luego se llevaba a mi madre a la cama, donde un nuevo tema cargaba el ambiente de la casa: gritos, gemidos, violencia y sonidos que yo no sabía interpretar. Esos veranos se fueron sucediendo interrumpidos por fríos inviernos en los que extrañaba la suave textura de sus pechos. Menos mal que descubrí que el deseo se podía apagar en pocos minutos si me imaginaba esos veranos al tiempo que incursionaba en íntimos lugares.

A lo largo de los años siguientes, conocí a chicas que hubieran desmontado hasta al más duro de los hombres, pero era acercarme a ellas y huir inmediatamente hasta los brazos de mi madre, con sus pechos cada vez más caídos, sus arrugas más marcadas, y sus canas que la dotaban de un atractivo irresistible.

Un día regresé a casa de madrugada. Había perdido la virginidad entre dos cubos de basura con una prostituta que me recordó a mi madre. La experiencia había sido pésima, así que llegué caliente a casa y con ganas de estrujar los grandes y maduros pechos de mi madre. Fui hasta su habitación pensando que ella dormiría mientras mi padre bebía en el bar, pero mi sorpresa fue nefasta al descubrirlos desnudos empapados en sudor, gritando y moviéndose como auténticos animales.

–¡Vete de aquí! – gritó mi padre, y siguió moviendo la cadera violentamente mientras mi madre le clavaba las uñas en la espalda.

Al comprobar que me había quedado paralizado frente a ellos, mi padre salió de entre las piernas de mi madre y se acercó hasta mí. Su pene palpitaba como un corazón; su respiración era rápida y profunda; el sudor convertía el enredado vello en finos y brillantes filamentos. ¡Nauseabundo!

Salí de la habitación tras un fuerte portazo. Permanecí sentado con la espalda apoyada en la puerta. Mi padre dijo algo y volvió a la carga. La escena duró unos minutos más y luego el silencio se hizo en toda la casa. Por mi mente no paraban de sucederse imágenes de la prostituta, de los pechos de mi madre, de mi padre entre sus piernas, y de cómo las uñas de mi madre se incrustaban en la espalda peluda de mi padre conforme aumentaba su placer. Yo no podía darle eso mientras mi padre existiera. Permanecí unas horas en la penumbra del pasillo esperando a que mis padres durmieran. Cuando los primeros tonos anaranjados entraron por las ventanas, entré sigilosamente en la habitación. Allí estaba mi padre, totalmente desnudo y con las piernas abiertas. Cogí una almohada y se la puse suavemente en la cara; rápidamente le golpeé en los testículos y apreté con todas mis fuerzas la almohada. Al cabo de un minuto la levanté y pude deleitarme observando a mi padre con la lengua fuera y los ojos casi fuera de las órbitas. Le hice a un lado y me metí en la cama con mi madre. La abracé suavemente y ella, ignorando lo que había sucedido, me devolvió el cariño.

La “condena” de Lee Morgan.

El 19 de febrero de 1972, Lee Morgan (1938-1972, EEUU) moría en pleno escenario tras haber sido disparado por su mujer. Infidelidad, jazz y celos se habían dado cita en un oscuro club de Manhattan.

Aquel año murió uno de los mejores trompetistas de jazz, capaz de plasmar con el instrumento cualquier idea que le rondara por la cabeza. Dominaba la técnica, la potencia y tenía una originalidad que sobrepasaba fronteras, llevándole a hacer improvisaciones dignas de admiración.

La carrera de Lee Morgan tiene un punto de inflexión en 1964, cuando Blue Note lanza su LP The Sidewinder. Antes había tocado con Dizzy Gillespie, John Coltrane y los Jazz Messengers de Art Blakey, entre otros, pero siempre ocupando un lugar donde los focos iluminaban poco. Gracias a Blakey – que prácticamente obligaba a sus músicos a ser creativos y componer – Lee Morgan se lanza a crear sus propios temas. Dejó los Jazz Messengers para volver a Philadelphia y tocar en pequeños círculos locales. A pesar de ser un músico reconocido, no consiguió alcanzar la fama que tenían otros trompetistas como Miles Davis o Guillespie.

Hastiado regresó en 1963 a Nueva York para grabar su gran composición, The Sidewinder, junto a  Joe Henderson (saxo tenor), Billy Higgins (batería), Barry Harris (piano) y Bob Cranshaw (contrabajo). Los 41 minutos se grabaron el 21 de diciembre de 1963, y a principios de 1964 ya estaba sonando The Sidewinder (single que dio nombre al disco. Sidewinder se refiere al típico barriobajero) en todos los locales de jazz. El éxito fue espectacular y el disco se convirtió en el más vendido de Blue Note, llegando al millón de copias.

The Sidewinder es un disco que engancha por sus ritmos (blues, funky, hardbop…), por su fácil escucha y por las espectaculares improvisaciones de Morgan y Henderson. Consta de 5 temas: The Sidewinder; Totem Pole; Gary’s Notebook; Boy, What a Nigh; y Hocus Pocus.

El primero de ellos es el single y el que catapultó a Morgan a la fama. El segundo, Totem Pole, se caracteriza por el adictivo ritmo latino inicial. Gary’s Notebook es un vals rápido dedicado a un amigo suyo llamado Gary… Boy, What a Nigh es, para mi gusto, el otro tema – junto a The Sidewinder – que destaca en el disco; al que le guste el funky, aquí tiene una obra maestra. Por último, Hocus Pocus es la composición más sencilla de la grabación, justamente para que se puedan lucir haciendo las espectaculares improvisaciones que abundan en el disco.

La verdad es que el disco merece la pena conseguirlo para escucharlo. Ignoro si se puede descargar desde internet, aunque por lo que he podido investigar, no. Sé que a un precio asequible se puede comprar por internet (yo los discos los suelo comprar en play.com) o en alguna tienda de jazz. En el youtube está completo.

Al que le guste el jazz, The Sidewinder es un disco clave para entender la transición del bebop al hardbop, y para comenzar a conocer la genialidad de Morgan como compositor.

Después de este disco llegaron otros tantos, pero ninguno llegó a alcanzar la fama de The Sidewinder. Quizá esa fuese la condena de Lee Morgan: ser conocido por el púbico en general por un solo tema.

No voy a acabar la entrada con The Sidewinder; eso sería condenar a Lee Morgan aún más a ser conocido por su mejor tema. Enlazo a una grabación de cuando estaba en los Jazz Messengers. La canción se llama I Remember Clifford.

Mañana se acaba el mundo

La noticia fue anunciada a bombo y platillo, en primera página en los periódicos y como única noticia en los telediarios.

“Mañana se acaba el mundo”

Una afirmación que no dejaba lugar a dudas de comprensión o arrepentimientos lingüísticos. “Mañana se acaba el mundo” Tal cual, como se lee y se entiende.

Lo normal hubiera sido ver a científicos tomando los platós de televisión para analizar en detalle aquel evento único en la Historia; sin embargo, lejos de someter a la población a una instrucción profunda en el tema, los medios de comunicación decidieron dotar a la noticia de un tinte menos técnico. Acostumbrado como estaba el pueblo a una información rigurosa, neutral y contrastada, la noticia sensacionalista caló tan hondo que en pocos minutos el servicio de urgencias se colapsó: ataques cardíacos, suicidios, bromas telefónicas, accidentes de tráfico, atropellos, y un largo etcétera de acontecimientos pre apocalípticos. No tardaron en salir a las calles los iluminados para transmitir a la población sus extensos saberes acerca del apocalipsis; y, por supuesto, no tardaron en reunir a centenares de adeptos a sus palabras que, escuchando atentamente la voz del locutor, miraban al cielo y suplicaban piedad a aquel que estuviera preparando semejante broma de mal gusto. Entre esos adeptos, se encontraba un hombre esférico, de esos que miden lo mismo de ancho que de alto, sin pelo en la coronilla, bigote poblado y dedos rechonchos. Le acompañaba una mujer similar a él sólo que con pelo en la coronilla y más pequeña, aunque manteniendo las proporciones esféricas. Escuchaban muy atentamente las palabras del experto en apocalipsis cuando la desazón  pudo con ellos.

–          Llega tarde – dijo el hombre. Y miró el reloj – me está entrando el hambre.

–          ¿El qué? – preguntó la mujer sin hacer mucho aprecio a las palabras del marido.

–          Esa cosa…el apocalipsis. Son las una y me se está jodiendo el día con eso. Que si mañana se acaba el mundo… ¿y qué coño? Como si se acaba hoy. Para lo que estamos.

La mujer guardó silencio mientras su marido se quejaba de la hora en la que llegaba el fin del mundo. Le conocía suficientemente bien como para saber que era mejor no inmiscuirse en las tarugas reflexiones de su marido. Él, sin importarle la ausencia de receptor, siguió a lo suyo:

–          Toda una vida malviviendo y ahora vienen con el puto apocalipsis. No los creo. Asín lo digo: no los creo. Serán los políticos, que siempre están jodiéndonos. Es un invento suyo pa después cobrarnos algo más en los impuestos. No sé, un impuesto contra el apocalipsis. Lo que dice este hombre: el apocalipsis nos lo hemos buscado. Ahí está, mañana será. Que venga, a ver si se atreve.

Ese sin sentido se prolongó durante el corto viaje que separaba el espectáculo de su casa (apenas cruzar la calle y caminar durante un minuto). En la casa el monólogo masculino continuó mientras la mujer, como si a ella eso del apocalipsis le importara poco, cocinaba en silencio en la cocina.

–          ¿Qué pasa? – gritó el hombre desde el salón.

–          Nada – contestó la mujer.

–          Como no dices ná no sé si es que pasa algo. ¿El apocalipsis?

–          Me da igual.

–          ¿Cómo que te da igual?

–          Llevo tantos años haciendo lo mismo que ya estoy cansada de todo. Si se acaba se acabó, sin más.

–          Eso digo yo.

La conversación quedó zanjada en ese punto y la comida transcurrió sin apenas intercambio verbal. Después, la mujer recogió la mesa y el hombre se bajó al bar, al igual que todos y cada uno de los días desde su jubilación.

Allí se encontró con sus compañeros de bar de siempre y se tomó unos cuantos vinos hasta que un cura se atrevió a cruzar la línea que separaba la claridad de la calle con la oscuridad del local. Todos se giraron y observaron a ese extraño personaje parado bajo el cerco de la puerta. Miró a los presentesy saludó con la mano.

–          ¿Este quién es? – susurró uno de los presentes al dueño del bar.

–          Ni idea… – respondió. Después dirigió su mirada al cura y le preguntó: ¿qué va a ser?

–          Un gin-tonic. Bien cargadito, por favor.

–          A sus órdenes, padre.

El mismo hombre que preguntó al dueño que quién era el cura, se arrimó a este último y, tras un seco codazo, le preguntó:

–          ¿Se ha enterado de lo del apocalipsis?

–          Sí. Aunque tengo que decirle – y se separó un poco del hombre – que no es exactamente el Apocalipsis. Se dice que el mundo va a acabar.

–          Yo he oído apocalipsis. Eso dicen las noticias y eso dicen los tíos que gritan en las calles.

–          El Apocalipsis es algo más complejo, amigo. Mañana se acabará el mundo y ya está.

El dueño interrumpió para servirle el gin-tonic y el cura dio un gran sorbo.

–          ¿Y está preocupado?

–          Para nada – contestó fríamente. Después se mojó los labios con la copa y dijo: – no tengo nada que temer, he obrado bien y Dios me salvará.

–          Oiga que yo también he obrado bien.

–          Entonces no tiene de qué preocuparse. Mañana se salvará.

El hombre se alejó y siguió con la cabeza entre los brazos. Aquella gente, a diferencia de la mayoría de la población, se sentía ajena a la noticia dada por televisión. Su vida era el bar, sus cartas, su dominó, sus chatos de vino y cañas, sus amigos de borrachera y poco más. Sin embargo, la presencia del cura, y en especial la expresión de su cara, disminuía el nivel de evasión del ambiente. Estaba concentrado en su copa, en los tragos que daba, y su mirada no se movía de la superficie líquida del vaso. Escrutaba el movimiento, se preguntaba acerca del mañana, del supuesto apocalipsis que él no creía por no querer asumir del todo su creencia. Era en esos momentos donde su fe estaba siendo evaluada y él lamentaba no estar a la altura de las circunstancias. Había fracasado como creyente, como voz de la fe, como siervo de Dios… La angustia que ello le producía sólo podía ser aliviada con el alcohol que se perdía por su cuerpo. Bebió el último trago y tras lanzar unas cuentas monedas a la barra se marchó sin despedirse. Caminó deprisa por las calles de la ciudad bajo un sol ardiente. La luz se reflejaba en las paredes blancas de los edificios provocando una dañina luminosidad. Los saqueos a las tiendas ya habían comenzado, los iluminados se alzaban entre sus seguidores en cualquier esquina, los desesperados se lanzaban desde las azoteas de los edificios y los transeúntes ya ni se inmutaban, es más, les robaban todo lo que llevaban encima. El cura caminaba cegado por el sol y aterrado por la falta de humanidad que estaba demostrando el ser humano en aquella situación. Él confiaba en el mañana, en la providencia, en la persona que le había guiado durante todos esos años, pero: ¿Qué quedaba ahora? ¿El fin del mundo? ¿Así, sin más? ¿Se encontraría cara a cara con Dios? ¿Cómo iba a explicar la cantidad de desgracias que habían sucedido en aquel día previo al fin? ¿Son los castigados, los que nos persiguieron? Su caminar se prolongó hasta bien avanzada la tarde.

Cuando ya se encontraba a las afueras de la ciudad, el entorno cambió drásticamente. Los pisos de fachada blanca, los parques y las aceras impolutas, se transformaron en pisos de ladrillo ennegrecido, plazas oscuras y callejones sin salida aparente. Por uno de esos callejones el cura se introdujo buscando quién sabe qué: la esperanza, el fin, la respuesta a todas las preguntas que golpeaban su cabeza, la salvación… Avanzó por el callejón hasta salir de él y encontrarse, a escasos metros, la puerta de una vieja iglesia. Alzó la vista y miró el campanario. Después miró al cielo y se puso las manos en la cara. Ahora que había llegado el final, la prueba de fuego, no quería que se acabara la vida. El más allá no le importaba. Quería seguir disfrutando de una vida terrenal basada en la felicidad producida por la seguridad de otra vida. El deseo por la permanencia de la vida presente era tan fuerte que le empujó a tirarse al suelo y suplicar piedad frente a las puertas de la iglesia. Lloraba porque creía en algo que ahora no quería creer. Se derrumbó.

Transcurrió poco tiempo hasta que un joven pasó por allí y se encontró al cura tirado en el suelo. Le movió suavemente el brazo y el cura despertó. En cuanto vio al joven se sintió avergonzado por la causa que le había llevado a desmayarse y, sin dar las gracias, se escapó corriendo del lugar poseído por una locura que acabaría por llevarle hasta la barandilla de un puente cercano. El joven se quedó extrañado por el comportamiento del cura y siguió su camino como si nada hubiese pasado. Había tenido un día duro, por lo que su mente todavía no se había dejado llevar por la noticia del día. Sin embargo, al toparse con al cura desmayado enfrente de la iglesia, la noticia empezó a cobrar importancia en su vida. Así que es verdad, pensó. Ya no hay razones por las que vivir, susurró al aire.

Mañana todo sería olvidado, derrumbado por una causa que nadie conocía ni se había molestado en conocer. La sociedad estaba viviendo sus últimas horas, y en vez de seguir con una vida normal (acto que indicaría la satisfacción con la vida que se estaba llevando) se estaba arrastrando hacia un comportamiento desesperado o pasivo.

El joven siguió caminando angustiado por la aceptación de la trágica noticia del fin del mundo. No podía creer que de un día para otro todo lo creado sería destruido. Todo acabaría en ceniza, en pedazos, o qué sabía él, simplemente todo acabaría, sin más, sin explicación alguna y en poco tiempo. En vez de entristecerse por la vida de las personas, lo hizo por la cultura creada durante miles de años. Se avergonzó por ello, por considerar su vida un grano de arena en un desierto, por no valorarse lo suficiente como para sacar su lado más egoísta y pensar únicamente en el fin de su vida. No tenía nada que perder porque nada tenía. Su vida había estado anclada a unos raíles que le llevaban a algún sitio que desconocía, ahora sabía cuál era.

La oscuridad se hizo cuando llegó a su casa, un lugar anclado a los límites de la ciudad, a un extrarradio gris, contaminado y sucio. Había cuerpos muertos en las aceras, en el portal de su casa e incluso por las escaleras. La desesperación había lanzado a decenas de personas al vacío; la vida nunca lo consiguió, pese a ser más trágica que la noticia del suceso de mañana. El valor – provocado por la desesperación – que habían tenido aquellas personas para decidir el momento de su muerte, no era compartido por el protagonista de este momento. Él, más que desear morir, deseaba ver el desenlace de la vida en su conjunto. Quería conocer qué era aquello del fin del mundo y observarlo desde la azotea de su edificio.

La noche trascurrió en la ciudad sin apenas incidentes. Los muertos ya se amontaban por cientos en las calles y el resto de la población dormía plácidamente, algunos por no importarles el fin, otros por confiar en el destino que Dios les tenía preparado, unos cuantos felices por el colapso del mundo y los menos sin creerse la noticia.

A la mañana siguiente, el mundo seguía igual. Normal, dijeron en las noticias, el apocalipsis será por la noche, cuando todos durmamos. La verdad es que tenía algo de sentido aquella información, nadie se imagina que el fin del mundo se pueda producir a las once de la mañana, mientras los niños están en el colegio, los padres en el trabajo y los ancianos en la plaza. El fin del mundo tiene que darse en las mejores condiciones: atardecer, cielo nublado, viento huracanado, temperatura cálida… Y así fue. Conforme las horas transcurrían, el cielo se fue nublando y un cálido viento levantaba el olor a mugre de las aceras. El cielo se tiñó de rojo cuando la oscuridad amenazó. El mundo entero se echó a las calles para observar cómo era aquel fin. Hubo quien no pudo soportar la tensión del momento y gritó clemencia, también aparecieron los iluminados a captar adeptos para los mítines del más allá. No obstante, la mayoría observaba perpleja el cielo, como si de allí fuera a nacer la catástrofe. No pasó nada. El sueño llegó y poco a poco la gente se fue refugiando en sus casas.

Al día siguiente muchos se despertaron sorprendidos por estar vivos. Otros, por el contrario, siguieron con su plan rutinario sin dedicar más que unos segundos a comentar la falsedad de la noticia. Los servicios de limpieza recogieron los cadáveres de las calles y la vida continuó por el mismo sendero de siempre. Nada cambió.

Días de fútbol

Fútbol, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Mi pecado, mi alma.

Dicen que Nerón mandaba matar a aquel que no aplaudiera lo suficiente durante uno de sus espectáculos. Lejos han quedado aquellos tiempos de circos romanos, esclavos, gladiadores, fieras y entretenimiento pasivo desde que se inició una estrategia de despiste que conocemos como panem et circenses, pan y circo. La expresión hace referencia al método que utilizan los gobiernos para adormecer a la población con espectáculos vacíos de contenido pero entretenidos, con diversiones que afloran los sentimientos más mundanos y condenan al espectador a ser esclavo de las luces, el sonido y el ambiente. Perder la identidad como persona, como individuo y convertirse en fragmento de masa es el objetivo. Abandonar la dura individualidad y pasar a formar parte de un grupo es el premio que obtiene el clásico espectador de la vida.

Hoy en día, el concepto de pan y circo engloba demasiados espectáculos, pero hay uno que sin duda se lleva la palma: el fútbol.

El fútbol era un deporte. Hoy es un show, un espectáculo, un circo por el que desfilan niñatos multimillonarios detrás de un balón mientras una masa desnuda sus pasiones a grito en boca. Ya no hay fieras que se enfrenten a hombres, ahora son hombres que se enfrentan a otros hombres, a veces con una ira que parece que defienden unos colores como si de un tesoro se tratara. Y el público grita, y el juego sucio domina en el campo, y los árbitros se enfrentan a los hombres transformados en fieras, y el público se pone en pie para defender lo que menos tendrían que defender.

Desde que el fútbol no es fútbol, los aficionados al show se han visto multiplicados exponencialmente. Nadie entiende por qué hay tantos aficionados al fútbol y no al baloncesto, waterpolo o balonmano, deportes mucho más dinámicos, deportivos y duros. La razón sólo se puede encontrar en lo externo al espectador, en el “es lo que echan por la tele”; y como es lo único que “echan por la tele” se crea una cadena de personas que ven lo que “echan por la tele” y amigos que se unen al eslabón de los anteriores. Así se crea un concepto de grupo dominante frente a otras alternativas deportivas. Conclusión: todo el mundo quiere pertenecer a dicho grupo porque es ahí donde se siente el calor de la afición, donde confluyen sentimientos, y la vida, por momentos, se escapa de sus ataduras.

Cuando algo dentro del sistema capitalista se convierte en fenómeno de masas, se convierte en instrumento de dominación. Si alguien piensa que exagero, sólo tiene que recordar el mundial de fútbol de 2010, cuando prácticamente la totalidad de la población española (le gustase o no le gustase el fútbol) celebró el triunfo de la selección española como si de una revolución se tratara (con lágrimas y disturbios incluidos). Yo no podía parar de sorprenderme por la cantidad de personas que veía con las mejillas pintadas de rojigualda y la bandera monárquica a modo de pareo o capa. Ese patriotismo barato, ese sentimiento de pertenencia a grupo, esos llantos de emoción, esos cánticos intimidatorios eran producto de la venta que habían hecho los grandes medios de difusión del evento deportivo. Conté que durante una semana no se dieron más noticias que las del mundial celebrado en un territorio africano rodeado de personas pudriéndose en la miseria y aficionados que se habían dejado su sueldo mileurista en viajar hasta Sudáfrica. No había más noticias porque no interesaba darlas; la masa ya estaba entretenida con el fútbol, y mejor que fuera así. Durante una semana no hubo estados delincuentes, ni sanguinarios terroristas que pusieran en jaque a los dueños de la paz, ni desastres naturales, ni violencia doméstica, ni muertos en carretera, ni incendios forestales…no, no había nada. El mundo era presentado como un territorio feliz para que pudiéramos salir a las calles – a cortar las calles (cosa que sienta muy mal cuando es por otras razones más lícitas) – y vivir aquel momento (para algunos) histórico.

Hay una parte de la afición que de verdad le gusta ese deporte, como hay gente a la que le gusta la petanca, el tiro con arco o el curling, pero la gran mayoría está ahí por la sensación que produce la pertenencia a la masa. Sin embargo, esa afición, pese a estar un paso por delante, se difumina entre la masa y es imposible distinguirla entre tanto garrulo, más cuando ni siquiera se hacen escuchar reivindicando el regreso del fútbol al campo del deporte. Asumen las reglas del juego (y no me refiero a las del fútbol) y se sientan como simples espectadores frente a una pantalla mientras el negocio y la dominación entran en sus casas, les abren la boca, y dejan que la baba caiga poco a poco…muy poco a poco.

Otro aspecto que detesto del fútbol es que la gran mayoría de los seguidores se aglutinen en torno a las dos grandes empresas: Real Madrid CF y FC Barcelona. Entiendo que un madrileño se sienta identificado con el Real Madrid, o que un catalán lo esté con el Barça, pero desde el momento en que esos equipos están constituidos por jugadores que han sido compramos como chaperos, pierde todo sentido apoyar a un equipo que representa a un territorio. Sería más lógico cambiar los nombres y hacer como en el ciclismo: los equipos llevan el nombre de la empresa que los patrocina. Sería lo justo y coherente. Al margen de nombres, es curioso que todo el mundo sea del Barça o del Madrid, justo los dos equipos que siempre ganan. Es como ver una película en la que sabes que va a ver un final feliz. Esto demuestra lo poco que la afición ama el fútbol. Muchas veces me pregunto: ¿alguien del Madrid/Barça seguiría siendo del Madrid/Barça si todos sus jugadores fueran sustituidos por otros muy malos? Sé que es llevar la situación de compra-venta de jugadores al extremo, pero cuando le haces esta pregunta a un aficionado se queda atascado. Si tu equipo deja de cosechar victorias y empieza a dejar de ser la empresa dominante, perderá protagonismo en los medios, por lo que el calor de la afición será mucho menor, la pertenencia a grupo insignificante, y el fútbol volvería al lugar del que vino, el deporte, con todo lo que ello conlleva. Si sucediese eso, la afición del equipo se reduciría al mínimo: a los que están ahí por pasión hacia un deporte y no por la satisfacción de ser siempre el ganador.

Esto sólo eran unas líneas de desahogo antes de que empiece la Eurocopa. Por suerte, me pillará muy lejos y no tendré que sufrir las dosis patéticas de patriotismo, garrulismo, manolismo y demás ismos. Con poca suerte perderá España. Lo celebraré.

Dizzy Gillespie y Bill Evans en directo.

Después de la entrada A Love Supreme: El camino hacia Dios de John Coltrane, estuve buscando algún concierto de Coltrane y descubrí que hay infinidad de conciertos de jazz colgados en internet. He seleccionado dos que merecen la pena.

El primero de ellos, liderado por Dizzy Guillespie (hay que mencionar también al espectacular Max Roach a la batería), se caracteriza por lo ameno que es y el buen ambiente que se respira entre los músicos.

Escuché por primera vez a Guillespie hace muchos años y me quedé sorprendido, pero ignoraba que fuera tan bueno en directo y que pudiera hinchar los carrillos hasta dimensiones descomunales.

El segundo directo es el del trío de Bill Evans. Si en el anterior dominan las risas, las bromas y las improvisaciones, este es todo lo contrario. Evans toca el piano encorvado en un estudio de televisión sin apenas levantar la mirada para ver al resto de músicos. Se muestra imperturbable mientras sus manos, como si no formaran parte de su escuálido cuerpo, se deslizan sobre las teclas.

La sombra de México D.F.

Hoy me he acordado de Delibes – especialmente del libro “La sombra del ciprés es alargada” – mientras me alejaba en taxi de la que ha sido mi casa los últimos meses.

Lo leí hace unos años, durante el largo verano que separó el instituto de la universidad. El recuerdo que tengo será similar al de todo lector del mismo: amargo.

Delibes nos cuenta la historia de una vida, una vida marcada por las desgracias y la mala suerte (si es que ésta existe), una vida en la que la sombra del ciprés se va haciendo cada vez más alargada conforme pasan los años y las muertes de seres queridos se suceden.
Una de las conclusiones que se saca, al menos la que para mí fue más importante, es que en la vida hay que valorar qué compensa más: si atreverte a conocer gente sabiendo que algún día desaparecerán (muerte, enfado, olvido, distancia…), o por el contrario decides tener el mínimo roce con ellas por no saber si podrás asumir una despedida.

Hoy se ha acabado mi vida en el DF como estudiante. Ahora seré un turista que viene desde Europa para visitar esa Latinoamérica que tanto nos gusta por su gente, por su cultura, por su forma de ser, por su comida, por los contrastes y por su historia. Ahora tengo que transformarme en algo ajeno a este país, en algo ajeno a una ciudad que odié al principio y quise tanto al final, cuando vi que la cuenta atrás había avanzado más rápido de lo esperado. Quizá me comporté como el tipo de gente de la que hablaba antes, ésas que prefieren no encariñarse con nada por miedo a perderlo, y es que sabía que había un final al que me acercaba precipitadamente; cada día el último, cada acción la última…

Sin darme cuenta, empecé a crear un vínculo con la ciudad y con algunas personas que ahora darán sentido a un cariñoso olvido. Vivía en un barrio por el que paseaba y saludaba a algunos de mis vecinos: el señor del gimnasio donde corrí para no respirar el humo de los coches…luego llegó Viveros, también la mejor compañía para correr; la señora de la tiendita, que acabó por saber hasta el jamón que más me gustaba (el peor para algunos, el mejor para mí, el de “cincuenta y tantos pesos el kilo, es que nunca me acuerdo cuál es”); la señora de la vecindad que nos preparaba la mejor cena los viernes y sábados: quesadillas (las mías, las de queso con lechuga y chicharrón); y Guillermo, el “dueño de la fondita”, que nos alimentó durante muchos meses como si de un padre se tratara, acabando por sentarse de vez en cuando a hablar con nosotros sobre la vida, sobre México, sobre sus cinco hijos, sobre su fondita y sus sueños alcanzados.

Esa fue la parte agradable del lugar, la que me duele haber vivido tan poco tiempo y ahora tener que recordar. El otro aspecto, el opuesto, fue la Universidad, la UNAM. Día tras día, mañana tras mañana, clase tras clase sin hablar con nadie. Así es la vida en Ciencias, más en una facultad de Física donde el estrés se huele en cada esquina y el nivel de estupidez supera al de inteligencia. Y así acabé faltando cada vez más para quedarme en casa durmiendo o leyendo o escribiendo aquí. Nadie preguntó por mí, cosa que agradezco porque mi ausencia no se notó y en las notas no se reflejó.

Pero bueno, todo se pasaba cuando volvía a casa y había alguien a quien contar entre risas mi soledad en la facultad y lo extraño que era saludar y no recibir una contestación. Se olvidaba aún más cuando los días se empujaban por llegar cuanto antes al fin de semana, a los noches del DF con sus bailes, sus fiestas, su música, su Capitán Morgan… esos planes improvisados cuando estábamos a punto de irnos a dormir, los viajes en taxi observando al solitario DF de madrugada, las conversaciones de la noche, el no pensar en nada más que en el presente y en la negativa “no estás viviendo México”. Y creo que no, que me faltan meses para exprimir todo lo que la ciudad y su gente pueden ofrecer.

Atrás quedarán los pocos pero buenos amigos, las carreras en Viveros, las cervezas de los viernes en la terraza, las librerías de segunda mano, las largas conversaciones de la cena, el olor a tacos en cada esquina, las ricas-sabrosas-grandes tortas, el olor a sopa de camarón de Insurgentes los días de lluvia, el atractivo miedo a probar la comida desconocida, la sopa (¿para todos?) y el arroz (¿va a ser solo?), la eterna promesa de que al siguiente fin de semana iría a Tula, la soledad en la UNAM, la Ruta9 que tanto tardé en descubrir y que sin ella hubiera dejado definitivamente de ir a clase, la sesión de cine semanal (sin importar la basura que proyectaran), las donas, el chocolate Larín, la paella que tan mal salió, la anécdota de hacer “amigos” el último día de clase, la proyección de La Bella y la Bestia al final de una clase, el perro que se buscaba la cola, las pizzas del Domino’s que acabé por aborrecer, el fin de semana en Valle, las olas de Pie de la Cuesta, los vendedores del metro, el “diez pesos le vale diez pesos le cuesta”, la visita al Popocatépetl, las nuevas palabras y expresiones, el eterno debate sobre el doblaje de las películas, cantar Paso a Paso/Todo o Nada en el momento menos esperado, la batería de Todo se derrumbó, Frida y sus arañazos, Kevin (el gorrión callejero que duró dos días y nunca salió de su caja)…

Volveré definitivamente a Madrid para convertirme en el olvido de unos pocos. Las cosas seguirán tal y como yo las viví mientras la vieja vida volverá para no dejarme escapar nunca más. Sólo era ficción. Esto sólo es ficción. México, neta, te quiero.

Le vent l’emportera
Tout disparaîtra mais
Le vent nous portera