Mañana se acaba el mundo

La noticia fue anunciada a bombo y platillo, en primera página en los periódicos y como única noticia en los telediarios.

“Mañana se acaba el mundo”

Una afirmación que no dejaba lugar a dudas de comprensión o arrepentimientos lingüísticos. “Mañana se acaba el mundo” Tal cual, como se lee y se entiende.

Lo normal hubiera sido ver a científicos tomando los platós de televisión para analizar en detalle aquel evento único en la Historia; sin embargo, lejos de someter a la población a una instrucción profunda en el tema, los medios de comunicación decidieron dotar a la noticia de un tinte menos técnico. Acostumbrado como estaba el pueblo a una información rigurosa, neutral y contrastada, la noticia sensacionalista caló tan hondo que en pocos minutos el servicio de urgencias se colapsó: ataques cardíacos, suicidios, bromas telefónicas, accidentes de tráfico, atropellos, y un largo etcétera de acontecimientos pre apocalípticos. No tardaron en salir a las calles los iluminados para transmitir a la población sus extensos saberes acerca del apocalipsis; y, por supuesto, no tardaron en reunir a centenares de adeptos a sus palabras que, escuchando atentamente la voz del locutor, miraban al cielo y suplicaban piedad a aquel que estuviera preparando semejante broma de mal gusto. Entre esos adeptos, se encontraba un hombre esférico, de esos que miden lo mismo de ancho que de alto, sin pelo en la coronilla, bigote poblado y dedos rechonchos. Le acompañaba una mujer similar a él sólo que con pelo en la coronilla y más pequeña, aunque manteniendo las proporciones esféricas. Escuchaban muy atentamente las palabras del experto en apocalipsis cuando la desazón  pudo con ellos.

–          Llega tarde – dijo el hombre. Y miró el reloj – me está entrando el hambre.

–          ¿El qué? – preguntó la mujer sin hacer mucho aprecio a las palabras del marido.

–          Esa cosa…el apocalipsis. Son las una y me se está jodiendo el día con eso. Que si mañana se acaba el mundo… ¿y qué coño? Como si se acaba hoy. Para lo que estamos.

La mujer guardó silencio mientras su marido se quejaba de la hora en la que llegaba el fin del mundo. Le conocía suficientemente bien como para saber que era mejor no inmiscuirse en las tarugas reflexiones de su marido. Él, sin importarle la ausencia de receptor, siguió a lo suyo:

–          Toda una vida malviviendo y ahora vienen con el puto apocalipsis. No los creo. Asín lo digo: no los creo. Serán los políticos, que siempre están jodiéndonos. Es un invento suyo pa después cobrarnos algo más en los impuestos. No sé, un impuesto contra el apocalipsis. Lo que dice este hombre: el apocalipsis nos lo hemos buscado. Ahí está, mañana será. Que venga, a ver si se atreve.

Ese sin sentido se prolongó durante el corto viaje que separaba el espectáculo de su casa (apenas cruzar la calle y caminar durante un minuto). En la casa el monólogo masculino continuó mientras la mujer, como si a ella eso del apocalipsis le importara poco, cocinaba en silencio en la cocina.

–          ¿Qué pasa? – gritó el hombre desde el salón.

–          Nada – contestó la mujer.

–          Como no dices ná no sé si es que pasa algo. ¿El apocalipsis?

–          Me da igual.

–          ¿Cómo que te da igual?

–          Llevo tantos años haciendo lo mismo que ya estoy cansada de todo. Si se acaba se acabó, sin más.

–          Eso digo yo.

La conversación quedó zanjada en ese punto y la comida transcurrió sin apenas intercambio verbal. Después, la mujer recogió la mesa y el hombre se bajó al bar, al igual que todos y cada uno de los días desde su jubilación.

Allí se encontró con sus compañeros de bar de siempre y se tomó unos cuantos vinos hasta que un cura se atrevió a cruzar la línea que separaba la claridad de la calle con la oscuridad del local. Todos se giraron y observaron a ese extraño personaje parado bajo el cerco de la puerta. Miró a los presentesy saludó con la mano.

–          ¿Este quién es? – susurró uno de los presentes al dueño del bar.

–          Ni idea… – respondió. Después dirigió su mirada al cura y le preguntó: ¿qué va a ser?

–          Un gin-tonic. Bien cargadito, por favor.

–          A sus órdenes, padre.

El mismo hombre que preguntó al dueño que quién era el cura, se arrimó a este último y, tras un seco codazo, le preguntó:

–          ¿Se ha enterado de lo del apocalipsis?

–          Sí. Aunque tengo que decirle – y se separó un poco del hombre – que no es exactamente el Apocalipsis. Se dice que el mundo va a acabar.

–          Yo he oído apocalipsis. Eso dicen las noticias y eso dicen los tíos que gritan en las calles.

–          El Apocalipsis es algo más complejo, amigo. Mañana se acabará el mundo y ya está.

El dueño interrumpió para servirle el gin-tonic y el cura dio un gran sorbo.

–          ¿Y está preocupado?

–          Para nada – contestó fríamente. Después se mojó los labios con la copa y dijo: – no tengo nada que temer, he obrado bien y Dios me salvará.

–          Oiga que yo también he obrado bien.

–          Entonces no tiene de qué preocuparse. Mañana se salvará.

El hombre se alejó y siguió con la cabeza entre los brazos. Aquella gente, a diferencia de la mayoría de la población, se sentía ajena a la noticia dada por televisión. Su vida era el bar, sus cartas, su dominó, sus chatos de vino y cañas, sus amigos de borrachera y poco más. Sin embargo, la presencia del cura, y en especial la expresión de su cara, disminuía el nivel de evasión del ambiente. Estaba concentrado en su copa, en los tragos que daba, y su mirada no se movía de la superficie líquida del vaso. Escrutaba el movimiento, se preguntaba acerca del mañana, del supuesto apocalipsis que él no creía por no querer asumir del todo su creencia. Era en esos momentos donde su fe estaba siendo evaluada y él lamentaba no estar a la altura de las circunstancias. Había fracasado como creyente, como voz de la fe, como siervo de Dios… La angustia que ello le producía sólo podía ser aliviada con el alcohol que se perdía por su cuerpo. Bebió el último trago y tras lanzar unas cuentas monedas a la barra se marchó sin despedirse. Caminó deprisa por las calles de la ciudad bajo un sol ardiente. La luz se reflejaba en las paredes blancas de los edificios provocando una dañina luminosidad. Los saqueos a las tiendas ya habían comenzado, los iluminados se alzaban entre sus seguidores en cualquier esquina, los desesperados se lanzaban desde las azoteas de los edificios y los transeúntes ya ni se inmutaban, es más, les robaban todo lo que llevaban encima. El cura caminaba cegado por el sol y aterrado por la falta de humanidad que estaba demostrando el ser humano en aquella situación. Él confiaba en el mañana, en la providencia, en la persona que le había guiado durante todos esos años, pero: ¿Qué quedaba ahora? ¿El fin del mundo? ¿Así, sin más? ¿Se encontraría cara a cara con Dios? ¿Cómo iba a explicar la cantidad de desgracias que habían sucedido en aquel día previo al fin? ¿Son los castigados, los que nos persiguieron? Su caminar se prolongó hasta bien avanzada la tarde.

Cuando ya se encontraba a las afueras de la ciudad, el entorno cambió drásticamente. Los pisos de fachada blanca, los parques y las aceras impolutas, se transformaron en pisos de ladrillo ennegrecido, plazas oscuras y callejones sin salida aparente. Por uno de esos callejones el cura se introdujo buscando quién sabe qué: la esperanza, el fin, la respuesta a todas las preguntas que golpeaban su cabeza, la salvación… Avanzó por el callejón hasta salir de él y encontrarse, a escasos metros, la puerta de una vieja iglesia. Alzó la vista y miró el campanario. Después miró al cielo y se puso las manos en la cara. Ahora que había llegado el final, la prueba de fuego, no quería que se acabara la vida. El más allá no le importaba. Quería seguir disfrutando de una vida terrenal basada en la felicidad producida por la seguridad de otra vida. El deseo por la permanencia de la vida presente era tan fuerte que le empujó a tirarse al suelo y suplicar piedad frente a las puertas de la iglesia. Lloraba porque creía en algo que ahora no quería creer. Se derrumbó.

Transcurrió poco tiempo hasta que un joven pasó por allí y se encontró al cura tirado en el suelo. Le movió suavemente el brazo y el cura despertó. En cuanto vio al joven se sintió avergonzado por la causa que le había llevado a desmayarse y, sin dar las gracias, se escapó corriendo del lugar poseído por una locura que acabaría por llevarle hasta la barandilla de un puente cercano. El joven se quedó extrañado por el comportamiento del cura y siguió su camino como si nada hubiese pasado. Había tenido un día duro, por lo que su mente todavía no se había dejado llevar por la noticia del día. Sin embargo, al toparse con al cura desmayado enfrente de la iglesia, la noticia empezó a cobrar importancia en su vida. Así que es verdad, pensó. Ya no hay razones por las que vivir, susurró al aire.

Mañana todo sería olvidado, derrumbado por una causa que nadie conocía ni se había molestado en conocer. La sociedad estaba viviendo sus últimas horas, y en vez de seguir con una vida normal (acto que indicaría la satisfacción con la vida que se estaba llevando) se estaba arrastrando hacia un comportamiento desesperado o pasivo.

El joven siguió caminando angustiado por la aceptación de la trágica noticia del fin del mundo. No podía creer que de un día para otro todo lo creado sería destruido. Todo acabaría en ceniza, en pedazos, o qué sabía él, simplemente todo acabaría, sin más, sin explicación alguna y en poco tiempo. En vez de entristecerse por la vida de las personas, lo hizo por la cultura creada durante miles de años. Se avergonzó por ello, por considerar su vida un grano de arena en un desierto, por no valorarse lo suficiente como para sacar su lado más egoísta y pensar únicamente en el fin de su vida. No tenía nada que perder porque nada tenía. Su vida había estado anclada a unos raíles que le llevaban a algún sitio que desconocía, ahora sabía cuál era.

La oscuridad se hizo cuando llegó a su casa, un lugar anclado a los límites de la ciudad, a un extrarradio gris, contaminado y sucio. Había cuerpos muertos en las aceras, en el portal de su casa e incluso por las escaleras. La desesperación había lanzado a decenas de personas al vacío; la vida nunca lo consiguió, pese a ser más trágica que la noticia del suceso de mañana. El valor – provocado por la desesperación – que habían tenido aquellas personas para decidir el momento de su muerte, no era compartido por el protagonista de este momento. Él, más que desear morir, deseaba ver el desenlace de la vida en su conjunto. Quería conocer qué era aquello del fin del mundo y observarlo desde la azotea de su edificio.

La noche trascurrió en la ciudad sin apenas incidentes. Los muertos ya se amontaban por cientos en las calles y el resto de la población dormía plácidamente, algunos por no importarles el fin, otros por confiar en el destino que Dios les tenía preparado, unos cuantos felices por el colapso del mundo y los menos sin creerse la noticia.

A la mañana siguiente, el mundo seguía igual. Normal, dijeron en las noticias, el apocalipsis será por la noche, cuando todos durmamos. La verdad es que tenía algo de sentido aquella información, nadie se imagina que el fin del mundo se pueda producir a las once de la mañana, mientras los niños están en el colegio, los padres en el trabajo y los ancianos en la plaza. El fin del mundo tiene que darse en las mejores condiciones: atardecer, cielo nublado, viento huracanado, temperatura cálida… Y así fue. Conforme las horas transcurrían, el cielo se fue nublando y un cálido viento levantaba el olor a mugre de las aceras. El cielo se tiñó de rojo cuando la oscuridad amenazó. El mundo entero se echó a las calles para observar cómo era aquel fin. Hubo quien no pudo soportar la tensión del momento y gritó clemencia, también aparecieron los iluminados a captar adeptos para los mítines del más allá. No obstante, la mayoría observaba perpleja el cielo, como si de allí fuera a nacer la catástrofe. No pasó nada. El sueño llegó y poco a poco la gente se fue refugiando en sus casas.

Al día siguiente muchos se despertaron sorprendidos por estar vivos. Otros, por el contrario, siguieron con su plan rutinario sin dedicar más que unos segundos a comentar la falsedad de la noticia. Los servicios de limpieza recogieron los cadáveres de las calles y la vida continuó por el mismo sendero de siempre. Nada cambió.

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