Sófocles nunca lo dijo

¿Qué culpa tengo yo de haberme enamorado de mi madre? Cuando era pequeño, me deslizaba por el sofá hasta llegar a su regazo; allí me amoldaba entre sus brazos y su pecho. En ese territorio, nuestro territorio, un cosquilleo abdominal  me hacía entornar los ojos y sumergirme en húmedos pensamientos mientras ella fumaba un cigarrillo tras otro. Aún recuerdo el olor a tabaco y sudor de su sujetador, y las caricias que me hacía en el pelo a ritmo de Autumn Leaves en Somethin’Else. Si la vida tuviese una banda sonora, la de mi niñez sería la de ese maravilloso disco que escuchábamos tumbados las noches de verano mientras mi padre mataba la vida a tragos en el bar de abajo. Cuando regresaba, nos encontraba abrazados en el sofá del salón, dormidos  y con una mueca de felicidad que le enfurecía. La aguja ya se había levantado del vinilo y la brisa veraniega enfriaba nuestros sudorosos cuerpos. Con violencia me arrastraba hasta mi habitación y me encerraba con llave. Luego se llevaba a mi madre a la cama, donde un nuevo tema cargaba el ambiente de la casa: gritos, gemidos, violencia y sonidos que yo no sabía interpretar. Esos veranos se fueron sucediendo interrumpidos por fríos inviernos en los que extrañaba la suave textura de sus pechos. Menos mal que descubrí que el deseo se podía apagar en pocos minutos si me imaginaba esos veranos al tiempo que incursionaba en íntimos lugares.

A lo largo de los años siguientes, conocí a chicas que hubieran desmontado hasta al más duro de los hombres, pero era acercarme a ellas y huir inmediatamente hasta los brazos de mi madre, con sus pechos cada vez más caídos, sus arrugas más marcadas, y sus canas que la dotaban de un atractivo irresistible.

Un día regresé a casa de madrugada. Había perdido la virginidad entre dos cubos de basura con una prostituta que me recordó a mi madre. La experiencia había sido pésima, así que llegué caliente a casa y con ganas de estrujar los grandes y maduros pechos de mi madre. Fui hasta su habitación pensando que ella dormiría mientras mi padre bebía en el bar, pero mi sorpresa fue nefasta al descubrirlos desnudos empapados en sudor, gritando y moviéndose como auténticos animales.

–¡Vete de aquí! – gritó mi padre, y siguió moviendo la cadera violentamente mientras mi madre le clavaba las uñas en la espalda.

Al comprobar que me había quedado paralizado frente a ellos, mi padre salió de entre las piernas de mi madre y se acercó hasta mí. Su pene palpitaba como un corazón; su respiración era rápida y profunda; el sudor convertía el enredado vello en finos y brillantes filamentos. ¡Nauseabundo!

Salí de la habitación tras un fuerte portazo. Permanecí sentado con la espalda apoyada en la puerta. Mi padre dijo algo y volvió a la carga. La escena duró unos minutos más y luego el silencio se hizo en toda la casa. Por mi mente no paraban de sucederse imágenes de la prostituta, de los pechos de mi madre, de mi padre entre sus piernas, y de cómo las uñas de mi madre se incrustaban en la espalda peluda de mi padre conforme aumentaba su placer. Yo no podía darle eso mientras mi padre existiera. Permanecí unas horas en la penumbra del pasillo esperando a que mis padres durmieran. Cuando los primeros tonos anaranjados entraron por las ventanas, entré sigilosamente en la habitación. Allí estaba mi padre, totalmente desnudo y con las piernas abiertas. Cogí una almohada y se la puse suavemente en la cara; rápidamente le golpeé en los testículos y apreté con todas mis fuerzas la almohada. Al cabo de un minuto la levanté y pude deleitarme observando a mi padre con la lengua fuera y los ojos casi fuera de las órbitas. Le hice a un lado y me metí en la cama con mi madre. La abracé suavemente y ella, ignorando lo que había sucedido, me devolvió el cariño.

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