¿Qué le pasaba por la cabeza a Eric Dolphy?

Buen músico pero de difícil escucha. Eric Dolphy (EEUU, 1928; Alemania, 1964) era un tipo que se salía de la norma en cuanto a gustos se refiere (siempre se dice que los genios son unos incomprendidos; en este caso se verifica).  Dominaba el saxo, la flauta travesera y el clarinete bajo.

Se estrenó con Roy Porter en 1949. Después su carrera no fue del todo satisfactoria hasta que en 1960 comenzó a codearse con Charles Mingus, John Coltrane, Ornette Coleman, Oliver Nelson y Booker Little.  Con Coleman y Nelson no tuvo una colaboración extensa, mientras que con Coltrane y Mingus sí, sobre todo con este último, que se convirtió en amigo íntimo hasta su prematura muerte en Berlín. Mingus nunca aceptó la versión oficial de la muerte de Dolphy (coma diabético); según Mingus, le mató la CIA por sus ideas políticas.

Consiguió revolucionar el jazz en su corta vida, provocándole más de un encontronazo con el resto de músicos (le acusaban de tocar “anti-jazz”). Siempre se dejó llevar por las influencias musicales, por lo que su mente le pedía tocar y por la improvisación, de ahí que se convirtiera en pieza clave del engranaje jazzístico.

No quiero extenderme más porque no es un músico que domine. De vez en cuando le escucho con el fin de ir haciéndome a él, pero resulta muy complicado entender lo que hace.

A continuación dejo dos grabaciones. La primera de ellas es para conocer al verdadero Dolphy en acción en su penúltimo disco, “Out to lunch” (contando el póstumo “Last date”); y la segunda es un concierto del sexteto liderado junto a Mingus, mucho más fácil de escuchar que la anterior.

“Out to lunch” (1964, Blue note)

“Complete Bremen Concert” (1964)

Relato in vitro

Ayer morí. No fue gran cosa. Vinieron a despedirse unos desconocidos que adoraban mi obra como escritor. No sé cómo es posible si ni siquiera yo la entendí mientras estaba en vida.  La cosa es que me convertí en un fenómeno de masas y no había quien levantara el freno de mano a mi trayectoria como escritor. Sin darme cuenta, ya estaba en la cumbre saboreando unos placeres que desde mi antiguo apartamento a las afueras de la ciudad no habría podido ni imaginar.

Yo era un don nadie, un peón de la más baja estirpe de fracasados, un pelele que vagaba por las calles intentando alcanzar ese sueño que muchos de mi generación quisieron rozar: sobrevivir a la crisis de un sistema que desde su creación estaba condenado al fracaso. Nuestro fracaso social era reflejo del fracaso económico del sistema.  Y así estábamos, vagando por las calles, de bar en bar, buscando algo que nos sacase de la cuneta en la que nos encontrábamos.  Algunos encontraron la salvación en el fondo de una botella; otros, en el impacto contra el suelo desde un puente; los menos, siguieron la corriente y encontraron un salvavidas antes de hundirse; y yo, escribí un libro en blanco.

Llevaba semanas sin escribir un relato. No es que fuera mi sustento económico, pero ganar un premio cada dos meses me aliviaba las heridas de las manos que, de tanto trabajar, se estaban extendiendo por mi cuerpo hasta deformarlo considerablemente. Como decía, llevaba varias semanas sin escribir ni una sola línea y la ansiedad me estaba empezando a corroer por dentro. Quería escribir y no sabía cómo empezar un nuevo relato. Me empecé a obsesionar con la idea de que mi talento – si es que alguna vez lo tuve – se había esfumado de la noche a la mañana. Ya no tenía más opción que dejarme caer con el resto y, con suerte, rebotar en el fondo con el nacer de un nuevo sistema.

Una noche, cuando volví del trabajo, me senté frente a mi mayor temor diario: el papel en blanco. Prometí que aquella noche sería la última. Si no salía nada lo dejaba; tiraría los papeles a la basura y asumiría mi condición de esclavo. Pasadas unas horas, el papel siguió en blanco y yo frente a él. ¿Qué me había pasado? Me encontraba tan vacío que ni una sola palabra resbalaba por mi bolígrafo. Medité durante unos minutos y decidí – quién sabe por qué – enviar aquel papel en blanco a un concurso. Las razones no las encontré ni en su día ni hoy, y no es objeto de esta carta post mortem aclarar lo sucedido aquella noche.

Pasados unos meses, cuando ya me había olvidado de aquella página en blanco y del concurso, recibí una llamada telefónica. “Ha ganado el concurso. Es la mejor obra que hemos recibido nunca. Esa página muestra el vacío en el que está inmersa la sociedad” me dijeron, entre otros halagos. Así que, al cabo de unos días, recibí el premio más prestigioso del país.  Editaron mi relato y fueron vendidas miles de copias la primera semana. Decenas de miles la segunda. Cientos de miles el primer mes. Los “lectores”, arrastrados por la desesperanza, encontraban en mi página en blanco el reflejo de sus vidas. Eran felices descubriendo que su vacío se había materializado. Yo callé, no dije nada ni declaré ante los medios. Una página en blanco me parecía el peor relato jamás escrito. Era un insulto a la Literatura y a todos los escritores que, con sudor y sacrificio, habían sacado a la luz las obras que después muchos leímos con cierta envidia. Ahora yo había vendido en un par de meses más que cualquiera de ellos. Me avergoncé.

Cuando tomé contacto con las editoriales y comprendí cómo funcionaba el juego de la venta de libros, decidí escribir mi primera novela. Fueron 456 páginas en blanco. La acogida, como era de esperar, fue grandiosa. Me convertí en el escritor más vendido de la historia. Prácticamente en cada hogar había un ejemplar de mi primera novela. No tenía título, ni portada. Sólo aparecía mi nombre en la primera página.

Después llegaron más novelas, todas en blanco aunque variando el número de páginas. Años más tarde escribí una saga de veinte tomos blancos que me catapultaron a la fama mundial. Me convertí en el icono de toda una generación y los escritores noveles intentaban imitarme sin éxito (sus páginas en blanco no transmitían lo mismo que las mías). Después llegó la lluvia de dinero, la prensa rosa, las mansiones y los excesos. Viví los mejores años de mi vida ignorando que aquellas páginas en blanco no eran más que la esencia de mi vida y la del resto de personas que me rodeaban. Vacío. Vacío era lo que teníamos y a lo que aspirábamos. Ya no nos quedaban los sueños que en su día intentaron llenarlo, sino la simple aceptación del fracaso.

Una noche de invierno, después de acabar la novela en la que estaba trabajando (una historia en blanco de 210 páginas), salí a la calle para que me diera un poco de aire fresco. Llevaba horas eligiendo un blanco para las páginas y necesitaba fumarme un cigarrillo antes de irme a dormir. De repente, mi mirada se posó en una silueta. Estaba apoyada bajo una farola y, a juzgar por la orientación de su cabeza, no me quitaba el ojo de encima. Supuse que era un admirador que había descubierto mi lugar de residencia, así que no le di más importancia y me di la vuelta. Cuando prendí el cigarrillo, escuché unos pasos rápidos cerca de mí. No me dio tiempo a girarme cuando ya tenía un cuchillo clavado en la espalda. Caí al suelo. Lo último que sentí fue el roce de unas páginas en blanco sobre mi cara. Aquel extraño individuo había lanzado hojas blancas sobre mi cuerpo a punto de morir. Antes de cerrar los ojos, un agradable pensamiento vino a mí: aquella persona era la única que había entendido mi obra.

Engaño

– Una de las injusticias del adulterio, cuando comparas al amante con el cónyuge, es que al primero nunca le ves en esas circunstancias tediosas, discutiendo por la verdura, o la tostada quemada, porque se ha olvidado de telefonear, porque molesta a alguien o es molestado […]

-Sí, con el amante la vida cotidiana retrocede.

Engaño (Philip Roth)

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De nuevo Philip Roth vuelve a mis manos, y de nuevo una grata sorpresa.

Engaño es un libro que trata el adulterio de una forma realmente peculiar. No hay narrador, pero tampoco es un monólogo íntimo, ni una obra de teatro o un guión. Engaño es una colección de diálogos mantenidos por el protagonista (un escritor norteamericano de cincuenta y tantos llamado Philip, curiosamente) y su amante (una inglesa treinteañera atrapada en un matrimonio del que no puede, o no sabe, escapar).

La novela está sustentada por las conversaciones que mantienen los amantes durante sus encuentros. Con esa herramienta, Roth toca temas como el fracaso del matrimonio, la infidelidad, la política norteamericana o los judíos, con la misma acidez que caracteriza a todas sus novelas. No tiene un argumento claro ni parece que así lo haya querido el autor. La intención de Roth es más bien meternos en la cama con los amantes para hacernos partícipes de esa relación mantenida en la oscuridad de una habitación de hotel.

En ocasiones, las conversaciones se convierten en monólogos de Philip (el amante) acerca de temas que inquietan a Philip (el escritor), y es quizá eso lo que menos me ha gustado del libro: utilizar a un personaje para soltar monólogos sobre la aceptación de los judíos en EEUU, por ejemplo. Entiendo que Philip Roth juega con el lector incitándole a creer que tras esas líneas se encuentra él mismo, pero resulta chocante que en una conversación entre dos amantes, uno de ellos haga un análisis exhausto sobre la situación judía en norteamérica. Supongo que Roth nunca se puede desligar de sus opiniones a la hora de escribir, ni quiere hacerlo.

La obra da un giro interesante al final, cuando resulta que todo lo leído son las notas de un escritor que imagina conversaciones con una amante (así el lector piensa que todo lo leído no es realidad dentro de ficción, sino ficción dentro de ficción). Esas notas son descubiertas por la mujer del escritor, provocando una intensa discusión en la que el escritor defiende su derecho a la no censura y a imaginar libremente situaciones lejanas a la vida real; en definitva, como bien dice Roth: “En mi imaginación soy infiel a todo el mundo”.

Engaño es un libro poco conocido de Roth y no muy valorado; no entra dentro de sus obras aclamadas. La verdad es que yo desnocía su existencia. Sabía que por ahí circulaba un libro de Roth que se mantenía sólo con diálogos, pero ni conocía su título ni su argumento. Lo encontré en una librería muy lejos de mis habituales y después descubrí que no resulta sencillo dar con él.

Engaño, un libro para leer en los ratos libres y descubrir al genio de Roth en una de sus mejores facetas: el diálogo.

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