Escribiendo a la contra

Texto libre. Escrito sin levantar el bolígrafo del papel.

Me negué mil veces a dedicarte unas líneas torcidas desde que rompimos con lo establecido. No me escribas, me decías. No te escribo, ahora te digo.

Tanto ir a la contra, a la contra (¿-escritura?, demasiado arriesgado en estos terrenos), que al final caímos en lo mismo. Literatura, sin más. Machado ya lo explotó al máximo apoyándose en la muerte de su niña, Leonor. Late corazón…No todo/ se lo ha tragado la tierra, escribió cuando el ataúd de aquella niña estaba bajo tierra. No pretendo hacer una crítica a los pederastas, pero si Machado es un poeta y Bukowski un putero, a lo mejor sí que me mojo y pongo el punto sobre alguna i.  Bukowski derrochaba contra-amor porque el amor habitual ya había sido explotado durante siglos; era (es) una mina agotada. Que no te corresponde, que ha muerto, que tu vida está vacía porque él/ella no está…eso todos lo sabemos, lo palpamos y lo engullimos como podemos. Detrás de esas palabras se esconde el orgullo de la desgracia, de poseer el desencanto para escribir a la contra sin apenas percatarse de que el amor murió cuando Shakespeare lo diseccionó en “Romeo y Julieta”. Sí, hubo después algunos grandes que, rebuscando como podían en el yacimiento agotable del amor, sacaron algún diamante para lucir en nuestras librerías. Pero la cosa se agota. Es necesario mezclar el material puro con impurezas que lo modifiquen.

Dopando el amor llegó Pamuk a su estilo. Quizá demasiado autobiográfico, quizá no; pero no podemos negar que “El Museo de la Inocencia” es contra-escritura en estado puro. La obsesión se mezcla con el amor mientras lo prohibido se afinca en un piso de Estambul. Esos ingredientes y una trabajada prosa dieron como resultado la definición de contra-felicidad. Y eso es ir a la contra, concluir que la muerte de un amor no es, como muchos escribirían, la desgracia sobre la que crear un libro, sino la felicidad sobre la que levantar una de las mejores obras de los últimos años.

¿Qué me decís de Manuel Vincent y sus “Cuerpos sucesivos”? Música, maltrato y amor, mucho amor. Si no fuera porque ella tenía treinta y el sesenta, seguiría obviando la pederastia de Machado, pero es recordarlo para que regrese a mí otro fragmento de “Campos de Castilla”. ¿No ves, Leonor, los álamos del río/con sus ramajes yertos?/Mira el Moncayo azul y blanco; dame/tu mano y paseemos. Es que son versos insuperables. Ella ya había muerto cuando Machado se los dedicó. ¿No ves, Leonor, los álamos del río? Cruel como la vida misma.

Quizá escribir a la contra es hacer lo contrario a la escritura que se nos impone, buscar el talón de Aquiles de la literatura y golpearlo sin descanso. Eso lo hace Philip Roth cuando manda a uno de sus personajes lamer la sangre menstrual de una mujer. La escena sucede en un piso neoyorquino (bajo el título “El animal moribundo”, por si a alguna mente perversa le pica la curiosidad); y el hombre que lo hace, un profesor bastante mayor, dice haberse enamorado de una joven alumna… ¡Machado! Vuelves a nosotros como las nieves del Moncayo. Deléitanos con otro fragmento. Dice la esperanza: un día la veras/ si bien esperas.

Yo sigo esperando, de verdad, Machado, sigo esperando algo que no tengo muy claro qué es. ¿Todo está inventado? Rompamos entonces con todas las normas y escribamos al revés: otse a oreifer em oN. Me refiero a que es posible seguir dopando la escritura con elementos que, en un principio, pueden parecer opuestos. Hay escritores que lo hacen. Hay escritores que rompen con lo establecido para seguir construyendo ese largo camino que debe ser la literatura.

No nos merecemos más “Dickens”, ni “Shakespeares”, ni “Hugos”, ni “Tólstois”, ni “Kafkas”… Nos meremos este presente de malas hierbas. Arranquemos todas esas malas hierbas y sembremos sobre el terreno lo que nos venga en gana. Pero sembremos algo, no clonemos.

Las minas están agotadas. Así es esta vida, así es el tiempo que nos ha tocado vivir. Seguiré estancado en el pasado y preguntándome por qué vivo en este presente. Hay excepciones que me dicen que no pierda la esperanza, que aguante unos años más para ver si algún valiente recoge el testigo del suelo. Pues eso, esperemos…

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