Relatos freudianos I: Narcisismo

Mataría por llenar la página de blanco. Sí, a mí me sucede al contrario, no puedo parar de escribir y de llenar folios y folios de historias que derrochan perfección y originalidad. ¡Qué le vamos a hacer! Me gusto, me encanto, me miro en el espejo y no puedo evitar besar ese reflejo. Acumulo caricias y me las entrego en la noche, cuando los imperfectos duermen y yo sigo despierto. No duermo, no como, no orino ni defeco.

¡Mirad mi cuerpo!…perfección. No hay persona ni escultura que se le asemeje. Escribo acerca de él y la página se estremece, se ruboriza y se dobla, como queriendo evitar mi prosa sensual. Agarro el lapicero, la pluma o el bolígrafo y los cuadernos de la casa me piden a gritos que les acaricie. Da igual lo que escriba; ellos son sumisos, aman mi tacto, se abren de par en par para que yo les dibuje un trazo. Después me suplican que la hoja manchada no quede olvidada.

Me paso el día entre reflejos y cuidados.  Peino mi pelo y después lo moldeo. Cultivo la mente y también el cuerpo; por eso el músculo presenta inteligencia, por eso el cerebro derrocha la fuerza.

¿Queréis tocarme? No podéis, mancharíais mi imagen tallada a base de esfuerzo. ¿Queréis imitarme? ¡No me hagáis reír! La perfección se encuentra muy lejos, demasiado lejos de vuestros ojos ciegos.

Ni uno de vosotros podría llegar al estadio desde el que os observo. Me duele el cuello de caminar con la cabeza gacha por intentar ver el mundo desde la perspectiva de los inferiores. Y no miréis hacia otro lado, ¡no! Vosotros tenéis que adularme para buscar mi perdón, ese perdón que buscáis por haber osado caminar bajo mi sombra. Pero no os vayáis malditos…no os vayáis porque mi persona no tendría con quién compararse, y no sería más que un ser perfecto perdido en un mundo individual, es decir, uno más de un montón llamado yo.

El otro día me encontraba disfrutando de mi mano mientras llenaba folios y folios de palabras. Me deleitaba viendo el fluir de mi escritura, con sus formas redondeadas, sus esquinas afiladas y sus silencios en forma de círculo. De repente, una sensación de malestar abdominal fue dominando mi cuerpo hasta acabar enredada en mi garganta. ¿Quién soy?, me pregunté. Esa pregunta desenvolvió el nudo de la garganta y me hizo detener mi escritura. Entonces escribí, ¿Quién soy? Y las palabras dejaron de fluir porque no había respuesta a mi pregunta. Yo, la perfección personificada, dudé durante varios segundos antes de seguir llenando el papel con bellísimas palabras surgidas de mi modélica mano. Olvidé esa pregunta y seguí escribiendo durante horas. Más tarde relajé los párpados y la pregunta volvió a mí. Esa vez no tardé en contestarla. Y a pesar de todo, sigo ansiando una página en blanco que me haga cuestionarme otra vez qué soy, a dónde voy y por qué no puedo dejar de crear esos folios que nadie lee pero que son la perfección transformada en palabra.

Anuncios