Amor a cuatro patas

P. conoció a M. en el asilo, durante el lavado matutino al que eran sometidos los residentes. Era la primera vez que P. se enfrentaba al aseo de una anciana que, para ser sinceros, hacía muchos años que no era lavada con esmero y sacrificio. Tuvo que esforzarse mucho en la tarea para conseguir que M. se dejara tocar por unas manos desconocidas, pero en cuanto se ganó la confianza de la anciana, el lavado fue adquiriendo otra tonalidad.

–     Me gusta como lo haces – dijo la anciana cuando P. empezó a trabajar de    cintura para abajo.

–        Y a mí hacerlo – contestó el celador mientras frotaba con fuerza las partes más íntimas de M.

Cuando la tarea se dio por finalizada, los dos se despidieron como si allí nada hubiese sucedido, como si aquel aseo hubiese sido el más natural entre anciana y celador, entre vida y muerte.

Con el paso de los días, la hora del aseo se fue dilatando. M., sintiéndose más segura, permitía a P. concentrarse largo rato en lugares que sólo un hombre – ya bajo tierra – se había atrevido a acariciar.

Un día, P., después de quitar el pañal a M., realizó un gesto que apasionó a la anciana de estas líneas: se quitó los guantes para poder lavar el viejo cuerpo de M. con sus manos desnudas, piel con piel, mano con arruga. M. se sobrecogió cuando P., experto en lavados corporales, deslizó sus manos por su cuerpo desnudo al tiempo que exhalaba un frágil suspiro.

–        Nunca me habían lavado así – susurró M. al oído de P.

Después de ese susurro, P. se esforzó aún más en la tarea. Entre sudores, pañales usados, geles, medicinas y olores, P. realizó el mejor lavado del asilo, y así lo dijo M. durante la cena:

–        El nuevo me ha lavado de una manera… ¡qué manera!

Y un anciano que alcanzó a escuchar aquellas palabras, gritó que a él no le lavaba igual, que con asco le pasaba la esponja bajo el escroto.

Fue así cómo M. se enteró de que P. no sólo era su celador, sino el último amor correspondido antes de marchar a su nuevo hogar: una caja de dos por uno afincada en una bonita parcela.

–        Pronto me iré a vivir a otro lugar – dijo M. una mañana, interrumpiendo el íntimo lavado.

–        ¿A otro asilo? – preguntó P. con marcada preocupación.

–  No. Me iré con mi marido, al agujero que compró cuando todavía éramos jóvenes. En sueños me dice que es bonito, que hay sitio para otra persona, que lo pasaremos bien…

P., que en cuestiones de amor era algo novato, sintió aquellas palabras como un si de un sutil rechazo se tratara. Sacó su mano de la entrepierna de M. y con enfado juró que nunca más la volvería a lavar con la ternura que se merecía. Y añadió:

–     ¡Abandonarme después de todo lo que he hecho!

La pobre anciana, entristecida por las cortas miras de P., agarró su mano y la volvió a colocar en el lugar que le correspondía. Después le explicó el significado de sus palabras. P., tras escucharlas con atención, comenzó a llorar, teniendo que abandonar el cuerpo de M. a medio lavar.

Una mañana, P. no apareció en la habitación. M., inquieta, salió de la cama y fue en busca de su amado celador, al que no encontró. Ya de vuelta en la habitación, no pudo dejar de pensar en las manos grandes y fuertes de P., provocando que el deseo de ser lavada se incrementase. Los minutos pasaban, su olor corporal se evidenciaba y las ansias de lavado eran incontrolables. De repente, la puerta se abrió. Un hombre guapo, fuerte, vestido de blanco, con guantes de látex y una esponja chorreante en la mano, preguntó por M. “Soy yo”, contestó ella, con cierta timidez. Después, el hombre, que no era más que el nuevo encargado del aseo de M., la invitó a entrar al baño para limpiarla de arriba abajo y de abajo a arriba. M. aceptó.

–        ¿Dónde está el otro celador? – preguntó M. cuando ya estaba desnuda y preparada para que el apuesto caballero le frotase hasta el último rincón de su cuerpo.

–        Ayer falleció – contestó el nuevo celador aparentando un malestar que no sentía –. ¿Le conocía personalmente?

–        No.

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