Enemigos

Hace unos días me vi haciendo cola para que me atendiera el médico de urgencias. La mayoría de los pacientes que formaban la enorme cola (salía incluso del ambulatorio) eran personas mayores. Por su aspecto y la alegría con que charlaban supuse que ninguno iría a urgencias, así que se me pasó por la cabeza pedirles que me dejaran colocarme el primero porque yo – a diferencia de ellos – no me mantenía en pie. La idea se me fue de la cabeza en cuanto empecé a escuchar la conversación de tres de ellos. Con el odio a flor de piel, se quejaban de la juventud de estos días, de su falta de educación, modales y toda esa paja que, sin ser cierta, ha calado profundamente entre algunos mayores. La coletilla final fue soltada al unísono: con Franco se vivía mejor porque la juventud estaba domesticada.

¿Qué hubiera ocurrido si hubiese pedido a esas tres personas que me dejaran pasar? Habrían dicho algo así como que todo el mundo tiene que esperar; que no pueden dejar pasar a nadie porque puede que haya alguien peor delante, o detrás; que ellos llevan esperando mucho tiempo y que porque yo espere media hora no me va a pasar nada; que el orden está para cumplirlo. En fin, que me acordé de un cuento de Chéjov: Enemigos.

Enemigos es un cuento breve pero con una trama tan intensa que podría alargarse durante páginas y páginas. Comienza como todo buena historia:  presentando el conflicto sin florituras ni rodeos.

Pasadas las nueve de una oscura noche de septiembre, al doctor Kirílov, médico de distrito, se le murió de difteria su hijo único Andréi, de seis años. Cuando la esposa del doctor se dejó caer de rodillas ante la camita del niño muerto y se apoderó de ella el primer acceso de desesperación, en el vestíbulo sonó bruscamente la campanilla.

Quien llama es un vecino, Aboguin, que anda buscando a Kilílov porque su mujer está gravemente enferma y necesita asistencia médica. El doctor le explica que se acaba de morir su hijo, por lo que no se encuentra en condiciones de atender a nadie, menos si ausentarse supone dejar a su mujer sola junto al cadáver del niño.

Aboguin, cegado por su necesidad, insiste al doctor, que al final se ve en la obligación de ceder. Así que ambos marchan a la casa del vecino mientras la mujer del médico se queda en casa llorando la muerte del hijo.

El argumento da un giro inesperado en casa de Aboguin: la mujer no está, ha huido aprovechando la ausencia de su marido; había fingido la enfermedad para librarse de él y así poder marcharse con su amante. El médico, estupefacto, se siente preso de una situación que no le concierne, mientras Aboguin llora y lamenta la ausencia de su mujer. La tristeza de ambos se mezcla, pero Aboguin es tan egoísta que no puede comprender una desgracia mayor que la suya.  Así se sumergen en una discusión sin sentido en la que Kilílov le echa en cara a Aboguin el haberle pedido que fuera a su casa, y éste no entiende por qué el doctor se comporta de esa manera con él, cuando en realidad pensaba que su mujer estaba a punto de morir.

Desde mi punto de vista, lo importante no es el dolor que pueda sentir cada uno, sino las reacciones que se suceden desde el momento en que ambos son conscientes de la situación en la que se encuentran. Digamos que el egoísmo se apodera de los dos protagonistas (aunque con sentido opuesto) y les hace dejar a un lado sus sentimientos de dolor para odiarse mutuamente.

Yo no acabé odiando a los tres nostálgicos que tuve que soportar durante media hora, más bien me inspiraron lástima: uno de ellos el que más. Con aspecto desaliñado, la mirada cargada de odio y una lengua gigante que le costaba controlar, escupía cuando recordaba supuestas situaciones en las que jóvenes le había faltado al respecto. Sin duda, ese hombre era la encarnación de Aboguin y Kilílov en una sola persona.

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