En el camino (Jack Kerouac)

¿No es cierto que se empieza la vida como un dulce niño que cree en todo lo que pasa bajo el techo de su padre? Luego llega el día de la decepción cuando uno se da cuenta de que es desgraciado y miserable y pobre y está ciego y desnudo, y con rostro de fantasma dolorido y amargado camina temblando por la pesadilla de la vida.

Las modas tienen un comportamiento predeterminado. Van y vienen según interese a los dueños del producto; casi nunca la demanda se impone a la oferta.  La única moda que es oferta y demanda es la que cubre un vacío que nadie antes había entendido como tal. Las modas que van y vienen son, en su mayoría, modas que no ofrecen nada pero imponen la demanda.

Ahora se lleva la Generación Beat. Parte de culpa la tiene la adaptación cinematográfica de En el camino, la obra cumbre de Jack Kerouac y de toda una generación de jóvenes sin un lugar en el mundo.

Y durante un momento llegué al punto del éxtasis al que siempre había querido llegar; a ese paso completo a través del tiempo cronológico camino de las sombras sin nombre; al asombro en la desolación del reino de lo mortal con la sensación de la muerte pisándome los talones, y un fantasma siguiendo sus pasos y yo corriendo por una tabla desde la que todos los ángeles levantan el vuelo y se dirigen al vacío sagrado de la vacuidad increada, mientras poderosos e inconcebibles esplendores brillan en la esplendente Esencia Mental e innumerables regiones del loto caen abriendo la magia del cielo. Oía un indescriptible rumor hirviente que no estaba en mi oído sino en todas partes y no tenía nada que ver con el sonido. Comprendí que había muerto y renacido innumerables veces aunque no lo recordaba porque el paso de vida a muerte y de muerte a vida era fantasmalmente fácil; una acción mágica sin valor, lo mismo que dormir y despertar millones de veces, con una profunda ignorancia totalmente casual.

Viajes de Kerouac

Viajes de Kerouac

Alejándonos de las odiosas modas, En el camino es una obra magistral (aunque si tengo que elegir me quedo con Los Vagabundos del Dharma). Narra las andanzas de Jack Kerouac a lo largo y ancho de Estados Unidos y México durante siete años. Cadillacs, kilómetros, carreteras interminables, drogas, alcohol, amistad y amor son los ingredientes; una estructura caótica constituye el andamiaje; y un ritmo frenético, siempre al borde del abismo, la marca de cada página. Me imagino a Kerouac encerrado en una habitación de Manhattan escribiendo como si no existiera el mañana. Siete años de viajes condensados en tres semanas de escritura.

Tres semanas es muy poco tiempo para escribir un libro de 400 páginas. Equivale a crear 19 páginas de libro al día… Un rollo de papel, sin apenas márgenes, sustituía a los folios para que la línea del pensamiento no se viera impedida por ningún agente externo.  Debió acabar destrozado, con el hígado roto y los pulmones encharcados, aunque según él  tan sólo bebió café para aguantar el ritmo.

Cuando llegó el gris amanecer y se coló como un fantasma por las ventanas del cine, estaba dormido con la cabeza apoyada en el brazo de madera de la butaca y seis empleados me rodeaban con toda la basura que se había acumulado durante la noche; la estaban barriendo y formaron un enorme montón maloliente que llegó hasta mi nariz… Estuvieron a punto de barrerme a mí también. Esto me lo contó Dean, que observaba desde diez asientos más atrás. En aquel montón estaban todas las colillas, las botellas, las cajas de cerillas, toda la basura de la noche. Si me hubieran barrido, Dean no me habría vuelto a ver. Hubiera tenido que recorrer todo Estados Unidos mirando en los montones de basura de costa a costa antes de encontrarme enrollado como un feto entre los desechos de mi vida, de su vida y de la vida de los demás. ¿Qué le habría dicho desde mi seno de mierda?

Jack Kerouac (1922-1969) y Neil Cassady (1926-1968)

Jack Kerouac (1922-1969) y Neil Cassady (1926-1968)

Los tiempos parecían importar poco a Kerouac: siete años de viajes, tres semanas de escritura y  seis años hasta que fue publicado su rollo. Al parecer, durante los viajes, Kerouac iba tomando las notas que después conformarían el libro. Muchas de ellas fueron incluidas tal y como fueron escritas, sin modificación alguna, manteniendo así la esencia del momento. El resultado fue la biblia de toda una generación, es decir, una moda que llenó un vacío, el de ser consciente de la imposibilidad de encontrarse a uno mismo en un mundo que gira más deprisa o más lento que tú.

Jack Kerouac buscó su lugar durante siete años. Siete años dando vueltas para acabar en el mismo lugar de donde partió. No creo que el resto tengamos esa suerte. No nos vamos…

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Haruki Murakami, el sueño americano y un maratón

Texto libre. Escrito sin levantar el bolígrafo del papel.

Cirugia de rodilla

Tuve un loco profesor, en el sentido estricto de la palabra, que llamaba a Richard Feynman “el tocaculos por excelencia”. Razones no le faltaban, aunque deformadas por la visión que  tenía de la Física, la pureza de la vida y los estadounidenses.

El pasado domingo me acordé de él mientras caminaba, también en el sentido estricto de la palabra, por el kilómetro treinta y algo del Maratón de Madrid.  Me acordé de la calificación que lanzaba al bueno de Feynman y de cómo yo también tengo una injustificable manía a un escritor, Haruki Murakami. Para mí, Haruki Murakami es “el tocapelotas por excelencia”, un personaje que aparece frente a mí en momentos en los que si no he estoy mordiendo el polvo del suelo, poco me queda para hacerlo. Suele suceder en días en los que me acuerdo de los “triunfadores”, esos seres que han sido colocados en la tierra para joder al resto de mortales, los que intentamos caminar esquivando obstáculos, gente indeseable y retos que nos buscamos para escapar de la rutina.

Según Murakami, una noche, después de cerrar su bar de jazz, decidió ponerse a escribir. Nunca lo había hecho y por arte de magia parió prematuramente una novela que ganó un premio literario. Casualidades de la vida. A los pocos años ya era reconocido internacionalmente, por lo que pudo cerrar su bar.  No contento con su apretada agenda de literato, otro buen día comenzó a correr. Sí, se calzó las zapatillas, se puso un cronómetro y sin haber pisado el asfalto en su vida comenzó correr. Tenía treinta y algo de años. Murakami se jacta en “De qué hablo cuando hablo de correr” de no haber caminado nunca en una carrera. Tengo mis dudas. Entiendo que queda bien escribir que nunca has caminado en una carrera por eso de compararla con la vida, por eso de transmitir que por muy mal que vayan las cosas nunca hay que rendirse. Es una magnífica metáfora de la vida, aunque en la vida real las cosas no suelen ser tan épicas. Todos caminamos, incluso nos retiramos cuando unos pocos kilómetros nos separan del triunfo.

Feynman y Murakami tienen/tenían algo en común: su aparente facilidad para emprender nuevos desafíos. Eran los emprendedores del siglo pasado, los protagonistas del “American dream”, los estandartes del “si quieres puedes”… Sin quererlo podrían ser imagen de un sistema, el que vivimos, el que sufrimos.

Todo esto lo iba pensando yo mientras el frío se colaba entre mi ropa y la lluvia me mojaba la cara. Murakami podría haber transformado el dolor en triunfo, la decepción en lucha, el gris de las calles en arena de gladiadores. Murakami podría haber desaparecido de mi mente porque no es justo para mí ni para nadie que sólo su imagen, la de un desconocido, me acompañara durante tantos kilómetros. Al final, para olvidar el dolor, decidí pensar en una frase alternativa a la que Murakami quiere para su epitafio (“Al menos no caminó nunca”).

D.D.Z.

1988 – ¿?

Llegó a la meta.