Haruki Murakami, el sueño americano y un maratón

Texto libre. Escrito sin levantar el bolígrafo del papel.

Cirugia de rodilla

Tuve un loco profesor, en el sentido estricto de la palabra, que llamaba a Richard Feynman “el tocaculos por excelencia”. Razones no le faltaban, aunque deformadas por la visión que  tenía de la Física, la pureza de la vida y los estadounidenses.

El pasado domingo me acordé de él mientras caminaba, también en el sentido estricto de la palabra, por el kilómetro treinta y algo del Maratón de Madrid.  Me acordé de la calificación que lanzaba al bueno de Feynman y de cómo yo también tengo una injustificable manía a un escritor, Haruki Murakami. Para mí, Haruki Murakami es “el tocapelotas por excelencia”, un personaje que aparece frente a mí en momentos en los que si no he estoy mordiendo el polvo del suelo, poco me queda para hacerlo. Suele suceder en días en los que me acuerdo de los “triunfadores”, esos seres que han sido colocados en la tierra para joder al resto de mortales, los que intentamos caminar esquivando obstáculos, gente indeseable y retos que nos buscamos para escapar de la rutina.

Según Murakami, una noche, después de cerrar su bar de jazz, decidió ponerse a escribir. Nunca lo había hecho y por arte de magia parió prematuramente una novela que ganó un premio literario. Casualidades de la vida. A los pocos años ya era reconocido internacionalmente, por lo que pudo cerrar su bar.  No contento con su apretada agenda de literato, otro buen día comenzó a correr. Sí, se calzó las zapatillas, se puso un cronómetro y sin haber pisado el asfalto en su vida comenzó correr. Tenía treinta y algo de años. Murakami se jacta en “De qué hablo cuando hablo de correr” de no haber caminado nunca en una carrera. Tengo mis dudas. Entiendo que queda bien escribir que nunca has caminado en una carrera por eso de compararla con la vida, por eso de transmitir que por muy mal que vayan las cosas nunca hay que rendirse. Es una magnífica metáfora de la vida, aunque en la vida real las cosas no suelen ser tan épicas. Todos caminamos, incluso nos retiramos cuando unos pocos kilómetros nos separan del triunfo.

Feynman y Murakami tienen/tenían algo en común: su aparente facilidad para emprender nuevos desafíos. Eran los emprendedores del siglo pasado, los protagonistas del “American dream”, los estandartes del “si quieres puedes”… Sin quererlo podrían ser imagen de un sistema, el que vivimos, el que sufrimos.

Todo esto lo iba pensando yo mientras el frío se colaba entre mi ropa y la lluvia me mojaba la cara. Murakami podría haber transformado el dolor en triunfo, la decepción en lucha, el gris de las calles en arena de gladiadores. Murakami podría haber desaparecido de mi mente porque no es justo para mí ni para nadie que sólo su imagen, la de un desconocido, me acompañara durante tantos kilómetros. Al final, para olvidar el dolor, decidí pensar en una frase alternativa a la que Murakami quiere para su epitafio (“Al menos no caminó nunca”).

D.D.Z.

1988 – ¿?

Llegó a la meta.

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Escribiendo a favor

Texto libre. Escrito sin levantar el bolígrafo del papel.

Estamos perdidos en un desierto sin arena, en un mar sin agua, en mitad de ninguna parte y con una brújula que sin apuntar al norte se presenta como guía.

La soledad es la única compañera en este viaje. Nos vanagloriamos de ello como si el no poseer piernas fuera un regalo que sólo nosotros, afiliados a los restos de la postmodernidad, sufrimos. “Toda época pasada fue mejor”, nos repetimos, y al final acabamos por creernos semejante hez del sistema. “Así es la vida”, “esto es lo que toca vivir” y demás frases, donde el argumento brilla por su ausencia, nos encadenan a un conformismo intelectual donde la faz del desencanto se muestra como bella.

Los trenes van abarrotados de gente. No sé a dónde demonios se dirigen si su vida se quedó en casa. Supongo que el ser oveja también es un rasgo del que sentirse orgulloso. Después llegamos a casa y leemos que el Nobel de Literatura ha recaído en manos de un desconocido, tanto para lectores como para críticos. Pero pocos se atreven a decirlo, no vaya a ser que los cultos les tachen de incultos. Se ríen de nosotros y aplaudimos tras la mofa.

Cuando nos vemos obligados a cambiar de tren y pensamos que nada podía ir peor, descubrimos que hasta la soledad se ha fugado, y nosotros, ovejas del sistema, comenzamos a corretear de un lado para otro, escribiendo por aquí y por allá, dejando un despojo de intelecto en cada frase virtual. Llegamos a creernos algo en un mundo sin gente, donde los nadie hacen de guía y pocos pisan fuerte. Algunos echan de menos figuras del pasado aun sabiendo que aquéllas echaron de menos a otras de su pasado. La búsqueda del pasado en vez del futuro nos arrebata la poca dignidad que nos queda entre las manos. Muchos se miran esas manos y descubren que hasta ellas se convirtieron en cuadrados sin sentido.

Los despachos son cuadrados. Las aulas son cuadradas. Las conferencias son cuadradas. Los ponentes son cuadrados que pretenden pasar por esferas que ruedan. Así nos vamos amontonado unos encima de otros, sin dejar escapar a los que están más abajo que, quizá, quién sabe, tienen algo que decir más interesante que lo que escupen los de arriba. Desde abajo, aplastado por la inmensa mayoría, pienso que el Nobel no debería ser un premio sin regreso. Si por la boca del premiado empiezan a salir aberraciones que no representan la realidad de la vida (porque existe una objetividad que no entiende de neutralidad), ese premiado demuestra haber perdido una facultad inherente al escritor: interpretar la realidad con ojos de lince y no de topo.

Con ojos de topo – no por la ceguera sino por el sueño – leo que un pésimo libro supera en ventas a otro pésimo libro. Aplausos. Mientras esto sucede, los escritores miran para otro lado o se cuelgan bajo un puente, frustrados porque toda época pasada fue mejor. Así suceden los días mientras las grandes editoriales se pelean por colocar a su puta, gigoló o chapero en el mejor estante que su bolsillo les permita. La cuerda tendría mejor uso si se cambiase de cuello.

Todo pasa. Nada cambia, ni siquiera las cuerdas que penden de los puentes. Las noches son oscuras y los días brillan demasiado. Paso el abono por seis torniquetes distintos al día. A veces sumo alguno más porque el billete no entra por uno y tengo que colocarme en otro. Entonces es cuando descubro que el torniquete por el que iba a pasar está estropeado y una enorme cola espera poder pasar su billete por el único que funciona. Y así me paso el día, de tren en tren, de cola en cola y de palabra en palabra, leyendo donde puedo y escribiendo entradas para un blog que desconocidos de diferentes partes del mundo leen. No sé si me ponen cara, no sé si alguna vez han pensado la edad que tengo o a qué me dedico. No sé si alguna vez han dicho “menuda mierda, esto es la evidencia de que épocas pasadas fueron mejores”. Pues no sé si lo fueron y no me he parado a pensarlo. Mi mente anda ocupada intentando desvelar por qué en la biblioteca de mi barrio Mo Yan no existía y ahora hay lista de espera para leer sus novelas. Miento al asegurarlo pero pondría la mano en el fuego si alguien apostara lo contrario a lo dicho.

Después del viaje en tren nos morimos. Al final morimos. Unos antes y otros después; pero todos morimos. Nos meten en una caja o nos queman. La caja no es muy grande pero puedes elegir cómo la quieres antes de morir. El tipo de madera pasó a un segundo plano desde que se puso de moda poner luces que osan iluminar la tierra que rodea al ataúd. Creo que nadie ha pensado que ahí abajo no hay nada que iluminar, que bajo tierra la luz no se puede propagar. Abajo no hay nada, sólo tierra y piedras. Lo más triste es que luego colocan una lápida para indicar que tú estás enterrado ahí, pudriéndote junto a un grupo de desconocidos. En esa lápida tu familia puede poner lo que le venga en gana, y muchas mienten. ¡Qué más da!, al fin y al cabo la vida es una constante sucesión de mentiras que nos llevan a la muerte.

Yo coleccionaba esquelas. Al llegar a clase me daban un periódico grapado de dudosa fiabilidad. Me saltaba todas las páginas hasta dar con las únicas que no podían mentirme. Las esquelas que me interesaban las recortaba y me las guardaba. Al cabo de un tiempo me cansé, como todo el mundo que colecciona ese tipo de cosas. Luego me puse a trabajar y dejé de ir a esa clase en la que leía y recortaba a la muerte. No tuve más remedio que empezar a ir a otras clases con horario de tarde. Y así pasé un curso entero, yendo de un sitio para otro, pasando el abono por un montón de torniquetes que me conducían a lugares donde no quería perder mi tiempo. Pensaba que toda época pasada de mi vida había sido mejor.

Mo Yan se lleva, a parte de mucho dinero, el reconocimiento internacional. El tiempo pasará y sus pocas novelas serán olvidadas. Tendrá una tumba y una lápida en la que pondrá su nombre y algunas cosas más: Mo Yan, Premio Nobel de Literatura 2012, por ejemplo. Poca gente le irá a visitar tras su muerte. Se pudrirá como el resto, junto al resto y nada sabremos de la vida, la muerte y de épocas pasadas.

Escribiendo a la contra

Texto libre. Escrito sin levantar el bolígrafo del papel.

Me negué mil veces a dedicarte unas líneas torcidas desde que rompimos con lo establecido. No me escribas, me decías. No te escribo, ahora te digo.

Tanto ir a la contra, a la contra (¿-escritura?, demasiado arriesgado en estos terrenos), que al final caímos en lo mismo. Literatura, sin más. Machado ya lo explotó al máximo apoyándose en la muerte de su niña, Leonor. Late corazón…No todo/ se lo ha tragado la tierra, escribió cuando el ataúd de aquella niña estaba bajo tierra. No pretendo hacer una crítica a los pederastas, pero si Machado es un poeta y Bukowski un putero, a lo mejor sí que me mojo y pongo el punto sobre alguna i.  Bukowski derrochaba contra-amor porque el amor habitual ya había sido explotado durante siglos; era (es) una mina agotada. Que no te corresponde, que ha muerto, que tu vida está vacía porque él/ella no está…eso todos lo sabemos, lo palpamos y lo engullimos como podemos. Detrás de esas palabras se esconde el orgullo de la desgracia, de poseer el desencanto para escribir a la contra sin apenas percatarse de que el amor murió cuando Shakespeare lo diseccionó en “Romeo y Julieta”. Sí, hubo después algunos grandes que, rebuscando como podían en el yacimiento agotable del amor, sacaron algún diamante para lucir en nuestras librerías. Pero la cosa se agota. Es necesario mezclar el material puro con impurezas que lo modifiquen.

Dopando el amor llegó Pamuk a su estilo. Quizá demasiado autobiográfico, quizá no; pero no podemos negar que “El Museo de la Inocencia” es contra-escritura en estado puro. La obsesión se mezcla con el amor mientras lo prohibido se afinca en un piso de Estambul. Esos ingredientes y una trabajada prosa dieron como resultado la definición de contra-felicidad. Y eso es ir a la contra, concluir que la muerte de un amor no es, como muchos escribirían, la desgracia sobre la que crear un libro, sino la felicidad sobre la que levantar una de las mejores obras de los últimos años.

¿Qué me decís de Manuel Vincent y sus “Cuerpos sucesivos”? Música, maltrato y amor, mucho amor. Si no fuera porque ella tenía treinta y el sesenta, seguiría obviando la pederastia de Machado, pero es recordarlo para que regrese a mí otro fragmento de “Campos de Castilla”. ¿No ves, Leonor, los álamos del río/con sus ramajes yertos?/Mira el Moncayo azul y blanco; dame/tu mano y paseemos. Es que son versos insuperables. Ella ya había muerto cuando Machado se los dedicó. ¿No ves, Leonor, los álamos del río? Cruel como la vida misma.

Quizá escribir a la contra es hacer lo contrario a la escritura que se nos impone, buscar el talón de Aquiles de la literatura y golpearlo sin descanso. Eso lo hace Philip Roth cuando manda a uno de sus personajes lamer la sangre menstrual de una mujer. La escena sucede en un piso neoyorquino (bajo el título “El animal moribundo”, por si a alguna mente perversa le pica la curiosidad); y el hombre que lo hace, un profesor bastante mayor, dice haberse enamorado de una joven alumna… ¡Machado! Vuelves a nosotros como las nieves del Moncayo. Deléitanos con otro fragmento. Dice la esperanza: un día la veras/ si bien esperas.

Yo sigo esperando, de verdad, Machado, sigo esperando algo que no tengo muy claro qué es. ¿Todo está inventado? Rompamos entonces con todas las normas y escribamos al revés: otse a oreifer em oN. Me refiero a que es posible seguir dopando la escritura con elementos que, en un principio, pueden parecer opuestos. Hay escritores que lo hacen. Hay escritores que rompen con lo establecido para seguir construyendo ese largo camino que debe ser la literatura.

No nos merecemos más “Dickens”, ni “Shakespeares”, ni “Hugos”, ni “Tólstois”, ni “Kafkas”… Nos meremos este presente de malas hierbas. Arranquemos todas esas malas hierbas y sembremos sobre el terreno lo que nos venga en gana. Pero sembremos algo, no clonemos.

Las minas están agotadas. Así es esta vida, así es el tiempo que nos ha tocado vivir. Seguiré estancado en el pasado y preguntándome por qué vivo en este presente. Hay excepciones que me dicen que no pierda la esperanza, que aguante unos años más para ver si algún valiente recoge el testigo del suelo. Pues eso, esperemos…