¡Abajo las pantallas!

Había una época en la que los cuentos estaban impresos en papel. Era divertidísimo leer palabras que se quedaban quietas en vez de desplazarse.

Cuánto nos divertíamos. Isaac Asimov

Hace tres años, en un cambio de clase, compartí veinte minutos de pasillo con un compañero. No intercambiamos palabra alguna. Saqué un libro de mi mochila y él, para mi asombro, hizo lo mismo con su libro electrónico. Me hubiera encantado iniciar un duelo papel vs. pantalla aprovechando la soledad del pasillo, pero me senté en un banco y, en vez de leer, miré a mi compañero mientras reflexionaba sobre los libros electrónicos. Nunca le había visto cerca de un libro. Nunca. Pertenecía a un grupo de gente que sacaba mejores notas que yo pero que si le nombrabas a Bécquer lo mismo te corregía diciendo: «Es becquerelio, Diego, becquerelio». La cosa es que  sacó su libro electrónico y no levantó la mirada hasta que el profesor llegó. Yo, que me había posicionado en contra de los libros electrónicos, tuve que ceder por momentos ante la evidencia: habían conseguido que hasta los cuadriculados se dejaran llevar por la marea de las letras.  Mi gozo acabó en un pozo cuando durante la clase llegué a una conclusión: no era el libro lo que le atrapaba, era la pantalla.

A mí no se me ocurre leer un buen libro en una pantalla al igual que no se me pasa por la cabeza servirme la mejor de las comidas en un plato de plástico. Sí, la comida es la comida, da igual donde la sirvas, pero todos estamos de acuerdo en que las cosas saben mejor si son presentadas con gusto: no es lo mismo beber un buen vino en una copa de cristal que en un vaso de mini, como no es lo mismo cubrir la mesa con un bonito mantel que con hojas de periódico. En resumen: el soporte es importante.

La moda del libro electrónico ha venido para quedarse. Con la excusa de que es más cómodo y más económico (incluso algunos justifican su uso en que es más beneficioso para el medio ambiente) leer sobre pantalla que sobre papel, nos han metido sin fuerza otro artilugio más en nuestras vidas. Si piensas que con ordenador, móvil, tableta y mp3 vas servido, te equivocas, puedes llevar 100 gramos menos encima si te compras un libro electrónico. Es más, puedes llevar encima 3000 libros que nunca acabarás de leer.

Exceptuando a los lectores habituales que han caído en la moda de comer sobre plástico, muchos de los lectores de libros electrónicos no leen libros, miran pantallas. Les da igual qué orden lleven las letras porque la gracia ya no es ésa, sino el aparato en cuestión. Lo mismo un día te encuentras a uno leyendo Cincuenta sombras de Grey, como al cabo de unos días devorando la ahora típica Anna Karénina. La moda no es – que quede claro – leer, es tener un libro electrónico.

La tecnología tendría que hacernos la vida más fácil. En vez de eso, lo que está consiguiendo es complicarla y hacernos más dependientes. Primero llegaron los ordenadores y después los móviles. Nos resolvieron muchos problemas al tiempo que nos creaban dependencias absurdas. Nos acercaron entre nosotros y a la vez nos alejaron. ¿Acaso no estamos ahora más solos a pesar de comunicarnos constantemente con los de nuestro alrededor? Vivimos sumergidos en una falsa realidad de cercanías aunque en el fondo nunca habíamos estado tan solos. Las pantallas son nuestras únicas compañeras en este viaje.

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La Universidad Gutemberg de Maguncia en colaboración con la MVB (Marketing-und des Verlagsservice Buchhandels) realizó un estudio para obtener resultados acerca de las ventajas y desventajas de leer en pantalla, llegando a la conclusión de que apenas hay diferencias en la lectura, aunque sí en el tiempo dedicado al mismo texto. Si leemos en pantalla, el tiempo que tardamos en acabar un texto es menor que si lo hacemos sobre papel. Sacar conclusiones de este hecho es complicado porque son muchos los factores que intervienen. Aún así,  podríamos tener dos opciones:

  1. Asimilamos peor la información en pantalla puesto que le dedicamos menos tiempo al texto.
  2. Si asimilamos de igual manera, entonces la pantalla cansa menos al ojo, por lo que le permite avanzar más deprisa.

Esto se lo dejo al compañero G_A_Schwartz (estudioso del comportamiento humano, las Artes y la Ciencia) cuya entrada acerca de este mismo tema (El homo sapiens y el libro electrónico) fue fuente de inspiración para estas líneas. Yo, que tengo el conocimiento justo acerca del funcionamiento del cerebro, no pienso meterme en un túnel sin salida. Sólo diré (y basándome en mi experiencia personal) que el cerebro asimila mejor la información cuando está sobre papel. La razón es que el cerebro ubica conocimiento en lugares físicos. Si leemos sobre pantallas, el lugar para toda la información siempre será el mismo, por lo que su asimilación será menos duradera.

A pesar de la moda del libro electrónico, las estadísticas parecen contradecir la realidad. Según una encuesta realizada por el Ministerio de Cultura de España (Hábitos de Lectura y Compra de libros en España 2011) el 52,5% de la población lee en soporte digital, pero sólo el 6,8% lee libros de esta manera. Téngase en cuenta que han pasado dos años desde entonces y el boom del libro electrónico fue el año pasado.

Tendremos que esperar para ver en qué acaba esto. ¿Seguiremos bebiendo en copas de cristal o nos pasaremos al vaso de plástico? Por mí pueden desaparecer las pantallas inservibles; no me gusta que se me impongan necesidades. Así que ya sabes,  si quieres ahorrarte dinero, saca libros de la biblioteca; si quieres llevar menos peso, deja los auriculares de medio kilo en casa. Un buen libro no sólo es el contenido, es el papel, la encuadernación y la portada; es el tacto, el olor y el envejecimiento de sus hojas.

Distopía literaria

Hay otros mundos pero están en este.

Paul Éluard

El número de octubre de la revista Mercurio está dedicado a las geografías imaginarias, esos lugares que los escritores crean para ambientar sus novelas.  Hay lugares que no existen y otros que están inspirados en lugares reales, pero ambos grupos comparten el mismo denominador. Mi intención con esta entrada no es hablar de esos mundos imaginarios, sino de nuestro arriesgado acercamiento a uno de ellos.

Hace unos días, Philip Roth volvió a insistir en un tema que le preocupa: la pérdida del lector por culpa de las pantallas. Teníamos televisiones, también ordenadores, luego llegaron las videoconsolas y los móviles; y ahora sufrimos los Smartphone. Antes decíamos que el metro era un lugar de lectura –sobre todo a primera hora de la mañana – donde prácticamente todos los viajeros leían un periódico o un libro; la población leía, aunque fueran las lecturas imperantes. Hoy en día no nos queda nada de eso. Los vagones van atestados de gente que fija la mirada en una pantalla para comunicarse con otra gente que hace lo mismo en otro lugar cercano o lejano. El tiempo privado, cada vez más escaso, se ha perdido con la agresiva entrada de la tecnología.

Melancolía. Munch.

Parodiaba yo esta situación en una entrada del mes de agosto (Porno literario). La idea era desfigurar la realidad con el fin de crear un mundo imaginario que mantuviera la esencia del que observamos. Con ello quería poner sobre la mesa algo que yo entiendo como un problema: nuestro acercamiento como sociedad a mundos ficticios que siempre fueron entendidos como tales, no como modelos cercanos.

Las sociedades imaginarias ya estuvieron en la mente de muchos escritores, como Tomás Moro, Aldous Huxley, Ray Bradbury o George Orwell. Sin embargo, en vez de acercarnos al mundo utópico de Tomás Moro nos acercamos a los mundos más oscuros jamás creados, como el de Un mundo feliz o 1984. Parece como si la distopía se presentara más atractiva que la utopía, o quizá sea que es más fácil el camino hacia ella que hacia aquella. Supongo que todo el mundo coincidirá con estas palabras.

La pérdida del hábito de la lectura – no sólo ya en el tiempo libre sino también en los tiempos muertos (transporte y esperas) – nos acerca a una distopía literaria. Es difícil ver a alguien leyendo en el metro/autobús/tren (sin contar a los lectores electrónicos, esos que sólo leen en pantallas). Es tan difícil que el otro día me senté junto a tres personas que estaban leyendo un libro en papel y poco me faltó para comentar la situación. Las pantallas y el entretenimiento pasivo robaron a los libros su tiempo y su lugar, consiguiendo a su vez que la importancia del qué leer sea considerada como algo secundario frente al simple acto de leer.

Nos acercamos a una sociedad sin lectura, a una sociedad imaginaria descrita por Ray Bradbury en Fahrenheit 451. Seguro que la ausencia de libros nunca será por imposición, seguro que el oficio de bombero jamás será el de quemar libros, seguro que nunca tendremos que memorizar el que más nos guste para hacerlo pasar a la historia… Pero lo que sí es seguro es que la lectura seguirá envejeciendo conforme las nuevas tecnologías sigan ofreciendo un producto cada vez más novedoso, llamativo y absurdo. No sé si evolucionaremos hacia tiempos pasados o esta decadencia seguirá su curso. No sé si alguna vez decidiremos apagar algunos de nuestros aparatos para recuperar el tiempo privado que perdimos. Mientras, que cada uno mantenga su hoguera.

De vacas, rechazos y libros

No somos ni vacas pastando en un campo. Comemos lo que nos echan, con una capacidad de elección prácticamente nula.  No está mal que nuestra comida pase antes por un proceso de selección y, por tanto, que lo que deciden echarnos sea – a veces – de cierta calidad, pero: ¿en qué manos reside ese derecho a la selección?

No leemos lo que queremos, leemos lo que hay, lo que nos ofrecen los jueces de calidad. Nuestra capacidad de elección está muy limitada porque los que saben escogen qué debe leer una sociedad.

Soy consciente de la necesidad de una selección previa, pero: ¿hasta qué punto esa selección es la acertada? ¿Hasta qué punto los editores saben detectar una obra de calidad? y: ¿hasta qué punto el lector es capaz de valorar lo que tiene entre sus manos?

No soy el primero que reflexiona en torno a esas preguntas. Doris Lessing ya lo hizo en su momento, cuando tras finalizar su obra cumbre, El cuaderno dorado, mandó el manuscrito a su editor firmado con un pseudónimo. La triste aunque esperable respuesta, fue que ese libro no vería la luz a través de la editorial.  Quiero pensar que el editor se dejó llevar por la firma más que por el contenido, porque si no me temo que nuestras lecturas están en manos de tiranos del conocimiento, esos que piensan más en el dinero que en el desarrollo cultural.

También podemos remontarnos al caso de James Joyce y El Ulises. El matrimonio Woolf, teniendo el manuscrito en las manos, decidió no encargarse de la edición. ¿Por qué no lo hicieron? Porque a Virginia Woolf no le gustó la obra que posteriormente fue catalogada como la mejor novela del siglo XX en lengua inglesa. Su criterio, en ese caso, se sustentó en un gusto personal y no profesional. Grave error para un editor no desprenderse de la valoración subjetiva.

Otro buen ejemplo lo podemos encontrar en la reciente publicación de Claraboya, la novela póstuma de José Saramago. Esa novela no fue publicada en su día porque el editor (supongo que) tenía una razón bastante contundente: si encima de ese título no aparecía el nombre de un escritor consagrado la novela se vendería poco. Así de penosa es la realidad. Claraboya es una novela que está bien pero se queda muy lejos del Saramago al que estamos acostumbrados. Actualmente tiene valor porque podemos leer qué escribió Saramago décadas antes de consagrarse como escritor. Y si tengo que ser sincero, si esa novela no hubiese sido firmada por Saramago, dudo mucho que me hubiese tomado las molestias que me tomé para hacerme con un ejemplar en cuanto salió a la venta. Los lectores también estamos condicionados por la firma.

Quedaría una última pregunta por resolver: ¿somos los lectores buenos jueces a la hora de valorar un libro? Mi respuesta es rotunda. Pero esa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.

Días de fútbol

Fútbol, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Mi pecado, mi alma.

Dicen que Nerón mandaba matar a aquel que no aplaudiera lo suficiente durante uno de sus espectáculos. Lejos han quedado aquellos tiempos de circos romanos, esclavos, gladiadores, fieras y entretenimiento pasivo desde que se inició una estrategia de despiste que conocemos como panem et circenses, pan y circo. La expresión hace referencia al método que utilizan los gobiernos para adormecer a la población con espectáculos vacíos de contenido pero entretenidos, con diversiones que afloran los sentimientos más mundanos y condenan al espectador a ser esclavo de las luces, el sonido y el ambiente. Perder la identidad como persona, como individuo y convertirse en fragmento de masa es el objetivo. Abandonar la dura individualidad y pasar a formar parte de un grupo es el premio que obtiene el clásico espectador de la vida.

Hoy en día, el concepto de pan y circo engloba demasiados espectáculos, pero hay uno que sin duda se lleva la palma: el fútbol.

El fútbol era un deporte. Hoy es un show, un espectáculo, un circo por el que desfilan niñatos multimillonarios detrás de un balón mientras una masa desnuda sus pasiones a grito en boca. Ya no hay fieras que se enfrenten a hombres, ahora son hombres que se enfrentan a otros hombres, a veces con una ira que parece que defienden unos colores como si de un tesoro se tratara. Y el público grita, y el juego sucio domina en el campo, y los árbitros se enfrentan a los hombres transformados en fieras, y el público se pone en pie para defender lo que menos tendrían que defender.

Desde que el fútbol no es fútbol, los aficionados al show se han visto multiplicados exponencialmente. Nadie entiende por qué hay tantos aficionados al fútbol y no al baloncesto, waterpolo o balonmano, deportes mucho más dinámicos, deportivos y duros. La razón sólo se puede encontrar en lo externo al espectador, en el “es lo que echan por la tele”; y como es lo único que “echan por la tele” se crea una cadena de personas que ven lo que “echan por la tele” y amigos que se unen al eslabón de los anteriores. Así se crea un concepto de grupo dominante frente a otras alternativas deportivas. Conclusión: todo el mundo quiere pertenecer a dicho grupo porque es ahí donde se siente el calor de la afición, donde confluyen sentimientos, y la vida, por momentos, se escapa de sus ataduras.

Cuando algo dentro del sistema capitalista se convierte en fenómeno de masas, se convierte en instrumento de dominación. Si alguien piensa que exagero, sólo tiene que recordar el mundial de fútbol de 2010, cuando prácticamente la totalidad de la población española (le gustase o no le gustase el fútbol) celebró el triunfo de la selección española como si de una revolución se tratara (con lágrimas y disturbios incluidos). Yo no podía parar de sorprenderme por la cantidad de personas que veía con las mejillas pintadas de rojigualda y la bandera monárquica a modo de pareo o capa. Ese patriotismo barato, ese sentimiento de pertenencia a grupo, esos llantos de emoción, esos cánticos intimidatorios eran producto de la venta que habían hecho los grandes medios de difusión del evento deportivo. Conté que durante una semana no se dieron más noticias que las del mundial celebrado en un territorio africano rodeado de personas pudriéndose en la miseria y aficionados que se habían dejado su sueldo mileurista en viajar hasta Sudáfrica. No había más noticias porque no interesaba darlas; la masa ya estaba entretenida con el fútbol, y mejor que fuera así. Durante una semana no hubo estados delincuentes, ni sanguinarios terroristas que pusieran en jaque a los dueños de la paz, ni desastres naturales, ni violencia doméstica, ni muertos en carretera, ni incendios forestales…no, no había nada. El mundo era presentado como un territorio feliz para que pudiéramos salir a las calles – a cortar las calles (cosa que sienta muy mal cuando es por otras razones más lícitas) – y vivir aquel momento (para algunos) histórico.

Hay una parte de la afición que de verdad le gusta ese deporte, como hay gente a la que le gusta la petanca, el tiro con arco o el curling, pero la gran mayoría está ahí por la sensación que produce la pertenencia a la masa. Sin embargo, esa afición, pese a estar un paso por delante, se difumina entre la masa y es imposible distinguirla entre tanto garrulo, más cuando ni siquiera se hacen escuchar reivindicando el regreso del fútbol al campo del deporte. Asumen las reglas del juego (y no me refiero a las del fútbol) y se sientan como simples espectadores frente a una pantalla mientras el negocio y la dominación entran en sus casas, les abren la boca, y dejan que la baba caiga poco a poco…muy poco a poco.

Otro aspecto que detesto del fútbol es que la gran mayoría de los seguidores se aglutinen en torno a las dos grandes empresas: Real Madrid CF y FC Barcelona. Entiendo que un madrileño se sienta identificado con el Real Madrid, o que un catalán lo esté con el Barça, pero desde el momento en que esos equipos están constituidos por jugadores que han sido compramos como chaperos, pierde todo sentido apoyar a un equipo que representa a un territorio. Sería más lógico cambiar los nombres y hacer como en el ciclismo: los equipos llevan el nombre de la empresa que los patrocina. Sería lo justo y coherente. Al margen de nombres, es curioso que todo el mundo sea del Barça o del Madrid, justo los dos equipos que siempre ganan. Es como ver una película en la que sabes que va a ver un final feliz. Esto demuestra lo poco que la afición ama el fútbol. Muchas veces me pregunto: ¿alguien del Madrid/Barça seguiría siendo del Madrid/Barça si todos sus jugadores fueran sustituidos por otros muy malos? Sé que es llevar la situación de compra-venta de jugadores al extremo, pero cuando le haces esta pregunta a un aficionado se queda atascado. Si tu equipo deja de cosechar victorias y empieza a dejar de ser la empresa dominante, perderá protagonismo en los medios, por lo que el calor de la afición será mucho menor, la pertenencia a grupo insignificante, y el fútbol volvería al lugar del que vino, el deporte, con todo lo que ello conlleva. Si sucediese eso, la afición del equipo se reduciría al mínimo: a los que están ahí por pasión hacia un deporte y no por la satisfacción de ser siempre el ganador.

Esto sólo eran unas líneas de desahogo antes de que empiece la Eurocopa. Por suerte, me pillará muy lejos y no tendré que sufrir las dosis patéticas de patriotismo, garrulismo, manolismo y demás ismos. Con poca suerte perderá España. Lo celebraré.

Coltán: El saqueo del siglo XXI

Es de ingenuos pensar que los países gobiernan sus territorios y que el saqueo de recursos naturales es historia del pasado.  Cierto es que las formas se han visto modificadas para que el robo sea políticamente correcto y la población no se dé cuenta de ello pese a la existencia de organizaciones enmudecidas que pretenden informar.

El saqueo, palabra que me gusta especialmente por la fuerza y connotación que contiene, se produce en diferentes partes del mundo, pero hay una que sin duda llama más la atención. Me refiero a la República Democrática del Congo (RDC) y al robo constante de coltán al que se ve sometida diariamente.

¿Qué es y dónde se encuentra el coltán?

El coltán es un elemento compuesto por columbita y tantalio (la columbita es despreciable, lo que interesa es el tantalio). Es insertado prácticamente en todos los dispositivos electrónicos (móviles, ordenadores, GPS, satélites artificiales, televisiones, videoconsolas, naves espaciales…) debido a las buenas características que posee:

  • Gran conductividad (unas 80 veces la del cobre).
  • Ultrarrefractario (se funde cerca de los 30000C).
  • Buen capacitor.
  • Muy resistente a la corrosión.

Siendo un material tan escaso en el planeta, la RDC ha tenido la “mala” suerte de albergar el 81% de las reservas mundiales, convirtiéndose por ello en lugar de conflicto entre guerrillas, gobiernos y empresas que, ansiosos, luchan por dominar el preciado y escaso oro azul.

Un poco de historia

Comprender el pasado para entender el presente. No, esta vez no.

Se nos vende que los conflictos en la RDC, iniciados en 1998 y supuestamente finalizados en 2006, fueron/son – complicado utilizar  el verbo en pasado cuando a día de hoy siguen uniéndose víctimas a las más de 5 millones que asolaron el país en esos 8 años – debidos a conflictos étnicos. No obstante, el conflicto étnico que se nos ofrece como justificación a los millones de muertos es un cuento chino para bordear una dura realidad.

Retrocedamos a mediados de los años 90 y contemos la historia que es, la historia que fue, y, ahora sí, entendamos el presente.

En el año 1996, Ruanda y Uganda entran en territorio congoleño (con el pretexto de proteger a la población tutsi del Congo) desencadenando un conflicto entre distintos países africanos conocido como Segunda Guerra del Congo. Tras el alto al fuego en 1999, el Congo pasa por un periodo de transición que culmina en el año 2006, cuando se convocan las primeras elecciones libres y multipartidistas desde su independencia belga en 1960.

Para reactivar la economía, el país cede ante la oferta de China de explotar los yacimientos de coltán ofreciendo a la RDC el 30% de las ganancias. Debido a ello, todos los interesados en el coltán se pusieron en pie de guerra.

¿Qué sucede entonces en la actualidad? Que hay un conflicto en la RDC por hacerse con el control de los yacimientos de coltán.

 El viaje  del coltán

Los yacimientos de coltán se encuentran en la frontera de la RDC con Ruanda y Uganda. Allí, niños que rondan los 10 años, se introducen en los yacimientos de coltán y extraen el preciado material. Muchos de ellos mueren sepultados por desprendimientos, calculándose que por cada kg de coltán extraído mueren dos niños. Los afortunados que sobreviven a veces cobran, otras no, alrededor de 25 céntimos de dólar por día trabajado. Es decir, se trata de un caso de explotación infantil para obtener un material que darán uso sólo los países del “Primer Mundo”.

Existen dos formas de extraer el coltán y transportarlo hasta los países interesados en él. Las dos son sucias, aunque una es menos ilegal que otra.

La primera de ellas, la menos ilegal, es la que lleva a cabo Ruanda. Este país domina prácticamente todo el territorio del este de la RDC. Allí extraen el coltán y después lo transportan hasta su país, donde es tratado en la Somiwua (Sociedad Minera de Ruanda) para después exportarlo a EEUU, Alemania, Holanda, Bélgica y Kazajstán.

Sin embargo, el método más común de transporte de coltán es mediante el tráfico ilegal. Guerrillas luchan por la extracción de coltán como medio de subvención. No existe el conflicto entre grupos étnicos, sino guerra de guerrillas por hacerse con el poder de los yacimientos. Cuando consiguen el coltán, lo transportan mediante traficantes hasta ciudades como Bukavu. En esta ciudad, que vive del coltán, no hay bancos, no hay industria, no hay nada salvo “casas de coltán” y compañías de aviones. En un interesante documental francés, un periodista visita Bukavu y pregunta a uno de los muchos intermediarios de coltán que quién pone el precio; la respuesta es aplastante: “Los blancos. Vosotros, los que fabricáis los teléfonos”.

En Bukavu existen infinidad de empresas o almacenes (como el grupo LIVE) que compran el coltán a los traficantes en la misma ciudad. Después, lo venden a empresas europeas como la investigada TRAXIS (belga). Desde este tipo de empresas, el coltán es vendido al resto del mundo a precios muy altos en comparación con lo pagado por ello.

La cadena tiene tantos eslabones que las multinacionales ya no saben a quién están comprando (aunque Klaus Werner ha conseguido documentar la relación entre compañías multinacionales y el tráfico ilegal de coltán). Así, sorprende comprobar que grandes y conocidas multinacionales compran coltán a empresas “sucias”. Algunas de ellas son:

Alcatel, Compaq, Dell, Ericson, HP, IBM, Motorola, Nokia, Siemens, AMD, Epcos, Hitachi, Intel, Kemet, Nec, Sony, Bayer…

Problemas y ¿soluciones?

Los países con gran desarrollo tecnológico tienen una completa dependencia de los dispositivos electrónicos. La vida de sus ciudadanos está sujeta a las relaciones con los productos tecnológicos de tal forma que resulta imposible imaginar la vida sin ellos. Mientras un niño en la RDC extrae el coltán sin saber para qué se usará, un niño en el “Primer Mundo” disfruta jugando con una videoconsola que alberga en su interior algún gramo de coltán. Este contraste – no el único – nos lleva a una serie de preguntas: ¿Qué hacer con el coltán? ¿Es posible remplazarlo por otro elemento? ¿Podemos exigir un comercio justo? ¿Prescindimos de él?

El coltán es irreemplazable. Llegará un momento en que si no se encuentra otro elemento con características similares el desarrollo tecnológico entrará en crisis. Por otra parte, prescindir de él creo que es una salida absurda al conflicto, además de inviable. Quizá, lo más coherente, sería que las multinacionales, últimas beneficiarias del preciado material, controlasen el proceso de extracción y transporte. Sin embargo, optar por esta solución me parece algo más que utópico, puesto que las multinacionales, si por algo se caracterizan es por intentar obtener el mayor beneficio posible independientemente del daño causado. Son conscientes de la explotación infantil, del tráfico de coltán, de las muertes que acarrea el proceso y de la miseria en la que está sumida la RDC por ser el principal yacimiento del material.

Me gustaría saber qué sucedería si el coltán se encontrase en territorio no africano. Seguramente, el hipotético gobierno no dejaría que manos extranjeras tocasen los yacimientos, y menos que traficantes o guerrillas saliesen beneficiadas con la extracción. Los explotarían ellos y venderían el coltán obtenido a precios desorbitados.

El problema es que los países desarrollados siguen viendo a África como mina y no como continente con seres humanos. Somos así; el egoísmo nos ciega, el exceso de bienestar nos acomoda, y nunca nos preguntamos si sería más coherente, más humano, rebajar nuestro nivel de vida para que otros no vivan en la miseria.

¡Más madera! El problema energético y sus consecuencias

Desde que el ser humano descubrió el fuego (y con él la luz, el calor, también el poder) no ha parado de alimentar sus ansias por dominar la energía.  Ese ferviente deseo de dominación tuvo un punto de inflexión en los siglos XVIII y XIX con la Revolución Industrial. Los países de la Europa continental y Gran Bretaña a su cabeza mostraron una imagen de bienestar debido al crecimiento que se estaba produciendo.  Las fábricas trabajaban, producían a un ritmo vertiginoso mientras los obreros volvían a casa con las manos manchadas de carbón y los pulmones negros.  El mundo entero quería ser como Europa, vivir “a todo trapo”, consumir, comprar coches, iluminar sus casas; después llegaron los televisores, los aviones, los centros comerciales con sus aberrantes luces…el capitalismo tomaba como base para su subsistencia la energía. Desde entonces no hemos parado de crecer como si ese fuera el camino correcto. Encendemos un interruptor y por arte de magia la habitación se ilumina, calentamos nuestras casas con radiadores mientras vemos la televisión o utilizamos el ordenador. La energía fluye desde “la nada” hasta nuestros hogares de una forma tan rutinaria que hemos perdido la noción de valor.  Y no hablo sólo del valor de la energía, sino del valor natural que destruimos conforme consumimos los recursos del planeta. El 80% de la energía para cubrir las necesidades cotidianas se obtiene gracias al carbón, al petróleo y al gas natural. Su obtención no es tarea trivial, sino que conlleva destrucción y, en ocasiones, desastres naturales.

El consumo de energía no es “malo”, evidentemente, es necesario en tanto en cuanto hace la vida cotidiana más fácil y confortable. El problema surge en el exceso, en querer ir siempre a más como si los recursos para la obtención de energía fuesen inagotables (sin contar la luz solar, el viento…). Según la Agencia Internacional de la Energía (AIE) para el año 2030 la demanda energética se incrementará en un 50%. ¿De dónde saldrá esa energía?  Los recursos naturales que utilizamos actualmente son agotables, y las fuentes inagotables no pueden abastecer esa gran demanda. La única solución al problema, en mi opinión, es reducir el consumo energético y hacer una transición hacia las energías verdes, también llamadas renovables.

Francisco José Ynduráin (1940 -2008, catedrático de Física Teórica por la Universidad Autónoma de Madrid) expuso  en una charla (El problema energético: ¿podemos prescindir de la energía nuclear?) en la Universidad Complutense de Madrid que la energía nuclear es totalmente necesaria en nuestros días. Esa conclusión es cierta pero no por ello correcta. Si analizamos el problema aislado está claro que necesitamos esa fuente de energía, pero existen factores externos (como la reducción del consumo, la inversión en energías limpias…) que tirarían por tierra la conclusión a la que llegó el profesor Ynduráin. En mi opinión, una conclusión demasiado precipitada debido a que dio una charla sobre algo que no era su campo de investigación.

No podemos caminar cegados arrasando con todo a nuestro paso, utilizando aquello que se nos pone al alcance de la mano.  Tardamos 140 años en consumir nuestro primer billón de barriles de petróleo; el dato alarmante es que si seguimos creciendo así, el siguiente billón se consumirá en 30 años. ¿Dónde está el límite?  El estado de California en el año 2008 consumió más gasolina que cualquier país del mundo. China no para de poner luces y más luces para incitar el consumo y por tanto el crecimiento económico (la producción eléctrica se cuadruplicó entre los años 1990 y 2006).

El debate no existe porque la verdad – que son los datos – advierte del problema energético que tenemos y de las consecuencias del empleo de energía contaminante. Pero la solución sí que está al alcance de nuestra mano: reducir el consumo y apostar por energías renovables. Dinamarca, por ejemplo, apuesta por energías limpias y en el año 2050 tiene previsto ser el primer país del mundo en  ser suministrado únicamente con dichas energías.

La búsqueda de combustibles destruye territorios y vidas. Por ejemplo, en Kingston, Tennessee, en el año 2008 se rompió un muro de contención de un depósito de cenizas de carbón. La marea de lodo destruyó todo lo que se encontraba a su paso, desde cursos fluviales hasta viviendas. También de forma indirecta el tsunami que arrasó con la central nuclear de Fukushima puso en grave peligro a la población y a los trabajadores de la central. Por no mencionar el accidente de Chernóbil, o el desastre en una isla del Prince William Sound (Alaska) que contaminó 2000 kilómetros de costa, o el accidente del Prestige en Galicia…los accidentes y los desastres naturales se suceden unos a otros y parece tabú hablar de ello y plantear alternativas.

Así que así nos encontramos: buscando y rebuscando combustibles como los hermanos Marx en el Oeste buscaban madera. Encontramos madera y nos emocionamos pensando que así sucederá siglo tras siglo.

Los datos han sido recogidos del National Geographic “Edición especial- Energía”

Armamento nuclear: una historia de buenos y malos

Anticuado quedó Sun Tzu y su libro El arte de la guerra  cuando en los años cuarenta, en plena Segunda Guerra Mundial (1939-1945), un nuevo factor bélico entró en juego: el armamento nuclear.  La estrategia común en la guerra tuvo que ser suplantada por una nueva estrategia cuyo fin, lejos de ganar la guerra, consistía en evitarla.  Imaginemos a dos potencias mundiales poseedoras de armamento nuclear capaz de arrasar con un país entero; si esas dos potencias entran en conflicto no dudarían en utilizar su armamento más potente para ganar la guerra. Ese hecho tan evidente arrastraría a esas dos potencias a una situación conocida como todo o nada, es decir, una guerra nuclear con todas sus consecuencias hasta que se diese un bando vencedor.  Evidentemente, ningún país quiere entrar en guerra en igualdad de condiciones, y mucho menos si esa igualdad se da en el plano nuclear. Así que, los países poseedores de armamento nuclear se dedican a firmar tratados creados por ellos mismos para evitar que otros países puedan tener acceso al armamento nuclear.  Hablo del llamado club atómico.Con ese inofensivo nombre se hacen llamar las potencias que actualmente tienen derecho a tener y desarrollar armamento nuclear. Esas potencias son: EEUU, Rusia, Reino Unido, Francia y China. Y no sólo forman un club elitista que les da prestigio internacional y ventaja con respecto a otros países, sino que son los signatarios del Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP) firmado en 1968. Este tratado ha sido firmado por 188 países, 188 países que asumen su desigualdad con respecto al club atómico. Y es que ese tratado consiste ni más ni menos en permitir que cinco países puedan poseer armamento nuclear mientras el resto no. No soy partidario de que los países tengan armamento nuclear, pero soy más partidario de la igualdad entre estados que de la desigualdad.  Con ello no quiero decir que todos los países deberían tener acceso al armamento nuclear, sino que las potencias que forman el club atómico deberían dar un paso adelante y realizar un desarme con la posterior firma de un tratado de no rearme.  Pero eso nunca lo veremos, el poder es una fruta demasiado sabrosa como para tirarla a la basura.

Pese a la existencia de ese tratado, se pueden distinguir tres grupos de países con capacidad nuclear. En un primer grupo tendríamos al club atómico, Israel, India y Pakistán. Grupo con capacidad nuclear con aplicaciones militares. Un segundo grupo formado por doce países (Alemania, Bélgica, Canadá, España, Holanda, Italia, Japón, Suecia, Suiza, Sudáfrica – que tuvo bomba nuclear y la desmanteló – , Ucrania y Kazajstán) que tienen capacidad técnica para desarrollar un plan nuclear pero carecen de voluntad política para ello. Y un tercer grupo de nueve países (Argelia, Argentina, Australia, Bielorrusia, Brasil, Corea del Sur, Polonia, Taiwán e Irán) que tienen un programa nuclear y podrían llegar a tener armamento nuclear a corto o medio plazo si tomasen la decisión política

El interés de esta clasificación reside en que todos los países del segundo y tercer grupo han firmado el TNP y el Tratado de Prohibición Completa de Ensayos Nucleares (TPCE), pero los del primer grupo (excluyendo al club atómico) tienen armamento nuclear pese a no estar dentro del club. La razón, aunque burda y absurda, es que se han negado a firmar el TNP, así que pueden hacer lo que les venga en gana. Llegados a este punto no queda más que preguntarse: ¿para qué sirve el TNP y el TPCE si es posible no firmarlo para desarrollar un plan nuclear? ¿Qué beneficios tiene el firmarlo y por tanto someterse a cinco potencias? ¿Qué países pueden no firmarlo y tener armamento nuclear?

Los amiguismos, los favores, los “miro para otro lado”…están a la orden del día, pero sorprende que el Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA) no tome cartas en el asunto y regule de una vez por todas el armamento nuclear. Desconozco cuáles son los intereses que tiene la OIEA, o si por el contrario no tiene interés alguno pero el control es demasiado complicado. Es cierto que los países con material para el desarrollo de armamento nuclear son suministradores de dicho material, por lo que resulta complicado su control, además de existir los materiales de doble uso que pueden pasar desapercibidos en una revisión.

Logo de la IAEA-OIEA

Uno de los temores actuales es que caiga material para la fabricación de armamento nuclear en manos de grupos terroristas, pero ese miedo es infundado partiendo de la base que son los países con armamento nuclear los que venden dicho material. Es decir, que las potencias nucleares no quieren su proliferación  pero venden el material para su fabricación, muestran un discurso pacifista a la sociedad pero actúan de forma contraria. Parece ser que existen dos caras: la visible para la población y la oculta para gobernar. Si los estados están tan interesados en el desarme nuclear tan sólo tendrían que ceñirse al artículo VI del TNP que indica el desarme total del armamento nuclear. En ese caso, todos los países que han firmado el TNP estarían obligados por ley al desarme; tan sólo quedarían con armamento nuclear Israel, Pakistán e India, que no supondrían un problema puesto que por presión sería posible su desarme. Por otra parte, la existencia de grupos terroristas no es excusa para mantener arsenales nucleares porque, en el supuesto (y remoto) caso de un atentado terrorista con bombas nucleares, no se podría contestar con los mismos medios. Las razones son varias, pero la más evidente desde el punto de vista militar es la imposible localización geográfica de los terroristas. Por tanto, la conclusión a la que se puede llegar es que las potencias nucleares mantienen sus arsenales por una simple cuestión de primacía y prestigio a nivel mundial, además de por intereses económicos generados por la venta de material.

Los estados nucleares, al no haber cumplido el artículo VI del TNP (el de desarme nuclear), han perdido autoridad moral frente a los “proliferadores”. Hoy el TNP es interpretado en la práctica tomando como referencia la desconfianza hacia ciertos estados, y no el peligro inherente a la existencia de armas nucleares. Así, se ha perseguido a Irak, Irán y Corea del Norte, pero se tolera la proliferación de otros estados alegando que no son parte del TNP, como es el caso de Israel, India y Pakistán. Ante esta política incoherente, Corea del Norte decidió eliminar su firma del TNP porque está claro que es más práctico no firmarlo que firmarlo.

La historia es la de siempre: unos gobiernan el mundo, otros obedecen, los menos miran, y los amigos de los primeros campan a sus anchas. Los malos de la película son los países que deciden no jugar con las reglas de los poderosos.

Estamos perdidos mientras consintamos vivir en una paz ficticia sustentada por el miedo que ejercen los países  dominantes. Estaremos sumidos en la paz elegida por ellos, una paz que entiende de guerras preventivas e “intervenciones humanitarias”. Esa paz es la paz del miedo, que no es paz sino silencio…