Amor a cuatro patas

P. conoció a M. en el asilo, durante el lavado matutino al que eran sometidos los residentes. Era la primera vez que P. se enfrentaba al aseo de una anciana que, para ser sinceros, hacía muchos años que no era lavada con esmero y sacrificio. Tuvo que esforzarse mucho en la tarea para conseguir que M. se dejara tocar por unas manos desconocidas, pero en cuanto se ganó la confianza de la anciana, el lavado fue adquiriendo otra tonalidad.

–     Me gusta como lo haces – dijo la anciana cuando P. empezó a trabajar de    cintura para abajo.

–        Y a mí hacerlo – contestó el celador mientras frotaba con fuerza las partes más íntimas de M.

Cuando la tarea se dio por finalizada, los dos se despidieron como si allí nada hubiese sucedido, como si aquel aseo hubiese sido el más natural entre anciana y celador, entre vida y muerte.

Con el paso de los días, la hora del aseo se fue dilatando. M., sintiéndose más segura, permitía a P. concentrarse largo rato en lugares que sólo un hombre – ya bajo tierra – se había atrevido a acariciar.

Un día, P., después de quitar el pañal a M., realizó un gesto que apasionó a la anciana de estas líneas: se quitó los guantes para poder lavar el viejo cuerpo de M. con sus manos desnudas, piel con piel, mano con arruga. M. se sobrecogió cuando P., experto en lavados corporales, deslizó sus manos por su cuerpo desnudo al tiempo que exhalaba un frágil suspiro.

–        Nunca me habían lavado así – susurró M. al oído de P.

Después de ese susurro, P. se esforzó aún más en la tarea. Entre sudores, pañales usados, geles, medicinas y olores, P. realizó el mejor lavado del asilo, y así lo dijo M. durante la cena:

–        El nuevo me ha lavado de una manera… ¡qué manera!

Y un anciano que alcanzó a escuchar aquellas palabras, gritó que a él no le lavaba igual, que con asco le pasaba la esponja bajo el escroto.

Fue así cómo M. se enteró de que P. no sólo era su celador, sino el último amor correspondido antes de marchar a su nuevo hogar: una caja de dos por uno afincada en una bonita parcela.

–        Pronto me iré a vivir a otro lugar – dijo M. una mañana, interrumpiendo el íntimo lavado.

–        ¿A otro asilo? – preguntó P. con marcada preocupación.

–  No. Me iré con mi marido, al agujero que compró cuando todavía éramos jóvenes. En sueños me dice que es bonito, que hay sitio para otra persona, que lo pasaremos bien…

P., que en cuestiones de amor era algo novato, sintió aquellas palabras como un si de un sutil rechazo se tratara. Sacó su mano de la entrepierna de M. y con enfado juró que nunca más la volvería a lavar con la ternura que se merecía. Y añadió:

–     ¡Abandonarme después de todo lo que he hecho!

La pobre anciana, entristecida por las cortas miras de P., agarró su mano y la volvió a colocar en el lugar que le correspondía. Después le explicó el significado de sus palabras. P., tras escucharlas con atención, comenzó a llorar, teniendo que abandonar el cuerpo de M. a medio lavar.

Una mañana, P. no apareció en la habitación. M., inquieta, salió de la cama y fue en busca de su amado celador, al que no encontró. Ya de vuelta en la habitación, no pudo dejar de pensar en las manos grandes y fuertes de P., provocando que el deseo de ser lavada se incrementase. Los minutos pasaban, su olor corporal se evidenciaba y las ansias de lavado eran incontrolables. De repente, la puerta se abrió. Un hombre guapo, fuerte, vestido de blanco, con guantes de látex y una esponja chorreante en la mano, preguntó por M. “Soy yo”, contestó ella, con cierta timidez. Después, el hombre, que no era más que el nuevo encargado del aseo de M., la invitó a entrar al baño para limpiarla de arriba abajo y de abajo a arriba. M. aceptó.

–        ¿Dónde está el otro celador? – preguntó M. cuando ya estaba desnuda y preparada para que el apuesto caballero le frotase hasta el último rincón de su cuerpo.

–        Ayer falleció – contestó el nuevo celador aparentando un malestar que no sentía –. ¿Le conocía personalmente?

–        No.

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Relatos freudianos II: TOC

El silencio también es música

–          He llegado a mi límite. No puedo soportar el dolor de cabeza que me producen esas imágenes: vírgenes desnudas, santos deseándolas tocar, mujeres acariciando la figura de un cristo desnudo… no puedo, de verdad, ya no puedo más.  Me cuesta dar el sermón si en la primera fila se encuentra una mujer sujetándose la falda para que no sobrepase el nivel que impone la rodilla,  o alguna niña chupándose delicadamente un mechón de pelo. No puedo evitar desnudarlas con la mirada y desear que su mirada y la mía se crucen aunque sólo sea durante un segundo.

–          ¿Ha abusado de alguna mujer o niña?

–          No, por Dios que no. Sólo las observo, imagino situaciones que pasadas a la realidad podrían arrastrarme a la cárcel; pero no, nunca he abusado de ellas.

Silencio

–          Lo temo. Cuando no estoy excitado temo convertirme en un pedófilo. Me da pavor ser un pedófilo y que la gente me señale por la calle. Tengo una reputación que mantener en el barrio, ¿entiende? Pero una vez que el pensamiento viene a mí me resulta imposible desprenderme de él; y llega la angustia, y el pensamiento se instala por completo y se repite constantemente, una y otra vez hasta que…

–          ¿Por qué lo teme?

–          ¿A qué se refiere?

–          Si teme convertirse en algo, no tome el camino que le lleva hacia eso.

–          Cuando estoy excitado soy otra persona completamente diferente a la que está viendo. Hago… ¡haría lo que fuera por apagar el fuego que me devora por dentro! Si tengo que buscar en la imaginación el recuerdo de alguna niña, lo hago, sin ningún problema.

Silencio

–          Después me siento culpable y juro que será la última vez. Pero al día siguiente me vuelvo a convertir en ese otro que no puede dejar de pensar en lo mismo. Atrapado en un bucle sin salida, las imágenes y los pensamientos me persiguen.

Silencio

–          Me resulta imposible alejarme de ellos. Imposible. Es como si al aceptarlos la ansiedad cesase. Pero no, me arrastran a otros pensamientos que, cuando los recuerdo en un estado normal, me parecen totalmente absurdos.

Silencio

–  Lo más angustioso es que en ese momento observo a mi otro yo, el pervertido, y me repugna. Mataría a todo aquel que se comportara como lo hago yo en esas ocasiones. Si viera cómo busco la mirada de alguna niña, algún descuido en su falda, un solo gesto que pueda interpretar como obsceno…si lo viera no me dejaría ni tumbarme en este diván.

–          Si lo hago es porque usted es así.

–          Ya sabe a lo que me refiero. Soy cura, no puedo permitirme tener esos desvíos sexuales. Sería normal sentir una ligera atracción… ligera, tan sólo. Lo mío es o blanco o negro; o estoy en un estado normal, como ahora, o en un estado de excitación incontrolable, entonces las imágenes se suceden una detrás de otra, y busco el alivio y me toco en cualquier rincón de la iglesia mientras observo desde la penumbra a las mujeres pasar, a las niñas jugar…

Silencio

–          ¿Qué intenta mirar?

–          Nada.

–          No siga, me incomoda.

Relatos freudianos I: Narcisismo

Mataría por llenar la página de blanco. Sí, a mí me sucede al contrario, no puedo parar de escribir y de llenar folios y folios de historias que derrochan perfección y originalidad. ¡Qué le vamos a hacer! Me gusto, me encanto, me miro en el espejo y no puedo evitar besar ese reflejo. Acumulo caricias y me las entrego en la noche, cuando los imperfectos duermen y yo sigo despierto. No duermo, no como, no orino ni defeco.

¡Mirad mi cuerpo!…perfección. No hay persona ni escultura que se le asemeje. Escribo acerca de él y la página se estremece, se ruboriza y se dobla, como queriendo evitar mi prosa sensual. Agarro el lapicero, la pluma o el bolígrafo y los cuadernos de la casa me piden a gritos que les acaricie. Da igual lo que escriba; ellos son sumisos, aman mi tacto, se abren de par en par para que yo les dibuje un trazo. Después me suplican que la hoja manchada no quede olvidada.

Me paso el día entre reflejos y cuidados.  Peino mi pelo y después lo moldeo. Cultivo la mente y también el cuerpo; por eso el músculo presenta inteligencia, por eso el cerebro derrocha la fuerza.

¿Queréis tocarme? No podéis, mancharíais mi imagen tallada a base de esfuerzo. ¿Queréis imitarme? ¡No me hagáis reír! La perfección se encuentra muy lejos, demasiado lejos de vuestros ojos ciegos.

Ni uno de vosotros podría llegar al estadio desde el que os observo. Me duele el cuello de caminar con la cabeza gacha por intentar ver el mundo desde la perspectiva de los inferiores. Y no miréis hacia otro lado, ¡no! Vosotros tenéis que adularme para buscar mi perdón, ese perdón que buscáis por haber osado caminar bajo mi sombra. Pero no os vayáis malditos…no os vayáis porque mi persona no tendría con quién compararse, y no sería más que un ser perfecto perdido en un mundo individual, es decir, uno más de un montón llamado yo.

El otro día me encontraba disfrutando de mi mano mientras llenaba folios y folios de palabras. Me deleitaba viendo el fluir de mi escritura, con sus formas redondeadas, sus esquinas afiladas y sus silencios en forma de círculo. De repente, una sensación de malestar abdominal fue dominando mi cuerpo hasta acabar enredada en mi garganta. ¿Quién soy?, me pregunté. Esa pregunta desenvolvió el nudo de la garganta y me hizo detener mi escritura. Entonces escribí, ¿Quién soy? Y las palabras dejaron de fluir porque no había respuesta a mi pregunta. Yo, la perfección personificada, dudé durante varios segundos antes de seguir llenando el papel con bellísimas palabras surgidas de mi modélica mano. Olvidé esa pregunta y seguí escribiendo durante horas. Más tarde relajé los párpados y la pregunta volvió a mí. Esa vez no tardé en contestarla. Y a pesar de todo, sigo ansiando una página en blanco que me haga cuestionarme otra vez qué soy, a dónde voy y por qué no puedo dejar de crear esos folios que nadie lee pero que son la perfección transformada en palabra.

Porno literario

Añoro esos tiempos en los que nos sentábamos a la mesa mientras alguien leía la nueva entrega de “David Copperfield”. ¡Calla!, que no oigo la tele.

Millones de personas a la misma hora se sientan delante de un aparato que proyecta imágenes sobre la retina de un espectador. Familias enteras – que no se han visto en todo el día – mantienen un inquietante silencio mientras escuchan con atención a un desconocido hablar desde ese aparato. Cuando la cena ha sido engullida, los viejos se sientan en un sillón y siguen mirando la caja. Los más jóvenes se esconden en sus madrigueras y encienden diversos aparatos encargados de ponerles en contacto con gente que también posee esos aparatos. El mundo está conectado a la vez que desconectado. Ellos son felices, se emocionan cuando su interlocutor les envía un emoticono. Los sentimientos han sido empaquetados. Les gusta.

Al día siguiente la familia sale de casa. Los mayores marchan en coche escuchando la radio en silencio, porque son educados y saben que mientras uno habla el resto calla. Los jóvenes viajan en metro enganchados a un aparato que, a las 7 a.m, les sigue manteniendo en contacto con personas que van a ver en pocos minutos. Les miro. Levanto la mirada por encima de mi libro (no electrónico, porque soy gilipollas y sigo pensando que existe un vínculo entre el papel y el lector) y escupo al primero que tengo delante. Con ligereza, el ser escupido se limpia la saliva que ha ido a parar a sus labios. Después me pide mi número de móvil. Se lo doy. Al cabo de unos segundos recibo un sms del ser escupido que dice: “ijo d la grn puta”. Como no tengo saldo, no me queda más opción que tirarle mi ejemplar de “Guerra y Paz” a la cabeza. El ser escupido se asusta. Tira de la palanca de emergencia. Las puertas se abren. Él huye y yo me río.

Cuando llego a mi lugar de destino, un compañero me dice que he sido TT en Twitter con el hashtag #hijodePutadelmetro. Al parecer, algún cibernauta ha grabado la escena del metro y la ha subido al youtube. Estoy siendo sometido a un juicio virtual.

El gobierno, presionado por la repercusión mediática que está teniendo mi arrebato subterráneo, ha decidido censurar el libro “Guerra y Paz” por incitar a la violencia. Todas las librerías de la ciudad lo están quemando. La población, asustada, busca en sus estanterías un maldito ejemplar de “Guerra y Paz” para tirarlo a la basura.

Por la tarde soy detenido, llevado a comisaría, encerrado en un calabozo y dejado en libertad sin cargos al cabo de dos días. Salgo de la comisaría. Camino. Llego a una librería y pido un ejemplar de “Guerra y Paz”. El empleado me informa que ese libro ha sido censurado por orden del gobierno. Le pido cualquier otro libro. Me dice que no hay libros, que han quemado todos. Le digo que estoy en una librería, que tiene que tener algo, aunque sea la mierda laminada de Dan Brown. No, no hay libros, me dice. ¿Qué tiene?, pregunto. Me contesta que porno literario. ¿Qué es eso?, pregunto sin ocultar mi ignorancia. El empleado saca una caja parecida a un televisor. Me invita a meter la cabeza en ese cubículo. Cuando la tengo dentro, el empleado pulsa un botón. “On”. Imágenes estridentes me golpean la cabeza durante unos minutos. Cuando no puedo más, saco la cabeza y le digo que ha sido espectacular. ¿Te ha gustado?, me pregunta. Ya lo creo, le digo, he  disfrutado de todas las sensaciones que me transmite una novela en un par de minutos. Compro ese trasto y me lo llevo bajo el brazo. Cuando llego a casa lo tiro por la ventana. Acto seguido cojo un libro de mi estantería. Se llama “Fahrenheit 451”. Dicen que es ciencia ficción.

Relato in vitro

Ayer morí. No fue gran cosa. Vinieron a despedirse unos desconocidos que adoraban mi obra como escritor. No sé cómo es posible si ni siquiera yo la entendí mientras estaba en vida.  La cosa es que me convertí en un fenómeno de masas y no había quien levantara el freno de mano a mi trayectoria como escritor. Sin darme cuenta, ya estaba en la cumbre saboreando unos placeres que desde mi antiguo apartamento a las afueras de la ciudad no habría podido ni imaginar.

Yo era un don nadie, un peón de la más baja estirpe de fracasados, un pelele que vagaba por las calles intentando alcanzar ese sueño que muchos de mi generación quisieron rozar: sobrevivir a la crisis de un sistema que desde su creación estaba condenado al fracaso. Nuestro fracaso social era reflejo del fracaso económico del sistema.  Y así estábamos, vagando por las calles, de bar en bar, buscando algo que nos sacase de la cuneta en la que nos encontrábamos.  Algunos encontraron la salvación en el fondo de una botella; otros, en el impacto contra el suelo desde un puente; los menos, siguieron la corriente y encontraron un salvavidas antes de hundirse; y yo, escribí un libro en blanco.

Llevaba semanas sin escribir un relato. No es que fuera mi sustento económico, pero ganar un premio cada dos meses me aliviaba las heridas de las manos que, de tanto trabajar, se estaban extendiendo por mi cuerpo hasta deformarlo considerablemente. Como decía, llevaba varias semanas sin escribir ni una sola línea y la ansiedad me estaba empezando a corroer por dentro. Quería escribir y no sabía cómo empezar un nuevo relato. Me empecé a obsesionar con la idea de que mi talento – si es que alguna vez lo tuve – se había esfumado de la noche a la mañana. Ya no tenía más opción que dejarme caer con el resto y, con suerte, rebotar en el fondo con el nacer de un nuevo sistema.

Una noche, cuando volví del trabajo, me senté frente a mi mayor temor diario: el papel en blanco. Prometí que aquella noche sería la última. Si no salía nada lo dejaba; tiraría los papeles a la basura y asumiría mi condición de esclavo. Pasadas unas horas, el papel siguió en blanco y yo frente a él. ¿Qué me había pasado? Me encontraba tan vacío que ni una sola palabra resbalaba por mi bolígrafo. Medité durante unos minutos y decidí – quién sabe por qué – enviar aquel papel en blanco a un concurso. Las razones no las encontré ni en su día ni hoy, y no es objeto de esta carta post mortem aclarar lo sucedido aquella noche.

Pasados unos meses, cuando ya me había olvidado de aquella página en blanco y del concurso, recibí una llamada telefónica. “Ha ganado el concurso. Es la mejor obra que hemos recibido nunca. Esa página muestra el vacío en el que está inmersa la sociedad” me dijeron, entre otros halagos. Así que, al cabo de unos días, recibí el premio más prestigioso del país.  Editaron mi relato y fueron vendidas miles de copias la primera semana. Decenas de miles la segunda. Cientos de miles el primer mes. Los “lectores”, arrastrados por la desesperanza, encontraban en mi página en blanco el reflejo de sus vidas. Eran felices descubriendo que su vacío se había materializado. Yo callé, no dije nada ni declaré ante los medios. Una página en blanco me parecía el peor relato jamás escrito. Era un insulto a la Literatura y a todos los escritores que, con sudor y sacrificio, habían sacado a la luz las obras que después muchos leímos con cierta envidia. Ahora yo había vendido en un par de meses más que cualquiera de ellos. Me avergoncé.

Cuando tomé contacto con las editoriales y comprendí cómo funcionaba el juego de la venta de libros, decidí escribir mi primera novela. Fueron 456 páginas en blanco. La acogida, como era de esperar, fue grandiosa. Me convertí en el escritor más vendido de la historia. Prácticamente en cada hogar había un ejemplar de mi primera novela. No tenía título, ni portada. Sólo aparecía mi nombre en la primera página.

Después llegaron más novelas, todas en blanco aunque variando el número de páginas. Años más tarde escribí una saga de veinte tomos blancos que me catapultaron a la fama mundial. Me convertí en el icono de toda una generación y los escritores noveles intentaban imitarme sin éxito (sus páginas en blanco no transmitían lo mismo que las mías). Después llegó la lluvia de dinero, la prensa rosa, las mansiones y los excesos. Viví los mejores años de mi vida ignorando que aquellas páginas en blanco no eran más que la esencia de mi vida y la del resto de personas que me rodeaban. Vacío. Vacío era lo que teníamos y a lo que aspirábamos. Ya no nos quedaban los sueños que en su día intentaron llenarlo, sino la simple aceptación del fracaso.

Una noche de invierno, después de acabar la novela en la que estaba trabajando (una historia en blanco de 210 páginas), salí a la calle para que me diera un poco de aire fresco. Llevaba horas eligiendo un blanco para las páginas y necesitaba fumarme un cigarrillo antes de irme a dormir. De repente, mi mirada se posó en una silueta. Estaba apoyada bajo una farola y, a juzgar por la orientación de su cabeza, no me quitaba el ojo de encima. Supuse que era un admirador que había descubierto mi lugar de residencia, así que no le di más importancia y me di la vuelta. Cuando prendí el cigarrillo, escuché unos pasos rápidos cerca de mí. No me dio tiempo a girarme cuando ya tenía un cuchillo clavado en la espalda. Caí al suelo. Lo último que sentí fue el roce de unas páginas en blanco sobre mi cara. Aquel extraño individuo había lanzado hojas blancas sobre mi cuerpo a punto de morir. Antes de cerrar los ojos, un agradable pensamiento vino a mí: aquella persona era la única que había entendido mi obra.

Sófocles nunca lo dijo

¿Qué culpa tengo yo de haberme enamorado de mi madre? Cuando era pequeño, me deslizaba por el sofá hasta llegar a su regazo; allí me amoldaba entre sus brazos y su pecho. En ese territorio, nuestro territorio, un cosquilleo abdominal  me hacía entornar los ojos y sumergirme en húmedos pensamientos mientras ella fumaba un cigarrillo tras otro. Aún recuerdo el olor a tabaco y sudor de su sujetador, y las caricias que me hacía en el pelo a ritmo de Autumn Leaves en Somethin’Else. Si la vida tuviese una banda sonora, la de mi niñez sería la de ese maravilloso disco que escuchábamos tumbados las noches de verano mientras mi padre mataba la vida a tragos en el bar de abajo. Cuando regresaba, nos encontraba abrazados en el sofá del salón, dormidos  y con una mueca de felicidad que le enfurecía. La aguja ya se había levantado del vinilo y la brisa veraniega enfriaba nuestros sudorosos cuerpos. Con violencia me arrastraba hasta mi habitación y me encerraba con llave. Luego se llevaba a mi madre a la cama, donde un nuevo tema cargaba el ambiente de la casa: gritos, gemidos, violencia y sonidos que yo no sabía interpretar. Esos veranos se fueron sucediendo interrumpidos por fríos inviernos en los que extrañaba la suave textura de sus pechos. Menos mal que descubrí que el deseo se podía apagar en pocos minutos si me imaginaba esos veranos al tiempo que incursionaba en íntimos lugares.

A lo largo de los años siguientes, conocí a chicas que hubieran desmontado hasta al más duro de los hombres, pero era acercarme a ellas y huir inmediatamente hasta los brazos de mi madre, con sus pechos cada vez más caídos, sus arrugas más marcadas, y sus canas que la dotaban de un atractivo irresistible.

Un día regresé a casa de madrugada. Había perdido la virginidad entre dos cubos de basura con una prostituta que me recordó a mi madre. La experiencia había sido pésima, así que llegué caliente a casa y con ganas de estrujar los grandes y maduros pechos de mi madre. Fui hasta su habitación pensando que ella dormiría mientras mi padre bebía en el bar, pero mi sorpresa fue nefasta al descubrirlos desnudos empapados en sudor, gritando y moviéndose como auténticos animales.

–¡Vete de aquí! – gritó mi padre, y siguió moviendo la cadera violentamente mientras mi madre le clavaba las uñas en la espalda.

Al comprobar que me había quedado paralizado frente a ellos, mi padre salió de entre las piernas de mi madre y se acercó hasta mí. Su pene palpitaba como un corazón; su respiración era rápida y profunda; el sudor convertía el enredado vello en finos y brillantes filamentos. ¡Nauseabundo!

Salí de la habitación tras un fuerte portazo. Permanecí sentado con la espalda apoyada en la puerta. Mi padre dijo algo y volvió a la carga. La escena duró unos minutos más y luego el silencio se hizo en toda la casa. Por mi mente no paraban de sucederse imágenes de la prostituta, de los pechos de mi madre, de mi padre entre sus piernas, y de cómo las uñas de mi madre se incrustaban en la espalda peluda de mi padre conforme aumentaba su placer. Yo no podía darle eso mientras mi padre existiera. Permanecí unas horas en la penumbra del pasillo esperando a que mis padres durmieran. Cuando los primeros tonos anaranjados entraron por las ventanas, entré sigilosamente en la habitación. Allí estaba mi padre, totalmente desnudo y con las piernas abiertas. Cogí una almohada y se la puse suavemente en la cara; rápidamente le golpeé en los testículos y apreté con todas mis fuerzas la almohada. Al cabo de un minuto la levanté y pude deleitarme observando a mi padre con la lengua fuera y los ojos casi fuera de las órbitas. Le hice a un lado y me metí en la cama con mi madre. La abracé suavemente y ella, ignorando lo que había sucedido, me devolvió el cariño.

Mañana se acaba el mundo

La noticia fue anunciada a bombo y platillo, en primera página en los periódicos y como única noticia en los telediarios.

“Mañana se acaba el mundo”

Una afirmación que no dejaba lugar a dudas de comprensión o arrepentimientos lingüísticos. “Mañana se acaba el mundo” Tal cual, como se lee y se entiende.

Lo normal hubiera sido ver a científicos tomando los platós de televisión para analizar en detalle aquel evento único en la Historia; sin embargo, lejos de someter a la población a una instrucción profunda en el tema, los medios de comunicación decidieron dotar a la noticia de un tinte menos técnico. Acostumbrado como estaba el pueblo a una información rigurosa, neutral y contrastada, la noticia sensacionalista caló tan hondo que en pocos minutos el servicio de urgencias se colapsó: ataques cardíacos, suicidios, bromas telefónicas, accidentes de tráfico, atropellos, y un largo etcétera de acontecimientos pre apocalípticos. No tardaron en salir a las calles los iluminados para transmitir a la población sus extensos saberes acerca del apocalipsis; y, por supuesto, no tardaron en reunir a centenares de adeptos a sus palabras que, escuchando atentamente la voz del locutor, miraban al cielo y suplicaban piedad a aquel que estuviera preparando semejante broma de mal gusto. Entre esos adeptos, se encontraba un hombre esférico, de esos que miden lo mismo de ancho que de alto, sin pelo en la coronilla, bigote poblado y dedos rechonchos. Le acompañaba una mujer similar a él sólo que con pelo en la coronilla y más pequeña, aunque manteniendo las proporciones esféricas. Escuchaban muy atentamente las palabras del experto en apocalipsis cuando la desazón  pudo con ellos.

–          Llega tarde – dijo el hombre. Y miró el reloj – me está entrando el hambre.

–          ¿El qué? – preguntó la mujer sin hacer mucho aprecio a las palabras del marido.

–          Esa cosa…el apocalipsis. Son las una y me se está jodiendo el día con eso. Que si mañana se acaba el mundo… ¿y qué coño? Como si se acaba hoy. Para lo que estamos.

La mujer guardó silencio mientras su marido se quejaba de la hora en la que llegaba el fin del mundo. Le conocía suficientemente bien como para saber que era mejor no inmiscuirse en las tarugas reflexiones de su marido. Él, sin importarle la ausencia de receptor, siguió a lo suyo:

–          Toda una vida malviviendo y ahora vienen con el puto apocalipsis. No los creo. Asín lo digo: no los creo. Serán los políticos, que siempre están jodiéndonos. Es un invento suyo pa después cobrarnos algo más en los impuestos. No sé, un impuesto contra el apocalipsis. Lo que dice este hombre: el apocalipsis nos lo hemos buscado. Ahí está, mañana será. Que venga, a ver si se atreve.

Ese sin sentido se prolongó durante el corto viaje que separaba el espectáculo de su casa (apenas cruzar la calle y caminar durante un minuto). En la casa el monólogo masculino continuó mientras la mujer, como si a ella eso del apocalipsis le importara poco, cocinaba en silencio en la cocina.

–          ¿Qué pasa? – gritó el hombre desde el salón.

–          Nada – contestó la mujer.

–          Como no dices ná no sé si es que pasa algo. ¿El apocalipsis?

–          Me da igual.

–          ¿Cómo que te da igual?

–          Llevo tantos años haciendo lo mismo que ya estoy cansada de todo. Si se acaba se acabó, sin más.

–          Eso digo yo.

La conversación quedó zanjada en ese punto y la comida transcurrió sin apenas intercambio verbal. Después, la mujer recogió la mesa y el hombre se bajó al bar, al igual que todos y cada uno de los días desde su jubilación.

Allí se encontró con sus compañeros de bar de siempre y se tomó unos cuantos vinos hasta que un cura se atrevió a cruzar la línea que separaba la claridad de la calle con la oscuridad del local. Todos se giraron y observaron a ese extraño personaje parado bajo el cerco de la puerta. Miró a los presentesy saludó con la mano.

–          ¿Este quién es? – susurró uno de los presentes al dueño del bar.

–          Ni idea… – respondió. Después dirigió su mirada al cura y le preguntó: ¿qué va a ser?

–          Un gin-tonic. Bien cargadito, por favor.

–          A sus órdenes, padre.

El mismo hombre que preguntó al dueño que quién era el cura, se arrimó a este último y, tras un seco codazo, le preguntó:

–          ¿Se ha enterado de lo del apocalipsis?

–          Sí. Aunque tengo que decirle – y se separó un poco del hombre – que no es exactamente el Apocalipsis. Se dice que el mundo va a acabar.

–          Yo he oído apocalipsis. Eso dicen las noticias y eso dicen los tíos que gritan en las calles.

–          El Apocalipsis es algo más complejo, amigo. Mañana se acabará el mundo y ya está.

El dueño interrumpió para servirle el gin-tonic y el cura dio un gran sorbo.

–          ¿Y está preocupado?

–          Para nada – contestó fríamente. Después se mojó los labios con la copa y dijo: – no tengo nada que temer, he obrado bien y Dios me salvará.

–          Oiga que yo también he obrado bien.

–          Entonces no tiene de qué preocuparse. Mañana se salvará.

El hombre se alejó y siguió con la cabeza entre los brazos. Aquella gente, a diferencia de la mayoría de la población, se sentía ajena a la noticia dada por televisión. Su vida era el bar, sus cartas, su dominó, sus chatos de vino y cañas, sus amigos de borrachera y poco más. Sin embargo, la presencia del cura, y en especial la expresión de su cara, disminuía el nivel de evasión del ambiente. Estaba concentrado en su copa, en los tragos que daba, y su mirada no se movía de la superficie líquida del vaso. Escrutaba el movimiento, se preguntaba acerca del mañana, del supuesto apocalipsis que él no creía por no querer asumir del todo su creencia. Era en esos momentos donde su fe estaba siendo evaluada y él lamentaba no estar a la altura de las circunstancias. Había fracasado como creyente, como voz de la fe, como siervo de Dios… La angustia que ello le producía sólo podía ser aliviada con el alcohol que se perdía por su cuerpo. Bebió el último trago y tras lanzar unas cuentas monedas a la barra se marchó sin despedirse. Caminó deprisa por las calles de la ciudad bajo un sol ardiente. La luz se reflejaba en las paredes blancas de los edificios provocando una dañina luminosidad. Los saqueos a las tiendas ya habían comenzado, los iluminados se alzaban entre sus seguidores en cualquier esquina, los desesperados se lanzaban desde las azoteas de los edificios y los transeúntes ya ni se inmutaban, es más, les robaban todo lo que llevaban encima. El cura caminaba cegado por el sol y aterrado por la falta de humanidad que estaba demostrando el ser humano en aquella situación. Él confiaba en el mañana, en la providencia, en la persona que le había guiado durante todos esos años, pero: ¿Qué quedaba ahora? ¿El fin del mundo? ¿Así, sin más? ¿Se encontraría cara a cara con Dios? ¿Cómo iba a explicar la cantidad de desgracias que habían sucedido en aquel día previo al fin? ¿Son los castigados, los que nos persiguieron? Su caminar se prolongó hasta bien avanzada la tarde.

Cuando ya se encontraba a las afueras de la ciudad, el entorno cambió drásticamente. Los pisos de fachada blanca, los parques y las aceras impolutas, se transformaron en pisos de ladrillo ennegrecido, plazas oscuras y callejones sin salida aparente. Por uno de esos callejones el cura se introdujo buscando quién sabe qué: la esperanza, el fin, la respuesta a todas las preguntas que golpeaban su cabeza, la salvación… Avanzó por el callejón hasta salir de él y encontrarse, a escasos metros, la puerta de una vieja iglesia. Alzó la vista y miró el campanario. Después miró al cielo y se puso las manos en la cara. Ahora que había llegado el final, la prueba de fuego, no quería que se acabara la vida. El más allá no le importaba. Quería seguir disfrutando de una vida terrenal basada en la felicidad producida por la seguridad de otra vida. El deseo por la permanencia de la vida presente era tan fuerte que le empujó a tirarse al suelo y suplicar piedad frente a las puertas de la iglesia. Lloraba porque creía en algo que ahora no quería creer. Se derrumbó.

Transcurrió poco tiempo hasta que un joven pasó por allí y se encontró al cura tirado en el suelo. Le movió suavemente el brazo y el cura despertó. En cuanto vio al joven se sintió avergonzado por la causa que le había llevado a desmayarse y, sin dar las gracias, se escapó corriendo del lugar poseído por una locura que acabaría por llevarle hasta la barandilla de un puente cercano. El joven se quedó extrañado por el comportamiento del cura y siguió su camino como si nada hubiese pasado. Había tenido un día duro, por lo que su mente todavía no se había dejado llevar por la noticia del día. Sin embargo, al toparse con al cura desmayado enfrente de la iglesia, la noticia empezó a cobrar importancia en su vida. Así que es verdad, pensó. Ya no hay razones por las que vivir, susurró al aire.

Mañana todo sería olvidado, derrumbado por una causa que nadie conocía ni se había molestado en conocer. La sociedad estaba viviendo sus últimas horas, y en vez de seguir con una vida normal (acto que indicaría la satisfacción con la vida que se estaba llevando) se estaba arrastrando hacia un comportamiento desesperado o pasivo.

El joven siguió caminando angustiado por la aceptación de la trágica noticia del fin del mundo. No podía creer que de un día para otro todo lo creado sería destruido. Todo acabaría en ceniza, en pedazos, o qué sabía él, simplemente todo acabaría, sin más, sin explicación alguna y en poco tiempo. En vez de entristecerse por la vida de las personas, lo hizo por la cultura creada durante miles de años. Se avergonzó por ello, por considerar su vida un grano de arena en un desierto, por no valorarse lo suficiente como para sacar su lado más egoísta y pensar únicamente en el fin de su vida. No tenía nada que perder porque nada tenía. Su vida había estado anclada a unos raíles que le llevaban a algún sitio que desconocía, ahora sabía cuál era.

La oscuridad se hizo cuando llegó a su casa, un lugar anclado a los límites de la ciudad, a un extrarradio gris, contaminado y sucio. Había cuerpos muertos en las aceras, en el portal de su casa e incluso por las escaleras. La desesperación había lanzado a decenas de personas al vacío; la vida nunca lo consiguió, pese a ser más trágica que la noticia del suceso de mañana. El valor – provocado por la desesperación – que habían tenido aquellas personas para decidir el momento de su muerte, no era compartido por el protagonista de este momento. Él, más que desear morir, deseaba ver el desenlace de la vida en su conjunto. Quería conocer qué era aquello del fin del mundo y observarlo desde la azotea de su edificio.

La noche trascurrió en la ciudad sin apenas incidentes. Los muertos ya se amontaban por cientos en las calles y el resto de la población dormía plácidamente, algunos por no importarles el fin, otros por confiar en el destino que Dios les tenía preparado, unos cuantos felices por el colapso del mundo y los menos sin creerse la noticia.

A la mañana siguiente, el mundo seguía igual. Normal, dijeron en las noticias, el apocalipsis será por la noche, cuando todos durmamos. La verdad es que tenía algo de sentido aquella información, nadie se imagina que el fin del mundo se pueda producir a las once de la mañana, mientras los niños están en el colegio, los padres en el trabajo y los ancianos en la plaza. El fin del mundo tiene que darse en las mejores condiciones: atardecer, cielo nublado, viento huracanado, temperatura cálida… Y así fue. Conforme las horas transcurrían, el cielo se fue nublando y un cálido viento levantaba el olor a mugre de las aceras. El cielo se tiñó de rojo cuando la oscuridad amenazó. El mundo entero se echó a las calles para observar cómo era aquel fin. Hubo quien no pudo soportar la tensión del momento y gritó clemencia, también aparecieron los iluminados a captar adeptos para los mítines del más allá. No obstante, la mayoría observaba perpleja el cielo, como si de allí fuera a nacer la catástrofe. No pasó nada. El sueño llegó y poco a poco la gente se fue refugiando en sus casas.

Al día siguiente muchos se despertaron sorprendidos por estar vivos. Otros, por el contrario, siguieron con su plan rutinario sin dedicar más que unos segundos a comentar la falsedad de la noticia. Los servicios de limpieza recogieron los cadáveres de las calles y la vida continuó por el mismo sendero de siempre. Nada cambió.

Leitmotiv

Abrió los ojos y casi fue como tenerlos cerrados. Una creciente Luna lejana, un manto de estrellas – ambos colocados a conciencia – eran las únicas luces que salpicaban el cielo más negro que jamás hubo observado. Ni nubes, ni luces artificiales, ni personas u otros animales, ni árboles, ni edificios, ni el sonido del suave rugir del mar que le rodeaba… Él. Inmensidad. Agua. Demasiada agua. Sólo se evidenciaba la realidad cuando la escasa luz procedente de aquel extraño cielo chocaba contra las crestas de alguna que otra ola lejana, y la serpiente dorada desaparecía sin sisear. Silencio: la mayor de las traiciones.

Giró 3600 y lo único que comprobó era que, efectivamente, se encontraba solo en mitad del mar. Chapoteó y el agua saltó desde el mar hasta el aire para volver a caer; no hubo sonido alguno, el ruido no existía. La desesperación le hizo gritar y, esta vez sí, las ondas sonoras se hicieron presentes en aquel mundo donde nada era como debía ser. Sumergió la cabeza – quién sabe con qué fin – y, al abrir los ojos bajo el agua, comprobó que el abismo se había vestido de negro. Gritó mientras las burbujas de aire se perdían en la profundidad en vez de ascender hacia la superficie.

<< ¿Qué está pasando? ¿Por qué estoy en mitad de un mar insonoro? ¿Quién me trajo aquí? ¿Por qué las leyes no son las mismas que en mi vida? ¿Mi vida? ¿Quién soy? No recuerdo nada. >>

La frialdad y la templanza huyeron tras el primer minuto, y ahora los instintos más primitivos están tomando el “control” de la situación. Gritos lanzados contra paredes de aire, movimientos de brazos que intentan alcanzar el cielo, golpes contra el agua, más gritos y más movimientos que nada importan al narrador, al aire y al espacio. Grito ahogado.

Ya ha pasado una hora desde que abandoné a ese personaje en mitad del océano. Las estrellas y la Luna permanecen fijas sobre una tela negra. Él parece que no quiere darse cuenta de que todo es un juego y que el cansancio que siente no es más que una invención para que deje de salpicar estas líneas con cada chapoteo de angustia.

<< ¿Qué hice ayer? ¿Por qué no recuerdo nada? >> No, la primera pregunta que debes hacerte es “qué eres” y no “quien eres”. << ¿Qué soy?>> Exacto, qué es lo que eres. << No lo recuerdo, sólo tengo recuerdos de este mar >> ¿Entonces qué temes perder? ¿Por qué chapotear y gritar cuando no tienes una vida que perder? << Tú me has obligado colocándome aquí, atrapado entre agua y cielo. No tengo escapatoria >> ¡Chapotea!, escribo. Y él chapotea desesperado y pensando que esos golpes van a librarle de mi crueldad como narrador. << ¿Por qué me has creado? ¡Déjame marchar!. ¿Por qué entre agua y cielo? >> También hay tierra bajo el agua. << ¿Muchos metros? >> Los que yo quiera, es parte del juego. ¿Qué piensas encontrar bajo el agua? ¿Una salida? Si es así estás equivocado. No hay salida hasta que yo diga que hay salida. << Dame un punto final, un olvido, un borrador a la basura…por favor. Quiero ser sólo un borrador >> Pides demasiado, todavía no he acabado contigo, puedes darme más, mucho más… << ¿Por qué aquí? ¿Por qué no rico, afortunado…en una casa rodeado de gente? >> Porque son las cinco de la madrugada y el cielo es negro. El aburrimiento me puede y quiero exprimirte al máximo. << ¿Dónde estás? >> Sentado frente a unos papeles, frente a ti. Me visto con ropa seca. << ¡Llévame contigo! >> No, ahora quiero que desesperes un poco más.

Incómodo por las ropas que le dificultan los movimientos, “decide” desnudarse para poder moverse con mayor facilidad. Lanza los zapatos lejos y la ropa desaparece de la escena. Consciente de su carencia de libertad, nada tranquilamente hacia el horizonte intentando no pensar en nada. De repente, un avión rompe el cielo homogéneo con su movimiento.

<< ¡Aquí!, ¡Aquí! >> Grita mientras alza los brazos.

La vida existe a unos cuentos miles de metros, pero esa vida no puede verle porque su figura no es más que una mota de polvo en la inmensidad.

¿No ves que no pueden verte? << Haz que baje>> ¿Un amerizaje? No puedo sustentar eso. << Sí, por favor, haz que me recojan >> No puedo hacerlo. No habría explicación alguna. El piloto no puede informar a los viajeros de un amerizaje si no tiene razones. << Crea razones >> No me interesa, sería introducir demasiado argumento. << Que diga que los motores se han estropeado. Que americe y me recojan >> ¿Y a ti? ¿Cómo te presento? ¿No entiendes que ese argumento es insostenible? << Soy un náufrago>> Es introducir demasiado argumento. Te prefiero a ti solo. << ¡Mátame! >> No. Bucea, escribo. ¡He dicho que bucees! La historia es mía y te ordeno que bucees. << Y yo soy el protagonista y me rebelo. No quiero bucear y no lo voy a hacer. Es más, voy a empezar a escribirte >> No tienes papel. Deja de decir tonterías y bucea. << Usaré mi imaginación >>

Cambio de tiempo verbal.

Me desperté en mitad del océano. A mi lado estaba mi personaje totalmente desnudo. Sus ojos cerrados indicaban que estaba imaginándome en aquel lugar. Moví un brazo, después el otro. Era un muñeco al servicio de aquel personaje rebelde. Grité.

–          ¿Se puede saber qué haces? – pregunté al protagonista tras golpearle en la cabeza.

–          No he dicho que hagas eso.

–          Ignorante…no conoces las reglas del juego. Ahora estamos los dos atrapados en la historia. Ninguno manda sobre el otro.

–          Mejor que estar solo…

–          ¡No te enteras! Ahora nadie nos podrá sacar de aquí. Somos dos personajes atrapados en una historia.

–          Alguien nos estará escribiendo.

–          ¿Qué insinúas?

–          ¡Piénsalo! Si nadie nos escribe no podemos existir.

–          Ya… – dije mientras miraba al cielo que en teoría yo había creado.

–          Tú no eres el creador de la historia.

–          Entonces por qué el que escribe está haciendo suyas mis palabras con “pregunté”, “dije”.

–          Nos quiere engañar, es parte de su juego.

–          Yo te estaba creando – dijo el personaje que pensaba ser el escritor – No puedes decirme qué soy o qué dejo de ser.

–          Piénsame y destrúyeme.

El “escritor” cerró los ojos e intentó pensarle.

–          Haz que levante un brazo – insistió el primer personaje al comprobar que el “escritor” no podía hacer nada.

–          No puedo… – dijo finalmente el “escritor”.

–          Están haciendo con nosotros un juego de entretenimiento. Habrá alguien, quién sabe dónde, que esté moviendo los hilos de esta historia.

Mantienen silencio mientras yo voy a la cocina a por algo de comer. La madrugada está acabando y las primeras luces del día se atreven a entrar por las ventanas. Mientras preparo algo de cenar-desayunar, pienso, en tiempo futuro, qué será de aquellos dos personajes.

“Escritor” y personaje principal hablarán sobre el oficio de ser personaje. Nunca les había sucedido, así que a lo mejor decidirán disfrutar del momento. Son conscientes de que el punto final llegará en algún momento, y con él una falsa muerte les sumergirá en un documento de ordenador. Tendrán tres posibilidades:

  1. Si alguien les lee revivirán la misma historia tantas veces como leído sea el relato.
  2. Ser eliminados del ordenador. Muerte indolora.
  3. Olvidar el relato. Su vida quedará pendiente de un punto final. Ni revivirán el “pasado” ni tendrán acción futura.

Volví a la mesa y el tiempo verbal cambió de nuevo.

El “escritor” se remojó la cara para despejarse. Notaba cansancio en las piernas y en los brazos; a ello había que sumarle las ganas de comer.

–          ¿Sabes si podemos comer algo por aquí?

–          Supongo que estás bromeando…

[error de diálogo.Poco atractivo]

–          Es un poco aburrida nuestra historia, ¿verdad? – preguntó el “escritor”

–          ¿No te gusta?

–          No sé. No creo que pueda interesar mucho un relato con dos personas en mitad del océano.

–          Depende de cómo lo enfoques.

–          No tenemos acción…

La verdad es que los dos personajes se estaban aburriendo con la historia. El personaje principal preguntó:

–          ¿Cómo será el que nos escribe?

–          No lo sé – contestó el “escritor” sin prestar mucha atención a las palabras escritas.

Poco a poco se fueron separando conforme la luz de la mañana se hacía más intensa. El camión de la basura hace demasiado ruido. El sueño llega, con él el desenlace.

La separación se hacía cada vez más extensa. El personaje principal, desesperado y dejándose llevar por los nervios, se sumergió en el agua hasta que el aire desapareció de sus pulmones. El “escritor” siguió nadando hacia la nada. Me hizo estar orgulloso de él, de su lucha por sobrevivir, pero llegó un momento en que se cansó y gritó “déjame en paz, no quiero seguir con esta absurda historia”.

No voy a ofrecerle el punto final. Abrió los ojos y casi fue como tenerlos cerrados…

Eva y Adán

Y Dios creó a la mujer, a su imagen y semejanza creó Dios a la mujer. Y salió Eva de entre el barro, y escupió sobre él sin saber que ese barro la mancharía por los siglos de los siglos. Y después tocó su cuerpo bello y perfilado ignorando que sus suaves manos en lija se convertirían. Y sintió su pelo sobre la espalda, esa que doblaría hasta el fin de la humanidad. Y agarró sus senos con ternura sin saber que de ellos mamarían los hijos malditos de la Historia.Y Eva, entonces, miró hacia el cielo azul: lo imaginó infinito y lo percibió límpido. Horas más tarde lo volvió a mirar y una estrella fugaz cruzó de un lado a otro dejando una estela blanquecina. Eva sonrió y pidió un deseo. Después durmió bajo un árbol.

A la mañana siguiente, Eva, se despertó con un fuerte dolor en uno de sus costados. Se palpó con cautela pues desconocía qué era el dolor, y ese malestar aumentó. Buscaron sus ojos la fuente de aquella extraña sensación, pero ni herida ni rotura encontraron. La pobre Eva, entendiendo por primera vez qué era el dolor, se inclinó apoyando sus pulcros codos sobre la fresca y verde hierba que había bajo el árbol, y analizando más en detalle el lugar de donde manaba la intensidad del dolor, susurró – seguido de una indicación con el dedo índice – un me duele aquí que entristeció hasta a la serpiente que siseaba a su vera. Pero, lejos de lo que ella pensaba, el punto que tocó se encontraba vacío, y es que una costilla a Eva le faltaba.

De repente, de entre la maleza, apareció un hombre desnudo con un pequeño y sucio cerdo bajo el brazo.

– ¿Quién eres tú? – preguntó Eva asustada.

– Adán – contestó aquel fornido hombre.

– ¿Y qué haces aquí?

– Cazar – respondió Adán señalando al puerco que agarraba con el brazo.

– ¿Y de dónde has salido? – preguntó Eva sorprendida. Y es que no era para menos puesto que sus ojos nunca había visto a un hombre.

– Creo que de ahí – contestó Adán indicando con su dedo el pecho de Eva.

Así que Eva entendió por qué le dolía el costado. Adán, el hombre que iba a compartir aquel hermoso paraje con ella, había nacido de una de sus costillas, cumpliéndose así el deseo que ella pidió la noche anterior: la compañía.

– Prepara fuego – dijo Adán a la par que lanzaba el cerdo a la sombra de Eva. Después añadió: – prepara fuego y cocina el cerdo que he cazado. Yo voy a crear instrumentos para poder cazar animales más grandes.

– ¿Para qué queremos animales más grandes? – preguntó inocentemente Eva mientras buscaba palos y yesca con los que encender fuego.

– Para comer más – contestó secamente Adán.

– Pero con un cerdo tenemos más que suficiente; además – dijo Eva alegremente y señalando a su alrededor – mira todos los frutos que hay a nuestro alcance. Podemos vivir comiendo esos frutos y de vez en cuando saciar nuestra gula sirviéndonos un gorrino.

Adán, sin escuchar las palabras de Eva, corrió hasta un claro donde la madera abundaba y las armas parecían estar ya fabricadas.

No acabó de reunir unas cuantas lanzas y alguna que otra piedra cuando Eva, al grito de ya está la comida, llamó a Adán. Comieron gustosos bajo la sombra del frondoso árbol la comida que Adán había cazado y Eva cocinado. Después, cuando todavía tenían los labios manchados de grasa y la tripa hinchada, se acurrucaron como dos ovillos entrelazados.

–¿Qué es eso que te cuelga, Adán? – preguntó Eva señalando el pene del joven Adán.

–¿El qué?

– Eso que te cuelga de entre las piernas. Yo no lo tengo.

Adán comparó ambas entrepiernas y dijo:

– Pues no lo sé. El cerdo también lo tenía.

– ¡Mira! – exclamó Eva – se está moviendo.

Y era verdad: el pene de Adán se movía con asombrosa facilidad y acabó por aumentar cuantiosamente su tamaño.

Eva miró con una mezcla de deseo y curiosidad aquel pene, y Adán, preso de una fuerte excitación tomó a Eva entre sus brazos y la besó. Bajo la sombra del árbol y saciados de carne, Eva y Adán juntaron sus cuerpos. Y así fue como dos seres humanos, por primera vez, disfrutaron de sus cuerpos bajo la atenta mirada de un tercero.

Bien es sabido que el ejercicio produce fatiga y más si éste se realiza después de haber engullido un cochino. Así que, Eva y Adán, durmieron abrazados soñando con su nuevo compañero.

Adán se despertó cuando el Sol todavía estaba alto sobre el horizonte. Fijó su mirada en un árbol que, a simple vista, parecía imponerse al resto en altitud y en fácil escalada. Se acercó a él y trepó hasta su copa. Desde allí podía observar el vasto campo donde vivían y el cerco que los mantenía aislados del exterior. Juntó unos cuantos maderos, y con maña más que fuerza fabricó una escalera. Así, se dijo, la próxima vez que quiera subir, me costará menos esfuerzo. Adán montó tanto alboroto al acabar su pequeña obra que Eva se despertó sobresaltada pensando que su inquieto amado se encontraba en apuros. Corrió hasta el árbol y jadeando preguntó:

– ¿Por qué gritas Adán?

– ¡No grito! – gritó eufórico –. Mira lo que he construido para subir al árbol.

– ¿Y para qué quieres eso si puedes subir trepando?

– Porque así tardo menos, Eva.

Eva quiso preguntar que para qué quería tardar menos en subir un árbol, total, tenían todo el día, todo el tiempo que desearan para practicar lo que a ellos les viniera en gana: subir árboles, coger frutos, comer cerdos, hablar con la serpiente que pululaba cerca del árbol, hablar, quererse…Pero no quiso parecer corta de mente y esperó a que Adán dijera algo que le acercase a la respuesta de su pregunta. Y Adán, como no, tardó escasos segundos en explicar el objetivo de su pequeña gran obra.

– Desde aquí podré vigilar nuestro territorio; así ningún intruso entrará sin que nosotros queramos.

– Pero Adán – dijo Eva intentado parecer comprensible –, es que en “nuestro territorio” ya viven más animales. Está la…

– Me refiero a intrusos como nosotros – interrumpió Adán –. Intrusos que quieran venir a nuestro territorio.

– ¿Y qué más da que vengan? – preguntó la inocente de Eva –. Así seremos más y lo pasaremos mejor.

– ¡No! –gritó enloquecido Adán –.Debemos proteger lo que es nuestro. Si vienen más nos quedaremos sin cerdos y no tendremos comida.

– Hay cerdos Adán…muchos cerdos, por compartirlos nada va a pasar.

Adán no escuchó las sabias palabras de Eva y se quedó pensativo analizando el muro que les separaba del exterior.

Las mañanas las dedicaban a recolectar y cazar: mientras Eva recogía los frutos de los cercanos arbustos, Adán, con lanza en mano, iba en busca de los indefensos cerdos. Comían bajo la sombra del manzano y después dormían hasta dejar de sentirse llenos. Por la tarde, paseaban cogidos de la mano y hablaban, como cualquier pareja, sobre sus proyectos de futuro.

Un buen día, después de comer, Adán decidió dejar a Eva dormir en soledad para poder analizar, más en detalle, aquel muro que les separaba del exterior. Le preocupaba en exceso el que unos intrusos pudieran saltarlo para robar los cerdos. Subió a su árbol de vigilancia y pasó la tarde entera pensando en cómo hacer para evitar el asalto. Cuando comenzó a caer la noche, Eva decidió ir en busca de su amado. Estaba preocupada por si se había hecho daño cazando algún cerdo o creando nuevas armas para cazar. Pero es bien conocido que Eva no encontró a Adán devorado por los cerdos o herido por sus propias armas, sino armado de paciencia levantado un muro más alto.

– ¡Adán! – gritó Eva -. ¿Qué haces ahí arriba?

– Elevar este muro. Así ya no podrán pasar.

– ¿Quién?

– Los intrusos.

– Pero si no hay intrusos. ¡Anda!, déjalo y disfrutemos de este paraíso.

– Este paraíso no es un paraíso – dijo Adán recalcando la palabra paraíso –, si no me siento seguro dentro de él.

Será mejor que le deje hacer lo que quiera, pensó Eva, levantar un poco más el muro no nos hará ningún mal.

La obra le llevó a Adán dos semanas. Ahora, ningún hombre podría entrar a su terreno a no ser que llevara una escalera como la suya, cosa improbable, según él, puesto que era su invento.

Los días transcurrieron sin apenas incidentes. La elevación del muro trajo a Adán tranquilidad y seguridad, provocando, a su vez, una mayor atención hacia Eva. Por supuesto, Eva, pese a no sentirse cómoda con un muro tan alto, aceptó la obra al sentirse más querida en tanto en cuanto el muro ascendía. Pero los paraísos sentimentales no son eternos, y éste lo demostró por primera vez en la Historia.

No pasó un mes desde la construcción del muro, cuando en la cabeza de Adán una preocupación empezó a fraguarse.

– ¿En qué piensas todo el día? –preguntó Eva tras una copiosa comida.

– En nada – contestó Adán fríamente mientras observaba su muro a lo lejos.

– A mi no me engañas. Ya no disfrutas cazando cerdos y has dejado de afilar tus armas. Algo te pasa, dime qué es.

– Observo a los animales – dijo Adán señalando un grupo de cerdos retozar cerca de un arbusto -. Ellos tienen lugares donde esconderse.

– ¿Y qué?

– Que nosotros no. Dormimos bajo la sombra de este árbol.

– ¿Para qué queremos tener otro lugar? Este está bien.

– Pero ellos se esconden por la noche…les he visto.

– No sé, Adán. Si quieres podemos buscar un sitio donde escondernos, aunque se está muy bien en este lugar: la hierba es verde y fresca, tenemos el manantial cerca, tu árbol… además, desde aquí puedes vigilar tu muro – dijo Eva intentando persuadir a Adán de su nueva labor.

– ¡No! –gritó Adán -. ¡Quiero un lugar donde esconderme!

– De acuerdo, empieza mañana – susurró Eva bostezando – ahora durmamos.

– Empezaré ahora. Así, cuando amanezca, tendremos donde escondernos.

– Vale, vale…como quieras.

Eva se acomodó bajo el árbol y Adán comenzó a trazar su nuevo plan. Haría un refugio con troncos de árbol tan alto como el doble de su cuerpo. Cuando empezó a talar el primer árbol, un hombre de mediana estatura, pelo blanco y barba de varios años, apareció de entre unos arbustos cercanos.

– ¿Se puede saber qué haces Adán? – preguntó aquel extraño hombre.

Adán se sobresaltó y a punto estuvo de lanzar una piedra contra el viejo intruso. Sin embargo, la curiosidad por saber cómo había sobrepasado su muro pudo más que el instinto de supervivencia.

– ¿Quién es usted? – preguntó – ¿Cómo ha conseguido saltar mi muro? ¿Cómo sabe mi nombre?

– Adán, Adán…eres más tonto de lo que yo pensaba. Suelta esa piedra y escucha mis palabras.

El pobre de Adán estaba confundido, así que calló y esperó a que el hombre dijera algo.

–Yo soy Dios. Soy el que te ha creado a partir de una costilla de Eva. A ella la creé a partir del barro del suelo. Creé todo lo que hay a tu alrededor, desde el agua hasta los árboles, desde los granos de arena hasta los animales.

– ¿Los cerdos también?

– ¡Por favor, Adán! – gritó Dios – ¡compórtate y haz preguntas más serias!

– Vale…disculpe.

– No tiene importancia. Como te iba diciendo, yo he creado todo para vosotros, para que viváis en armonía con la naturaleza, felices y sin preocupaciones.

– ¿Y por qué?

– ¿Qué quieres decir?

– Que por qué se molestó en crearnos, y en crear todo esto – preguntó Adán señalando a su alrededor.

– Pues…quizá…- susurró Dios – ¡no lo sé! Te he creado y no hay más discusión acerca del tema.

– ¿Y cuánto tardó en hacer todo? Lo digo porque yo estuve dos semanas para mejorar el muro que dejó a medias.

– ¡No dejé ningún muro a medias! Ese muro no sirve para nada. Estáis solos.

Adán sonrió irónicamente. Dios parecía engañarle, o, lo que es peor, quería gastarle una broma.

– Escucha Adán – dijo Dios – he venido sólo para decirte que puedes hacer lo que quieras. Si quieres cazar, caza; si quieres dormir, duerme; si quieres levantar el muro, levántalo; si quieres hacer una casa, fabrícala. Pero también te digo otra cosa: no comas, bajo ningún concepto, del fruto que da el árbol bajo el que dormís.

– ¿Se refiere al fruto rojo?

– Si. Es un manzano.

– Pensábamos que era malo para nosotros. Eva un día quiso comer, pero al verlo de un color tan llamativo decidió dejarlo en su sitio.

– Eva es una mujer inteligente, mejor sería para ti que la hicieses más caso.

– Una última pregunta, Dios.

– Dime Adán.

– ¿Por qué no podemos comer de ese árbol?

– Porque es mío.

– Entonces, ¿para qué lo puso aquí?

– Adán…mi querido Adán – dijo Dios con voz tierna, como la de un padre – haces preguntas de idiota. Escucha mis palabras: haz lo que quieras, pero no comas del árbol. ¿De acuerdo?

– De acuerdo.

Dios desapareció tal y como había llegado: haciéndose hueco entre los arbustos. Pero, a pocos metros, se quedó enganchado con una rama y Adán tuvo que ayudarle a liberarse de ella.

Adán trabajó duro toda la noche. Sin embargo, pese a estar alienado por un trabajo absurdo como es el hacer una casa en un paraíso, su mente recorría una y otra vez las palabras de Dios: haz lo que quieras, pero no comas del árbol. ¿Por qué ese árbol estaba prohibido? ¿Y por qué estaba prohibido si no era venenoso? La escasa lucidez de Adán no le permitió reflexionar más acerca del tema, así que, imitando prematuramente a sus descendientes, se dejó llevar por sus instintos más estúpidos y caminó con prisa hacia el árbol prohibido. Bajo el árbol se encontraba Eva, dormida, totalmente desnuda y con el cabello extendido sobre la hierba; su belleza destacaba sobre el entorno. Adán tuvo tentaciones de despertarla para ver juntos el amanecer, pero el ansia por conseguir aquello que todavía no había poseído pudo con él. Sonriente pero inquieto, alzó la mano hasta agarrar con fuerza una de las manzanas del árbol. Tiró de ella hasta que se desprendió de aquel dichoso árbol y, tras observarla con detenimiento, pegó un bocado y masticó. El jugo comenzó a manar de las entrañas de la manzana y Adán, emocionado, comió y comió hasta devorarla por completo. Cuando acabó, cogió otra, y después otra. Cuando su hambre ya estaba saciada, se acomodó bajo el árbol y durmió profundamente.

Eva abrió los ojos una hora después de que Adán comiese la fruta prohibida. Al observar los restos de las manzanas, pensó que Adán estaba muerto por haber ingerido el veneno del árbol.

– ¡Adán! – gritó – ¡Adán!

Adán se despertó y dijo:

– ¿Qué pasa?

– ¿Has comido del árbol? ¿Estás bien?

– Sí – exclamó Adán – He comido.

– ¿Y estás bien?

– No he estado tan bien nunca. Su sabor es dulce, su textura suave… ¡y refresca! Deberías probarla.

– ¿No me pasará nada? – preguntó la ingenua de Eva a la vez que cogía una manzana del árbol.

– No.

Eva pegó un bocado a la manzana y sonrió a Adán.

– Está muy bueno el fruto.

– Son manzanas – dijo Adán.

– ¿Cómo?

– Manzanas…o al menos eso me dijo Dios.

– ¿Quién?

– Dios; es el hombre que ha hecho todo esto. Mientras yo hacía nuestro refugio apareció de entre los arbustos y me dijo que él había fabricado, con sus propias manos, este paraíso.

– ¿Alguien como nosotros?

– Parecido…

No terminó Adán la frase cuando atisbó a Dios a escasos metros del árbol. Estaba de pie, apoyado sobre un bastón y con la mirada puesta en la solitaria pareja.

– ¿Quién ha comido de mi manzano? –preguntó con voz grave.

– No hemos comido del árbol – contestó Adán – tan sólo hemos cogido una manzana para observarla.

– Eres demasiado tonto Adán… ¡demasiado!

– ¿Quién es usted? – preguntó Eva.

– Es el hombre del que te he hablado – contestó Adán.

– Soy Dios – dijo Dios omitiendo las palabras de Adán.

– ¿Quién?

– Soy el creador de todo cuanto puedes ver – respondió Dios. Después añadió – y habéis desobedecido la única norma.

– ¿Cuál? – preguntó Eva ignorando de qué hablaba Dios.

– Eva – dijo Dios – mi querida Eva. Te creé ingenua porque no habría ser vivo en este paraíso que pudiera perjudicarte. Pero tu ingenuidad te llevó a pedir un deseo, el deseo de la compañía, y, consiguiendo la compañía, conseguiste también tu ruina. Adán es producto de tu costilla, y como producto no es más que un trozo de hueso.

– Pero yo quiero a Adán – dijo Eva – me gusta su compañía.

– ¡Tú qué sabrás! – gritó Dios – cada vez eres más ingenua. Como castigo os obligo a abandonar el paraíso. Vagaréis por el mundo buscando comida, agua y refugio. Procrearéis y vuestros hijos nacerán en un mundo hostil donde la única forma de sobrevivir será enfrentándose a los semejantes. Haré a los hombres violentos y con pocas miras, como es Adán, y las mujeres serán como tú, ingenuas y serviciales. Ese es vuestro castigo.

– Por favor, no haga eso –dijo Eva – fui yo la que comí del manzano. ¿Mi sinceridad no paga el castigo?

– Aunque aprecio tu sinceridad, el castigo será igual de duro para vosotros. Sin embargo, daré una oportunidad a la humanidad: una minoría de mujeres y hombres lucharán por cambiar el mundo que la mayoría habrá creado.

– Pero…- replicó Adán.

– ¿Pero?… ¡nada! Ya está todo dicho.

Dios chasqueó los dedos y en menos de un segundo Eva y Adán se encontraban fuera del paraíso. Primero observaron el vasto desierto que se extendía en torno suyo, y después se abrazaron para consolarse mutuamente.

– Tranquila –dijo Adán – podremos volver sin que Él se entere.

– ¿Cómo? Construiste un muro demasiado alto para saltarlo. Caminemos.