El laberinto de la soledad

El laberinto de la soledad es un ensayo escrito por el Premio Nobel mexicano Octavio Paz (México, 1914 – 1998) cuya lectura es un placer para todo aquel que haya vivido en México o, al menos, haya tenido la oportunidad de pasar largo tiempo viajando por él.

Cada capítulo constituye un escalón que nos acerca a un concepto clave en el ensayo, la mexicanidad. Eso que en un principio aparenta ser el conjunto de rasgos que caracterizan la identidad mexicana, no es otra cosa que la máscara que los mexicanos portan, la máscara que oculta la verdadera identidad mexicana.  Esa máscara, la mexicanidad, es una careta colocada mediante imposición que aleja al mexicano de su forma de ser, aparentando aquello que no es.

El laberinto de la soledad me acompañó durante seis meses en México, pero en ningún momento sentí tentación por su lectura, aun conociendo la importancia del texto y del autor. Con la misma indiferencia cruzó dos veces el Atlántico para volver a su lugar de origen, teniendo que transcurrir unos meses para que la melancolía me obligara a buscar algo que me acercara al país que durante un largo tiempo fue mi casa. Tras su lectura, el concepto que tengo enmarcado en mi mente acerca de los mexicanos se ha afianzado. Sus contradicciones, sus tradiciones, sus lugares comunes, su forma de ser… ya no son características inconexas, forman parte de una personalidad descrita con maestría en El laberinto de la soledad.

No es mi intención resumir en estas líneas el ensayo, entre otras razones porque no me veo capaz de explicar con brevedad por qué el mexicano no es él mismo. Octavio Paz lo consigue después de hacer un repaso de la historia de México, desde el periodo precolombino hasta los tiempos post-revolucionarios, al tiempo que descifra cuestiones tan mexicanas como la muerte, el pachuco, las máscaras, y un etcétera conocido por muchos pero interpretado por pocos.

La lectura del texto debe ser pausada. Un atracón puede llevar al lector a pasar por alto la prosa de Octavio Paz y el inmenso contenido que albergan sus sencillas pero complicadas frases. No he leído más del autor pero siempre tuve en mente que era un escritor latino conservador, perteneciente a ese grupo que acabó por renegar de la Revolución Cubana para después desprenderse del comunismo como si éste hubiese sido producto de un experimento fallido en el Este, y no al revés. Tengo que admitir que tras la lectura la imagen que tenía de él ha cambiado considerablemente.

Resulta sobrecogedor que en pocas páginas alguien pueda describir – con acierto o sin él – a un pueblo tan heterogéneo como es el mexicano. Más sobrecogedor me pareció comprobar de nuevo la enorme diferencia existente entre europeos y latinoamericanos, y cómo nuestra pretensión, por muy interiorizada que esté, sea moldear al latino para asemejarle al europeo (como si todavía no nos hubiésemos desprendido de ese lastre colonizador que durante tanto tiempo no entendimos como tal). Por eso me sorprendo cuando se juzga un determinado comportamiento que nosotros no encajamos dentro de nuestras costumbres. Por eso me sorprendo cuando en nombre de una razón que nadie nos otorgó miramos a América Latina con ojos de maestro. Por eso muchas veces deberíamos callarnos y aprender del “alumno” que en numerosos aspectos superó al “maestro”, por lo menos en humildad y humanidad.

Entre Marx y una mujer desnuda

Descubrí Entre Marx y una mujer desnuda en la librería-tienda del Palacio Nacional de México D.F. Ese título tan llamativo no pasó desapercibido ante mis ojos, así que paré y le eché una ojeada. En la contracubierta pude leer: Nadie que lea Entre Marx y una mujer desnuda (el desgarramiento del hombre contemporáneo entre su sociedad y su individualismo) es capaz de permanecer indiferente. Con semejante incitación a su lectura era imposible que no acabase por comprarme el libro; pero no fue en aquella tienda (su precio era demasiado alto para un estudiante), sino en una librería de segunda mano en la que los libros, aparentemente descolocados, se amontonaban unos encima de otros, soportaban el polvo, el paso del tiempo y la indiferencia de algunos lectores.

El escritor, poeta, político y ensayista Jorge Enrique Adoum (1929 – 2009, Ecuador) ofrece un texto fuera de lo común. Se permite el lujo de utilizar el lenguaje como mejor le plazca para que “suene” mejor. Los capítulos están descolocados pero mantiene cierto sentido leer el libro de la forma tradicional (y así lo quiso el autor). Frases inacabadas esperando que un atento lector las acabe de escribir, historias que no vienen al caso, frases introducidas donde menos te lo imaginas, inicio de capítulos con minúscula, cambio de tipografía y tamaño de letra… en conclusión: leer el libro se convierte en una ardua tarea. Necesitas los cinco sentidos y una profunda concentración para no escapar a los detalles.

Es un libro que pretende hacer al lector partícipe del proceso de creación, introducirle entre líneas, despistarle y hacerle reflexionar. Yo no lo acabé. Me quedé a sesenta páginas del final y decidí dejarlo. No por nada, sencillamente me apeteció hacerlo y pensé que el libro me lo estaba pidiendo. Llegó un momento en que el “no-argumento” era tan caótico que me dieron ganas de tirar el libro por la ventana. No entendía nada y a la vez creía que el no entender formaba parte de la lectura. No lo sé. Las doscientas diez páginas que leí me gustaron, sobre todo las partes que trataban el proceso de creación literaria.

En la contraportada se dice que el lector tras haber acabado de leer el libro sentirá que una parte de él se ha quedado allí. No sé si es porque yo no lo he acabado y no puedo tener una visión global, pero me sucede justo lo contrario: después de haberlo leído detenidamente, fijándome en todos y cada uno de los detalles, apuntado las reflexiones que me gustaban, tengo la sensación de que se me ha quedado mucho del libro por el camino. No he dejado una parte de mí, sino que el libro tiene tanto contenido que tendré que leerlo un par de veces más (y acabarlo) para sacar aún más provecho de sus páginas.

Es un texto que, pese a ser de difícil lectura, resulta agradable leerlo. Cuando entiendes lo que está escrito lo sientes como un premio que te incita a seguir leyendo. Sin embargo, hacia el final, no sé si porque la concentración ya dice “¡basta!”, las páginas se transforman en cuestas interminables difíciles de caminar. Algún día, cuando tenga más tiempo y menos que leer, me permitiré el lujo de detenerme de nuevo en este magnífico libro.